Opinión

2011: cómo salir de la crisis a través del Derecho

José Eugenio Soriano García | Martes 04 de enero de 2011
De siempre me llamó la atención la depresión económica casi permanente en que vive Argentina. Un país con tan sólidos recursos, - agua, recursos, minería, pesca, ganadería…- y sin embargo no levanta cabeza. Y sus habitantes están permanentemente en un ¡ay!, ya que entre “corralitos” y suspensión de pagos – que cursimente llaman “default”- no saben que será de sus ahorros, carecen de confianza y seguridad en el futuro y acaban trampeando o largándose fuera.

Y ello pese a que sus recursos humanos, también, son impresionantes. Cualquiera que conozca aquél gran país, sabe bien de la formidable formación que tienen sus profesionales, y sus escuelas estuvieron entre las mejores del mundo tras la reforma que llevó a cabo Domingo Faustino Sarmiento-Albarracin , quien se preocupó con visión de la educación, “la instrucción” como en aquél entonces se decía. Y el resultado fue que el país más “europeo”, culto, civilizado, dador de poetas y literatos, de arquitectos y empresarios, surgió con fuerza hasta colocarse en posición relevante en todo el orbe.

Pero luego, todo se fue al traste. Y la pregunta surge de inmediato ¿qué pasó? Hice en Buenos Aires, Mendoza o Córdoba esta demanda y siempre tuve la misma respuesta, como si de una repetición mecánica se tratase: el desastre es consecuencia inmediata de la clase política, de “los políticos”; son ellos quienes han arruinado este país, a sus personas, a su gente; son ellos quienes han destruido las Instituciones. Sin ellos, el país sería otro, mucho más estable, hermoso y fiable.

Yo, llevado de mi voluntarismo, propio de los teóricos, contestaba con alguna displicencia que “cada país tiene los políticos que se merece”, les acusaba luego de que a fin de cuentas, los argentinos les habían votado y, finalmente, con la superioridad epistemológica clásica de los europeos, les ponía el Viejo Continente como ejemplo.

Y así seguí, hasta… Pues hasta que aquí, ha venido a suceder lo mismo. Tanto en el plano nacional, como en el autonómico: si cualquiera dijera que lo que se vota en los Presupuestos Generales – ir vendiendo trocitos del Estado y de la solidaridad a cambio de un añito más de cortar cintas y salir en la tele- o en el autonómico – que los pobres votantes socialistas de Hospitalet acaben aplaudiendo que les ponga multas un tipo de Córdoba por hablar lo que todos - , digo, si alguien dijera que eso es lo que hemos votado, y que tales son los políticos que habíamos elegido, saldríamos corriendo en manifestación, gritando algo así como “Yo no he sido, no me culpen”. En mi opinión, la desafección de la propia democracia, tal como la practican estos mediocres y, en bastantes ocasiones aprovechados cuando no corruptos, tiene mucho que ver con dos claves.

Una es el régimen electoral, la Ley electoral en definitiva, que propicia cúpulas de poder tanto en el ámbito nacional como en el autonómico, que apenas sirven para otra cosa que para perpetuarse en el propio poder. Vemos como durante años y años, sin límite, las prebendas, (prebendalismo como sistema político) y el parasitismo (en forma de endoparásitos que viven dentro de la sociedad utilizando como huésped forzoso al partido que a su vez lo hace del cuerpo social), aparecen ligados a fórmulas aceptadas ya incluso con naturalidad. Lo único importante al final es vivir de los demás, a su costa y además dándole toda clase de instrucciones y órdenes. Y ello, logrado mediante el sistema de pura cooptación, donde lo fundamental es ingresar en el partido de mano de un “padrino” (sistema de caciquismo) y a partir de ahí, obedecer, no tener ideas, carecer de otra personalidad que la de adulador del jefe, y, poco más. Desde luego, a mayor mediocridad, más posibilidades de ser útil al jefe y por tanto de medrar.

