Concha D’Olhaberriague | Martes 28 de diciembre de 2010
El cambio de año es acaso el momento más profundo e inquietante de las fiestas navideñas.
No es fácil ni saludable sustraerse a la carga simbólica de origen ancestral y precristiano que aflora en estas fechas. Dan cuenta de ella los numerosos rituales propiciatorios y augurales de todos conocidos, por más que se hayan difundido por doquier y trivializado o desvaído en apariencia.
Entre nosotros, fue siempre una noche en la cual los amigos tomaban el relevo a la familia, protagonista de los días sagrados precedentes. Al recogimiento e intimidad del hogar, suceden la expansión callejera y el desahogo dionisíaco.
Hay una fiesta campesina, aún viva en la comarca de Jaca, consistente en sortear damas y galanes la víspera de Año Nuevo -en otros lugares la de Reyes, el 5 de enero- con el fin de emparejarlos para un baile. La persona objeto de la rifa recibe el nombre de “año”.
Es agradable escuchar las campanadas. Con su sonido, el paso del año -como dicen en Portugal donde estaré el 31 por tercera vez- es más percutiente, sentido y vivencial. La lengua española, en cambio, antes que la transición resalta la antítesis: Noche Vieja y Año Nuevo.
También es bonita la costumbre de tomar una uva con cada tañido o repique de las doce horas al llegar la medianoche. Dicen que empezó con motivo de producirse un excedente de esta fruta. Un avispado agricultor sugirió, al parecer, una tal despedida de fin de año, al filo de la segunda década del siglo pasado. La idea tuvo fortuna y se convirtió, a la postre, en uso.
Otros pueblos cercanos toman lentejas o pasas. No obstante, las uvas, símbolo en la imaginería mediterránea del otoño, nos remiten a la representación alegórica más extendida del Año. Cesare Ripa lo describe aproximadamente así en su maravillosa Iconología: varón alado de edad madura sobre cuyas piernas aparecen los racimos, nuncios de la estación final del ciclo, junto con los atributos correspondientes a las otras tres: la nieve invernal de la cabeza, las flores primaverales por los brazos y las espigas estivales a los lados.
Al inaugurar de manera festiva y lúdica un año, celebramos un rito de paso compartido, colectivo y, hoy, universal, pese a la vigencia de otros calendarios. Visto en toda su duración, el año es el prototipo por excelencia del proceso cíclico completo, modelo, en abreviatura, del ciclo cósmico. Por ello evoca, de manera analógica, otros períodos como la vida humana o el día.
En los relatos tradicionales, un año y un día equivalen a la eternidad, ya que es justamente la unidad añadida lo que permite la abertura liberadora del círculo.
Y eterno, siemprevivo y perpetuo renovador es el poeta Juan Ramón Jiménez, de quien quería hablarles con motivo del nuevo libro que publicará con el inicio del año 2011 la editorial Linteo. La sincronía no podía ser más oportuna.
Se llama Arte menor y contiene 43 poemas inéditos por completo y más de 100 desconocidos por haber visto la luz en revistas sumamente minoritarias. Juan Ramón pensó en editarlo hace más de un siglo. En 1909 ya estaba configurado y listo, nos dice el profesor José Antonio Expósito, a cuyo celo investigador debemos el descubrimiento de la obra, culminación, por añadidura, de una trilogía.
En estos poemas de inspiración y metro popular, teñidos de krausismo ginerino, se aprecia –según el responsable de la edición- el enorme influjo del poeta moguereño en creadores del 27 tales como García Lorca, Alberti o Miguel Hernández.
Con tonalidades propias y distintas, rebrota en ellos la savia de la palabra juanramoniana. Y resurgirá, después, sin duda, con el aire y el eco de cada lectura.
Maestro de la poética, la mudanza de su vida y su lengua fueron experiencia febril y anhelo de retorno y ascensión.
Terminaré deseándoles, queridos lectores, bienestar y disfrute para el año próximo con este hermoso aforismo de Juan Ramón:
“Mi biografía: revivirme, digo, empezarme siempre. Mi bibliografía: metamorfosearme, digo, cambiarme”.
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