Miércoles 29 de diciembre de 2010
El repaso que hacía Lula recientemente de la política exterior latinoamericana incluía una crítica expresa a Obama. A juicio del ya ex presidente brasileño, el mandatario norteamericano debía de haber enfocado de otra forma sus relaciones con el continente, pero no ha sido así, y ello le produce “tristeza”. No le falta razón a Lula, aunque bien podría decirse que equivoca tanto el objeto de su tristeza como de sus críticas.
Si alguien ha hecho lo posible por imprimir un nuevo rumbo a la política exterior norteamericana, ese ha sido Obama. En primer lugar, tendió su mano al Islam de una forma decidida; sirva como ejemplo su valiente –por más que discutido e incluso discutible- discurso en la Universidad Islámica de El Cairo. En la crisis hondureña, sin embargo, adoptó un papel de perfil bajo, para desterrar la imagen del “gringo intervencionista” que Chaves y su cohorte de paniaguados intentaban vender. Y además, a propósito de esto último, no ha caído en las continuas provocaciones que desde Caracas y La Habana le han estado planteando. Al Presidente norteamericano se le podrán criticar muchas cosas pero el intervencionismo no es una de ellas. De hecho, si de algo ha pecado Obama ha sido de haber dejado el campo libre al intervencionismo autoritario y agresivo del caudillo bolivariano.
El problema latinoamericano no es Obama, sino la concurrencia de “estadistas” de la talla de Evo Morales, Daniel Ortega, los Castro o Cristina Fernández de Kirchner que, capitaneados por los petrodólares chavistas emplean su tiempo en hacer demagogia contra Occidente en lugar de afrontar los retos de sus respectivos países, que son muchos. ¿O es que el señor Lula piensa que alguno de los anteriormente citados es un interlocutor válido a la hora de implementar un programa de relaciones con fundamento? Ni lo son ninguno de ellos, ni tampoco Mahmud Ahmadineyad, de quien Lula hacía igualmente una encendida defensa. No se sabe si en dicha defensa iban incluidas las intenciones nucleares del régimen iraní, su trato hacia las mujeres y homosexuales -con lapidaciones y ahorcamientos públicos incluidos- o su “escrupuloso” respeto de los derechos humanos, casi equiparable a la que padecen en Cuba y Venezuela. Lula ha sido un punto de equilibrio de izquierda pero sensato y fiable en medio de esas aguas pantanosas. Y lo que produce tristeza más bien es que, al final, haya cedido a la retórica populista.
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