Opinión

Pemán, ¿ese desconocido?

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 03 de enero de 2011
En el gremio de los escritores o lletraferits de pura raza es quizá uno en el que más abundan los personajes en que se encarna con mayor perfección la paradoja de la popularidad con el desconocimiento del verdadero ser de los autores. ¿Se incluye en su censo la figura del gaditano José María Pemán, del que muy pronto se cumplirá un tercio de siglo de su desaparición? En pleno RIGOR de la pena de olvido a la que son condenados de ordinario los prosistas y poetas usufructuadores de una amplia audiencia en vida, es bastante probable que ocurra así con el articulista más afamado en muy extensos sectores de los decenios centrales de la centuria pasada. Por entero desconocido en las jóvenes generaciones, ha sido recientemente rescatado de su marginación a cuenta de la controversia desatada en torno a los cadáveres y las fosas de la guerra civil. Autor de “Poema de la bestia y el ángel”, quizá el más célebre del bando nacionalista, impregnado de espíritu maniqueísta, sus versos luctuosos por la muerte de Ramiro de Maeztu, “señor y capitán de la Cruzada”, se exponen con frecuencia en dicha polémica como expresión insuperable del talante excluyente característico de la zona franquista.

Sabido es, a tal propósito, que, aunque polarmente opuesto, el destino o trayectoria de Pemán fue en buena parte paralelo al de su coetáneo y coterráneo Rafael Alberti, por el que albergó siempre una rendida admiración artística. En la actualidad, los críticos literarios más acribiosos otorgan muy escaso o nulo valor estético a los poemas “de la guerra de España”, salidos tanto de la pluma pemaniana como de la del autor “Cabalga jinete cuatralbo que la tierra es tuya/ A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en la mar…”. El paréntesis que muchos de los mejores espíritus de la época desearon que fuese la excruciante contienda, se extiende ahora de este modo al plano de la producción poética de quienes se consideraron ante todo vates y juglares.
Acemado así uno de los perfiles más híspidos de la vida y obra de José María Pemán, su etopeya literaria y política podrá trazarse, llegada la ocasión, con la objetividad exigida por una existencia tan fecunda y en la que las luces predominaron sobre las sombras. Un episodio, revelador a socaire justamente de la polémica antecitada de represalias y enterramientos, descubre tal vez la cara más auténtica del autor de Cuando las Cortes de Cádiz. Sus buenos oficios sirvieron en el tardofranquismo para que el poeta de la Bahía pasara unos días en ella sin renunciar a un anonimato, en el que Alberti estribaba la preservación de su buena fama como enemigo insobornable de la dictadura hasta el fin… Incluso en el fragor más peraltado de la guerra civil, según el testimonio de diversos amigos-adversarios -que suele ser el más exacto-, Pemán, según se recordaba más arriba, identificaba su carácter más genuino con el de poeta y escritor. En el mismo transcurso del enfrentamiento cainita y junto a censurables silencios, su conducta ofreció varios y salientes ejemplos de un talante vivificado por el liberalismo y unas creencias religiosas muy arraigadas; muestras que se prodigaron en los oscuros tiempos de la primera posguerra.

Instalado en ésta, Pemán clausuró a cal y canto en su ánimo el fomento de los factores políticos y sociales que del lado conservador, en medida tan elevada, contribuyeron al desencadenamiento de la tragedia, para, sin renuncia a su ideario y a la ardida defensa del pensamiento monárquico, entregarse absorbentemente al trato con las musas y al cultivo de su jardín literario.

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