el chivato
Miércoles 05 de enero de 2011
El teatro es un enfermo imaginario desde su nacimiento. Argumento nada original, con el que justifican los actores, los productores y los empresarios las vacas flacas de las recaudaciones. Vacas flacas cuyo periodo de delgadez , no se produce esta temporada y que, en general, no debe su origen al vaticinio bíblico, sino a diferentes criterios de según quien: los autores consideran que sus obras no mueven el interés de actores y directores; estos creen que su trabajo no es reconocido como lo es el inferior del cine y la tele, los productores claman por el reparto equitativo de los siempre escasos dineros públicos y los empresarios “de paredes” culpan de sus males a los medios de comunicación que no prestan al teatro ni la décima parte de la atención que brindan al fútbol. Tras todos estos, están los espectadores fijos que, si vacas flacas, acusan a todos ellos de flojos.
Faltan aun los únicos que podrían alimentar a las pobres vacas famélicas: los que conforman la muy numerosa cifra de quienes desconocen el teatro por haber recibido una insuficiente formación durante la infancia; verdadera cantera de espectadores potenciales, apenas aprovechada por las Instituciones.
Haría falta una estrategia como la dirigida por Japón a la infancia de La India el siglo pasado: cuando el piano era un instrumento desconocido entre la sociedad de La India, una fábrica japonesa de instrumentos musicales decidió acometer una campaña dirigida a los millones de clientes potenciales del inmenso país y regaló varios centenares de pianos a las escuelas públicas. El resultado llegó años después: La renaciente sociedad India compró, desde entonces, miles de unidades del antes extraño artilugio musical.
La oferta teatral es, en cuanto a locales públicos y privados, la más numerosa de la historia. A ninguna ciudad; a ningún pueblo mayor de mil habitantes le falta el “piano japonés”, es decir, un teatro o un centro cultural, Madrid tiene cerca de cuarenta teatros y más de treinta salas de pequeño formato y Barcelona no difiere mucho en número.
En cuanto se sigan programas de formación teatral a la infancia, disminuya el número de musicales americanos, tan alejados del teatro de texto, se canse, por fin, el público de tanto monólogo insulso y los autores olviden el dinero fácil de la tele o el cine y vuelvan al buen teatro de texto, las vacas gordas se quedarán en los escenarios.
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