Opinión

Mis ceniceros

Miércoles 05 de enero de 2011
Mis ceniceros es el título de una novela no traducida al español, por el momento, de la autora francesa Florence Delay. Hay títulos que valen un libro, y éste es uno de ellos. Mis ceniceros. Florence Delay habla del libro en una entrevista en la red hecha por la librería Mollat, y describe los ceniceros como pequeñas urnas funerarias del momento, como los receptáculos de la muerte, del instante, y los relaciona con la ceniza del miércoles de ceniza, con el fuego y la resurrección. En esa entrevista Delay cuenta que nació en una familia de fumadores. Su padre fumaba Gitanes, de cajetilla azul, y su madre Kool, tabaco mentolado de cajetilla verde. Florence, una mujer encantadora en la entrevista --hay que ser encantadora para fijarse en los ceniceros y decidir consagrarles un libro--, cuenta que de niña vivió entre el azul y el verde, colores del tabaco y colores de los ojos de su padre y de su madre. Humo, colores, recuerdos, ceniza, desparición y resurrección, el completo ciclo vital y literario.

¿En qué mesa de qué casa no hay ceniceros? Ceniceros de barro, de cerámica de Talavera, de plata, de cristal de Murano, de cristal de bar, de cuerno, de concha... Ceniceros de mil materiales, de mil colores y formas, ceniceros vacíos en general, esperando el polvo de un recuerdo, de una conversación o de una espera. La ceniza del momento. The remains of the day, los vestigios del día de Ishiguro.

Cada época ha tenido un cenicero. En los años cuarenta, los ceniceros de plata con el fondo de una moneda, en los cincuenta y sesenta los de cristal con cuatro apoyos y la publicidad de algún restaurante u hotel en el fondo semitransparente; en los setenta, los que hacían que desapareciera la ceniza y la colilla mediante sistemas giratorios o de compuertas que se accionaban pulsando un botón, en los ochenta, esos mismo o parecidos combinados con agua para hacer que el cigarrillo se apagara lo antes posible y no dejara olor... En los noventa, comienza Ikea a recoger nuestras cenizas del momento. Las veneras de plata se han usado de cenicero, las conchas de la vieiras, pistones de coches, latas de las cosas más variadas... Y uno se puede preguntar ahora, ¿desaparecerán con la nueva ley?

Desde luego, de los espacios públicos desaparecerán, o al menos eso se espera. ¿Y de las casas? Es cierto que cada vez fuma menos gente y que los que fuman suelen hacerlo fuera. En Japón llaman “luciérnagas” a los hombres que fuman de noche en las terrazas porque sus mujeres no les dejan hacerlo en casa. En Nueva York, los fumadores se arremolinan en las puertas de los edificios, muchas veces a temperaturas polares, formando un pasillo de humo para el que entra o sale. Tanto es así, que la ciudad ha sacado una ley para que no puedan fumar en las puertas. deben irse más lejos. ¿Desaparecerán los ceniceros? ¿Nos convertiremos, incluso los que vivimos solos, en amas de casa que nos obligamos a nosotros mismos a luciernaguizarnos? ¿En policías que nos autodisolveremos de las puertas de nuestras casas? ¿Relegaremos los humanos el cenicero --esa urna cineraria del instante-- al mismo olvido que alcanzaron, por ejemplo, las escupiteras que poblaban las esquinas de cualquier casa de pro del siglo XIX?

La cultura, cada vez más infantiloide, va eliminando los recordatorios de la muerte de nuestras vidas. En España, país rebelde en el que los símbolos de la muerte siguen asomando el negro y húmedo hocico por doquier, todavía comemos animales con forma de animal, peces con ojos y dientes y celebramos el fuego que todo lo convierte en ceniza. En la época de la fugacidad, de la renovación constante del perfil de Facebook, de los doscientos cincuenta amigos a los que no conocemos, de la recepción constante de mensajes que son inmediatamente borrados, no queremos que nos recuerden que estamos de paso. Extraña contradicción. Eliminamos la sangre, ocultamos la ceniza, intentamos olvidar el inevitable paso del tiempo. Y a la vez convertimos los instantes y las relaciones en algo banal. Rechazamos su ceniza, queremos que la gente no la deje en nosotros. Convertimos nuestra persona en una imagen, en una foto que no será fuego, ni ceniza, ni cambio.

Los ceniceros son eso, un humilde y vacío recordatorio de lo que pasó. Fotografías de los momentos idos. Mis ceniceros (y eso que solo fumo en momentos de crisis) están llenos de palabras tostadas, de momentos quemados, de silencios abrasados, de esperas fundidas por el rescoldo y la llama. De amores que se convirtieron en polvo buscando la resurrección. Fumando espero. Acumulando la vida en mis ceniceros.

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