Juan José Laborda | Domingo 09 de enero de 2011
Bayona es hoy una típica ciudad francesa de provincias. La visité la semana pasada. Tiene poco más de 44.000 habitantes, y sus actividades económicas están basadas, fundamentalmente, en los servicios, en la pequeña industria y en la actividad portuaria (hoy en día no es ni la sombra de lo que fue siglos atrás).
Bayona fue la capital de una región que, antes de la creación de los “departamentos” napoleónicos, se llamaba Labourd, en francés; Labort, en español. La denominación procedía de un poblamiento romano a las orillas del río Adour, que se llamaba “Lapurdum”. El obispado bayonés se sigue conociendo así en su nomenclatura latina. El nacionalismo vasco, en el siglo diecinueve, inventó el término de “Lapurdi”, para referirse a una de las “siete provincias” del Euskadi irredento. En Francia, comprendería, además de “Lapurdi”, “Nafarroa” (Basse-Navarre) y “Zuberoa” (Soule).
Francia ha tenido una gran habilidad para integrar cualquier manifestación de disidencia política, convirtiendo sus signos distintivos en reclamos turísticos. En eso son geniales. Hasta el Terror de su Revolución se vende como una amable mercancía, con mil variantes, desde la cerámica, pasando por la gastronomía, hasta llegar a las manifestaciones más selectas del arte figurativo o del teatro. Eso mismo sucede con los símbolos del nacionalismo en el País Vasco francés: todo él es una Euskadi de postal. Mientras en España el paisaje ha sido trasformado por la industrialización y las altas densidades urbanas, en Francia ha sucedido lo contrario: la población se ha estancado o crecido muy poco. Al pasar la frontera nos agrada ver un tipo de urbanismo con viviendas de pocas alturas, construidas la mayoría con el modelo de “caserío vasco”, con cubierta de teja a dos aguas. En Bayona, la mayoría de los edificios no sobrepasan las tres alturas, y lo propio sucede en San Juan de Luz, Hendaya o Biarritz (aunque esta última población es una especie de Marbella con una hermosa pátina de antigüedad).
La ikurriña, el lau-buru (la esvástica de las cruces de los cementerios vasco-franceses), los locativos en euskara, y otros “signos diferenciales” están por doquier. Especialmente, en los establecimientos turísticos. Añaden atractivos a la oferta de playas con arena fina, rincones rurales encantadores, algunos antiguos edificios, buena oferta de alojamientos y una gastronomía meritoria. Augustin Chaho (1810-1858), el inventor de los principales mitos del nacionalismo vasco, un precursor ideológico de Sabino Arana, entre las muchas cosas que hizo (en España apoyó a los carlistas fueristas, aunque en Bayona actuó como un político republicano radical), promocionó el turismo en esa región, mitificando las virtudes salutíferas de los baños de mar. El misterio de la raza de los vascos (que Chaho había copiado del romanticismo alemán, según Juaristi), añadía atractivo a unos veraneos regios, aristocráticos y de la alta burguesía (las vacaciones fueron una creación posterior, propia de empleados).
Con la efervescencia del nacionalismo vasco en España, los franceses han seguido la corriente. El “Museo histórico y vasco” de Bayona ha sucumbido a esa ideología, sólo que en la versión melancólica: se ensalza a una familia tradicional vasca, con caracteres rurales primitivos, que allí nunca fue mayoritaria. Me llamó la atención que rasgos que los sociólogos han observado en comarcas atrasadas de Vizcaya y Guipúzcoa, en el Museo de Bayona, se generalizaba a todos los “vascos” de las “siete provincias”, a un lado y al otro de la frontera.
Así, la verdadera historia de esa región francesa permanece en la sombra. Ni en España, ni en Francia, los habitantes de esas “provincias vascas” tuvieron una evolución igual, ni una conciencia compartida. Mientras Bayona y el Labort fueron católicas siempre, los navarros franceses, al igual que su rey Borbón, militaron en el bando protestante, en las guerras civiles que asolaron Francia a finales del siglo dieciséis. Bayona está llena de vestigios de una historia que hemos sufrido recíprocamente los españoles y los franceses: Alfonso el Batallador; Pedro el Cruel; la esposa de nuestro rey Carlos II, desterrada por Felipe V; el general Palafox, defensor de Zaragoza; Carlos IV y Fernando VII, los reyes felones que abdican ante Napoleón; la primera constitución escrita dictada para José I Bonaparte…Su presencia en Bayona se lee en sus antiguos edificios.
Y luego está “la nación española de los judíos de Bayona”. Así se denominó a una importantísima minoría de comerciantes y financieros de origen sefardita que se arraigaron en Bayona, desde principios del siglo XVII. Crearon redes económicas entre Bayona, Bilbao, Madrid y Ámsterdam, que fueron esenciales para que Felipe V pudiese financiar su Guerra de Sucesión. El Museo de Bayona les dedica, eso sí, una parte grande de sus salas. ¡Habrá que contar la historia de unos españoles desterrados, que se sintieron europeos hace mucho tiempo!
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