Opinión

Políticos espantapájaros

José Antonio Ruiz | Viernes 07 de enero de 2011
Si Rubalcaba es Cicerón, apaga y vámonos. Si el Presidente regente encajó con regocijo -¡a ver qué remedio!- la imitación hiperrealista que hizo de él José Mota en la Nochevieja de La Primera, yo de él cancelaría ad infinitum las comparecencias semanales al término del Consejo de Ministros, hasta apuntarme antes a unas sesiones exprés de actuación escénica para aficionados que le desquitasen de esa chepa tan antiestética pero a la vez tan cinematográfica tal cual Quasimodo en El Jorobado de Notre Dame; y desde luego trataría de desterrar a no más tardar ese tic nervioso en la mano derecha de limosnero monclovita metiendo monedas en una hucha con la cadencia repetitiva del gato dorado que tan buena salida tiene en los escaparates de las tiendas de chinos, país de procedencia por cierto -¡tiene narices la cosa!- de los nuevos Reyes Magos comunistas. Aunque bien mirado, y corroborada la acojonante mediocridad general imperante, ambas dos caracterizaciones histriónicas bien le pueden valer al Vicepresidente una nominación al Globo de Oro al mejor actor secundario, en abierta rivalidad con Geoffrey Rush por El discurso del rey.

Al menos Cascos, el General Secretario al que tanto elogia ahora el diario El País -¡asco de periodismo!-, cuando se ponía en plan “dóberman” antes de involucionar a “caniche” (José Joaquín León dixit) tras probar su propia medicina, daba tanto o más miedo inclusive que el otro Alfredo, Freddy Krueger en Pesadilla en Elm Street, o que el mismísimo Anthony Hopkins en El silencio de los corderos. Pero es que los soseras de hoy en día que pueblan el arco parlamentario no sirven ni para hacer una camada en una peli de Torrente, el brazo tonto de la ley, el antihéroe cutre de la saga de Santiago Segura. ¡Qué juego daría Alfonso Guerra en coyunturas históricas tan cruciales como la que estamos atravesando!

Como en las 7 edades del hombre Shakespearianas, los políticos torderas que retozan en los hemiciclos debieran haberse percatado ya de que el mundo entero es un teatro, y todos ellos simplemente comediantes faltos de carisma pero sobrados de cuento, susceptibles de encasillamiento en alguno de los siguientes tres grupos de estatuas vivientes en función de su común denominador: el minoritario, formado por aquellos que tienen algo de contenido pero adolecen de continente; el corpúsculo integrado por aquellos otros que, a falta de contenido, abusan del continente en un intento vano de compensar la carencia de discurso; y por último, el resto mayoritario, que adolece de mensaje y también de un embalaje mínimamente atractivo para colocar la mercancía a la vista del consumidor-votante.

Nadie espera que los “servidores públicos”, servidores de sí mismos, sean encantadores de serpientes de la India y tengan los recursos interpretativos de Laurence Olivier, Marlon Brando, Peter O’Toole, Robert de Niro o Meryl Streep. Pero de ahí a desenvolverse como un empleado de banca del Far West con manguitos y visera, tal cual le sucede a Rajoy, el burócrata oficinista indolente empeñado en reencarnar el papel de cajero interpretado por José Luis López Vázquez en Atraco a las tres de José María Forqué, o bien encabezonarse en embutirse la chaqueta con la percha del armario ropero del IKEA dentro, como le ocurre a Zetapé, el relativista inane circunflexo…, media un desfiladero abisal.

El líder opositante del PP se ofusca en seguir siendo el triste registrador de la propiedad de villa Arriolo, y si acaso en emular el desconcertante movimiento de ojos espiralidoso de Marujita Díaz en La casta Susana; y el presidente del Gobierno le tiene una querencia enigmática a los dependientes de El Corte Inglés, que debería de hacérsela mirar aunque fuera por un tarotista del Retiro o una gitana de Ventas. Si fueran futbolistas del Madrí, doy por hecho que no le venderían una camiseta de saldo por fin de temporada ni a Tonín El Torero. ¡Cuánto soseras! ¡ni para figurantes de los de la pica en una peli de romanos de serie B!

