Cultura

Simon Sebag curiosea en el pasado de Stalin para explicar su crueldad

Publica "Llamadme Stalin"

Sábado 22 de marzo de 2008
Las 573 páginas de "Llamadme Stalin" (Memoria Crítica) están repletas de testimonios y datos inéditos sobre los primeros pasos del dictador soviético, extraídos en buena parte de memorias de personas que vieron de cerca su forja revolucionaria en el Cáucaso.

Nacido en 1878 en una pequeña localidad georgiana llamada Gori, Iosiv Visarionovich Djugashvili, más tarde conocido como Stalin, muy pronto aprendió a convivir con la violencia, según cuenta el autor del ensayo.

Según Sebag Montefiore, el joven Stalin, apodado “Soso” por sus íntimos, arrastró toda su juventud no sólo el trauma de la violencia doméstica sino también un complejo de inferioridad causado por las marcas en la cara que le dejó la viruela, su andar defectuoso debido a un accidente y los rumores que aseguraban que era hijo bastardo.

Una coincidencia inequívoca con otros crueles dictadores y mandatarios, que cagaron siempre con el lastre de frustraciones y fracasos infantiles y de juventud. Como Hitler y su pasión por la pintura; actividad en la que nunca destacó, o su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, que nunca logró asimilar su minusvalía e inventó una mentira para justificarla, algo que no debió costarle mucho, dado el arte que tenía en la materia.


Un joven violento
Por si fuera poco, y de vuelta a Stalin, “Soso”, como lo conocían, creció en un entorno social especialmente violento: en Gori las peleas callejeras entre niños, jóvenes o adultos eran diarias y formaban parte de la tradición. El propio Stalin reconocía de mayor que había "llorado mucho" durante su "terrible infancia".

El ensayo de Sebag Montefiore revela su personalidad ambivalente, capaz de batirse a puñetazos contra chicos mayores que él y a la vez brillante alumno de la escuela religiosa y portentoso recitador de salmos.

Tras ingresar en el seminario cristiano ortodoxo de Tiflis, la capital georgiana, el que llegaría a ser dictador se convirtió incluso en un exquisito poeta, cuyos versos fueron recogidos en antologías. Poco más tarde, ya entre sus libros de referencia comenzó a incluir los revolucionarios, que leía a hurtadillas y que le llevaron a abrazar el credo marxista y el ateísmo.

Desde 1900 fue convirtiéndose en un incansable activista antizarista. Cinco años más tarde las cosas iban a cambiar. El joven Stalin conoció a Lenin y pronto comenzó a colaborar con su mentor incansablemente para preparar la revolución bolchevique de 1917, cuando contaba ya con 39 años y los tiempos de la infancia y la juventud quedaban demasiado lejanos en el tiempo.

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