Opinión

Patrón político español: liquidar una generación cada ocho años

Lunes 03 de enero de 2011
La salida con portazo de Alvarez Cascos tendrá un coste considerable para el Partido Popular. No se sabe qué pasaría en las próximas elecciones autonómicas asturianas de presentarse el antiguo número dos popular con una candidatura independiente, pero lo que es seguro es que la derecha en aquella región saldría muy perjudicada. Pero tampoco hay que desdeñar el impacto producido en el ámbito nacional. Y es que, a día de hoy, Rajoy todavía no ha dicho ni palabra, en lo que es un silencio que pudiera resultarle perjudicial para sus intereses.

Los socialistas se frotan las manos. Hasta Jaime Lissavetzky decía ayer, citando a Napoleón que “cuando el adversario se equivoca, lo mejor es no distraerle”. Y lo ponen en práctica. Hasta Rubalcaba guarda silencio, sabedor de que eso precisamente, el silencio, es lo que más está erosionando la imagen de Rajoy. Para empezar, porque algo falla en un partido del que se van personas tan valoradas por la militancia como Ortega Lara, María San Gil, Manuel Pizarro o el propio Cascos. Además, la acusación de inoperancia gubernamental de José Luis Rodríguez Zapatero se ve debilitada con ausencias tan sonoras como la de Rajoy en este caso y en otros anteriores -la pugna entre Aguirre y Gallardón, por citar sólo un ejemplo-. Con esta forma de proceder, el mensaje que percibe la ciudadanía es que Rajoy se quita de en medio cuando vienen mal dadas, igual que hace ahora Zapatero.

Por otra parte, la defenestración del señor Cascos pone en evidencia, una vez más, una característica profundamente disfuncional de la democracia española desde la Transición: la práctica perversa –en ambos partidos- de liquidar una generación cada dos legislaturas, más o menos. La falta de continuidad entre administraciones del mismo partido, y la canibalización de equipos bregados y preparados, es notoria. Ocurrió en el PSOE, tras la desaparición de Felipe González, en que el señor Zapatero descabezó a casi todos los colaboradores de González, excepción hecha del señor Rubalcaba, con las consecuencias que están a la vista. Y ahora hay el temor de que una futura administración del Partido Popular pudiera caer en prácticas parecidas, en relación a los antiguos colaboradores del Presidente Aznar.

En general, el cursus honorum de los políticos españoles dentro de su propio partido es escuálido y, fuera de la política, prácticamente inexistente. Por eso, comparado con sus homólogos en otros países de la Unión, los curricula de los políticos españoles –para no hablar de su conocimiento de idiomas- son impresentables. Empieza a ser urgente, además de necesario, que los dirigentes de los grandes partidos nacionales tomen conciencia de que quizá no sea casual que la ciudadanía tenga un pobre concepto de sus políticos. En otras palabras, los experimentos –que decía Dors- con gaseosa: el sufrido contribuyente español no está para que el señor Blanco o la señora Aido hagan prácticas a su costa con el gobierno de la nación: es más barato pagarles un master previo y que lleguen a la administración titulados y experimentados.

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