Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 31 de diciembre de 2010
Nadie pide a los partidos políticos en una Democracia que lleguen al maximalismo ético de Jesús: “Amad a vuestros enemigos, rogad por quienes os persiguen, etc.”, pero es el caso que ni siquiera alcanzan la ética egoísta, insolidaria y presocrática de Antifón: “Quien perjudica a su vecino y piensa que éste a su vez no le perjudicará a él, está loco”. Es el caso que en el asunto del Pacto de antitransfuguismo, pacto aniquilado ya por el fariseísmo, el PP y el PSOE tienen la arrogancia desaprensiva y despóticamente inmoral de declarar que ellos no delinquirán más si “los otros” no introducen en sus listas electorales ante las próximas elecciones municipales los tránsfugas que les han aupado al poder municipal ( v. gr. Benidorm). Es como si alguien dijera: “Estoy dispuesto a partir de hoy a no seguir siendo un sinvergüenza ( o un asesino, o un ladrón, o un violador, o un prevaricador ) si ninguno de los demás hombres asesina, roba, viola o prevarica”. Ni el mismo Antifón había llegado a una ética tan ultraindividualista y sin conciencia: sólo me interesa el orden moral que me permite auparme sobre las testas estólidas de los demás ciudadanos, aprovechándome de mi falta de ética ( o ética relativista ) frente a la moralidad universal y absoluta de los panolis de mis previstos súbditos. PP y PSOE se han rebajado así, una vez más, a pura porquería moral. Son pura mierda, éticamente hablando.
Si los dos grandes Partidos no creen sinceramente en procedimientos o formas morales de tipo absoluto en el acceso democrático al poder, si los dos grandes Partidos no creen en que se debe ser honesto independientemente de lo que hagan los adversarios, si los dos grandes Partidos no estiman los actos buenos como bienes en sí que hay que fomentar y proteger en favor del bienestar público, es que entonces ambos partidos son dos bandas de criminales y de ratas, y sólo en su calidad de bandas de criminales y de ratas nos seguirán gobernando. Apenas cuatro o cinco políticos entre los dos grandes Partidos, como es el caso del político castellano-manchego José María Barreda, hombre honesto, culto y cervantinamente liberal, pueden aún avivar nuestra ya exangüe fe en el sistema democrático español.
Es verdad que ya Platón en su Protágoras hacía decir a su maestro que el conocimiento y la razón no son las únicas claves que explican las acciones de los hombres, sino que hay “algo más” que hay que tener en cuenta para entenderlas plenamente: el placer, los deseos, el lujo, la avaricia y, muy principalmente, el miedo y la pasión de poder. Y ya sabemos que el hombre no es sólo su razón ( Sócrates ) ni tan sólo sus deseos ( Calicles ). Pero es que precisamente la Democracia se puede también definir como el orden político que mejor sabe neutralizar los desajustes de nuestra herida naturaleza humana a fin de que la acción política responda primordialmente a la razón y el conocimiento. Pues que sólo el hombre actúa con autonomía cuando sus actos se ajustan a la razón y el conocimiento. Es así que las acciones que no son hijas ni del conocimiento ni de la razón no pueden llamarse propias.
Así, el poder queda regulado por las leyes, como las acciones de cualquier hombre, controlado de forma constante por el pueblo, y el propio Platón, adelantándose en Las Leyes a Montesquieu, propone la división del poder, de suerte que la propia “enfermedad de los reyes” que afecta a cada fragmento de poder, garantice, por una parte, la libertad de los ciudadanos y, por la otra, el control recíproco de los poderes troceados: en tanto los trozos de poder disputan el ámbito del poder dejan en paz a los ciudadanos. Esto lo consiguió, además de la Democracia Ateniense ( el poder dividido entre la Boulê, los Dikastêria y la Junta de Generales ), la Democracia de los EEUU, la Vª República Francesa o el modelo liberal británico.
Pero la Democracia Española, bien se ve, no sabe ni quiere neutralizar los desajustes de la naturaleza humana de nuestros políticos. Así, es un pacto entre partidos y no una ley lo que intenta evitar el transfuguismo político. Pero pacto, en sentido puro, sólo puede darse entre partes de cuyo proceder sólo incumbe a las mismas. Y no ocurre eso con el transfuguismo, cuyos efectos aniquilan la moral democrática y el valor de todos los votos. El transfuguismo debela la Democracia e injuria la dignidad de todos los ciudadanos. Es un crimen que debe perseguirse por Juzgados de primera instancia, y no por las reuniones de las partidocracias. ¿Con qué ganas va a votar el pueblo en las elecciones si luego un maletín de billetes compra el voto de los representantes?
Hace veinticinco años observé cómo en Zamora varios empresarios de la construcción compraron el votó con cuarenta millones de pesetas de un diputado de la Diputación Provincial a fin de que siguiera como Presidente de esta Institución alguien a quien los mencionados empresarios consideraban más seguro para sus negocios de construcción. La compra del voto se hizo con tal desfachatez que aún no entiendo cómo nadie acabó en la cárcel. Sin duda alguna algún magistrado venal tuvo que ver con aquella escandalosa impunidad.
Este repugnante acto se ha ido repitiendo a lo largo de los años por el resto del territorio nacional, conculcando así, una y otra vez, la libertad del pueblo, y sin que el Parlamento haya promulgado aún una Ley Orgánica contra el transfuguismo que es la forma más palmaria de secuestrar la voluntad del pueblo. Por otra parte, uno entendería y hasta aceptaría que la evolución ideológica interna que pueda sufrir un representante municipal, o su propia conciencia, que le impida votar una decisión inicua de su partido, pudieran alterar algunas veces los resultados de los plenos municipales en contra de los resultados electorales. Pero estos casos éticos son ajenos a nuestras costumbres patrias. En España cada travestismo político municipal se fundamenta en un maletín. Costumbres patrias, ya digo.
TEMAS RELACIONADOS: