Rafael Sánchez Mantero | Martes 04 de enero de 2011
El embajador británico en Madrid Sir George Labouchere escribía al subsecretario de Estado del Foreign Office Paul Gore-Booth en 1965 lo siguiente: “Después de 25 años de ilimitado poder, yo creo que a Franco no le gusta Gran Bretaña, la cual según su opinión jugó un papel fundamental en la derrota de las potencias fascistas, que si hubieran obtenido la victoria, hay que reconocerlo así, hubieran apoyado su régimen. Carrero Blanco, el equivalente a nuestro Ministro del Interior, y que acumula considerable poder, está también claramente contra nosotros, aunque Castiella pueda afirmar lo contrario, creo que también desaprueba los principios en los que nosotros nos basamos”.
El despacho del embajador británico estaba clasificado como “personal y secreto”, y si se hubiera dado a conocer públicamente en aquellos momentos, seguramente hubiera enturbiado aún más las relaciones hispano-británicas, que ya atravesaban por una delicada situación en vísperas del cierre de las comunicaciones con la colonia de Gibraltar. Sin embargo, el conocer las verdaderas opiniones de un diplomático que disimulaba muy bien ante las autoridades españolas del momento cuáles eran sus auténticas opiniones sobre el gobierno de Franco, no hubiese cambiado el curso de la historia. Los historiadores podemos tener ya acceso sin restricciones a este y a otros documentos similares que están depositados en los National Archives de la capital del Reino Unido. El único requisito es que hayan transcurrido al menos treinta años desde su redacción.
El escándalo que ha provocado wikileaks al dar a conocer una serie de documentos de la Secretaría de Estado norteamericana generados en fecha reciente por sus agentes diplomáticos parece desproporcionado, y tampoco da la sensación de que vaya a provocar ninguna catástrofe en el ámbito de las relaciones internacionales. Pero si nos proporciona información para mejor comprender las claves de la política de los Estados Unidos con respecto a otras naciones. Las fuentes diplomáticas constituyen, si bien no el único, un material de inapreciable valor para los historiadores. Aunque moleste e incomode a los gobiernos implicados que tratan de preservar las confidencias de sus representantes en otros países. En todo caso, el problema no es de quién da a conocer esos documentos, sino de quien no sabe proteger suficientemente los secretos de su política. El que wikileaks haya revelado estas fuentes para una etapa tan reciente de nuestro pasado es, sin duda, una buena noticia para los historiadores que se ocupan de la historia de las relaciones internacionales del tiempo presente.
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