La otra clave, a mi juicio, es la que deriva de una equivocada acepción de la democracia. Ésta se utiliza como si fuera la solución para todo, entendiendo como tal, que una mayoría circunstancial - no sometida a ninguna otra regla que la de su propia mayoría - hace la norma, la excepciona a continuación, la vuelve a contra excepcionar, la deroga parcialmente, o simplemente la inaplica. En otras palabras: que la democracia, entendida como un puro sistema de mayorías, no tiene reglas que la frenen desde un Estado de Derecho. Y que por consiguiente, el Estado de Derecho pasa a ser una cáscara vacía de contenido, una almendra huera y hueca sin sustancia ni núcleo. Así, se trata de que por encima de todo, no haya instituciones y las que aparezcan como tales, no sean otra cosa que un remedo grotesco de lo que una Institución es. Y una Institución, desde Hauriou lo sabemos bien, es un elemento objetivo, un corpúsculo social, aceptado, respetado, al que prestan su adhesión las voluntades subjetivas individuales. Y sin Instituciones, que obliguen a aceptar responsabilidades y formas de actuación predecibles y fiables, por modestas que sean, no existe ninguna otra cosa que la caprichosa y arbitraria voluntad de la mayoría, a su vez dominada por una cúpula, que normalmente descansa sobre un jefe sin alternativa.

Y efectivamente, nuestras Instituciones son hoy un puro hollow shibboleth, una contraseña vacía de contenidos, y en la que, de contrabando, se trafica con el traspaso de mercancía averiada, haciendo que la mueca en que convierten a las Instituciones, quiera aparecer como si no fuera otra cosa que la máscara que les obligan a representar en el teatro diario, sonriendo, llorando, o amenazando, sin que sea creíble ese rostro que representan.

Así, cuando nos referimos hoy a la Institución que debería ser la Justicia, basta pedir opinión a los sufridos justiciables, los ciudadanos que la soportan, para que aparezca de inmediato la máscara horrible en que se ha convertido. Y si vamos a la Universidad, supuesta Institución que sería el “Alma Mater” del saber, vemos por dentro como está de perjudicada, de empobrecida, rancia e ignorante, dado el sistema de selección del profesorado, con lo cual, pregunten a los alumnos qué opinión le merece, y pregunten a los empresarios si creen en esta Universidad, y miren el número de patentes, de impactos científicos que ofrece, del rango en prestigio internacional para que de inmediato caigan en la cuenta de lo que esa máscara dice. Y si vamos a los Sindicatos, miremos si defienden de verdad a los trabajadores o defienden gremialmente a ellos mismos y sus tribus locales, para lo cual no hay más que mirar el bajísimo nivel de afiliación sindical, lo que es una respuesta contundente de la propia clase trabajadora a la que dicen defender… Y si vamos a los Parlamentos Regionales, miremos el nivel de acreditación, calidad y mérito de sus componentes y el nivel que ofrecen y los intereses que dicen defender, observando también al tiempo como viven precisamente ellos, qué prebendas, privilegios y prerrogativas de toda clase se reservan. Y si miramos a la Función Pública, vemos que lo que fuera otrora una gran Institución hoy es botín de un spoils system que ha hecho pillaje del empleo público, degradándolo mediante la brutalidad de incorporar vía partidos políticos a miles y miles de simpatizantes, familiares y amigos, sin preparación, sin saber, sin técnica; pensemos que el tripartito en Cataluña metió en sus años de gobierno a 39.000 empleados públicos más (son cientos de miles hoy los burócratas en Cataluña, antes tierra de emprendimiento e ideas) y en la fase terminal del tripartito, durante las propias elecciones, colocaron a setecientos de golpe; en Andalucía, están ahora mismo colocando en las empresas públicas (únicas que al parecer prosperan ahí, salvo excepciones) a miles de amigos, sin que se sepa si en Andalucía hay diez mil más o diez mil menos empleados, por cierto, con carta de los Sindicatos a sus miembros diciendo que ahora les toca a ellos y que para eso está la Junta de Andalucía.

En fin, todo lo público, que es absolutamente esencial en un país, está desvertebrado, que diría don José Ortega y Gasset. Y ello, no por falta de columna dorsal de nuestra sociedad, sino por la piqueta con la que estos políticos desvertebran todos los días, corruptela a corruptela, a la sociedad.

O se consolida el Estado de Derecho y se cambia la Ley electoral, - permitiendo en listas abiertas expulsar al inútil y logrando mayor interés en las elecciones – o acabaremos siendo solamente quienes freguemos y limpiemos las suelas de los alemanes, franceses, ingleses, norteamericanos, quienes sí que van cuidando, con mimo, sus propias Instituciones.

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