Felipe (el diseñador de joyas que un día quiso ser Dios), no era precisamente Winston Churchill -¡más quisiera!-; pero tenía más mala leche en el cuerpo a cuerpo parlamentario que una hiena de El Rey León; y las americanas de pana con coderas de proleta le sentaban casi tan bien –antes de enrrollizarse y hacerse multimillonario ejerciendo de abrepuertas de midas con derecho a trono en la revista Forbes- como a Tony D’Amato (Al Pacino) en Any Given Sunday (Un domingo cualquiera).

Tan contraproducente es ser un tronco como el calamitoso ex Gobernador californiano Arnold Schwarzenegger (superado en tableta abdominal hasta por el hierático Aznar -¡otra alegría de la huerta con gestualidad de soberbio perdonavidas!), como tener un repertorio de movimientos espasmódico tal cual el conductor de La vuelta al mundo de Veo7 de los viernes, con apellido de cuesta de enero, cuyos ademanes mecanicistas –que parecen estar pidiendo a gritos una valeriana- devalúan sus juicios de valor, las más de las veces ponderados.

Obama no es precisamente Denzel Whashington en American Gangster de Ridley Scott; ni Bill Clinton Charlton Heston en El planeta de los simios. Pero a uno y a otro sus asesores teatrales le han explicado, so pena de resultar cargantes y hasta inclusive hirientes, cómo se tienen que desenvolver en público (pues Clinton ya sabe él sólo cómo ingeniárselas en privado -¡artista!-) para sacar partido a sus recursos melodramáticos: desde cómo deben modular la voz sin engolarla como un tenor pardillo o aflautarla sin despeinarse como Llongueras, hasta cuál es el árbol de entonación más adecuado al que tienen que recurrir dependiendo de la situación, pasando por concienciarles acerca del valor que tienen los silencios en una vida como la nuestra tan llena de ruido, grillos indocumentados y palabras huecas.

Tampoco es cuestión de matricularse en un curso por correspondencia en el Actor’s Studio para asimilar en dos tardes (como Zetapé las claves de la ciencia económica) el método Stanislavski de la mano sabia de Lee Strasberg. Pero no estaría de más que interiorizaran de una vez por todas antes de posar como Mona Lisa para la foto de cartel de las próximas elecciones que la pasarela del Congreso o el cementerio de fósiles del Senado se parece más a un circo decadente o mismamente al escenario mágico del Teatro María Guerrero, que al púlpito de la Almudena, al mercado callejero dominical de Hortaleza, o a una barraca de cañas y barro de Blasco Ibáñez.

La puesta en escena es tan mediocre como el contenido de las intervenciones. No valen ni para actores amateur de un grupo de teatro de vecindario representando el Auto de los Reyes Magos. Y si a semejante hándicap le sumamos la insipidez de los textos inodoros e incoloros que les escriben sus respectivos “negros” (tan atiborrados de tópicos y ñoñerías predecibles como las alocuciones borbónicas, siempre tan llenas de orgullo y satisfacción), el resultado de las performances es tan desalentador como el incierto futuro que nos aguarda a quienes asistimos, perplejos, a la representación, desde el patio de butacas de la Spanish Comédie.

Claro que con la que está cayendo en las oficinas del INEM, lo mismo que les aconsejo que se apunten a la Real Escuela de Arte Dramático, les sugiero que pospongan el encargo para después, pues no está el país para cuentos sino para echar cuentas de lo que nos está costando su manifiesta incompetencia y su inadmisible irresponsabilidad.

No seré yo quien ponga en duda que Zapatero es un maestro en eso que se conoce como el arte de medir los tiempos: una estupidez más de los mamporreros orgánicos que ahora están intentando difundir entre la masa impensante la sandez de que el Jefe del Ejecutivo, por el bien de España, ha asumido el papel de mártir antes de auto-inmolarse por el futuro de sus congéneres. Pero sí el que se sume a la necesidad de aconsejarle que de aquí a mayo, a no más tardar, convoque elecciones y se meta a relojero, con la inquietante tranquilidad de que su tiempo ha pasado y en el peor de los casos, cualquiera, pongamos por caso Rajoy, puede ser Presidente.

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