Rafael Ortega | Domingo 09 de enero de 2011
Aquella noche del 2 de abril del 2005 cuando se anunció la muerte de Juan Pablo Segundo, apenas habían pasado unos minutos de emoción, cuando alguien gritó entre las miles de personas congregadas en la Plaza de San Pedro: ¡Santo Subito!. Fue un grito seguido y aplaudido por esas miles de personas y que en los días posteriores, hasta el momento del entierro del Papa fallecido, fue unánime.
Ahora ya se ha sabido que el milagro que puede llevar a Karol Wojtyla a los altares ha sido aprobado por la consulta médica hecha por Congregación para las Causas de los Santos. Una vez que la comisión encabezada por el médico particular de Benedicto XVI, Patrizio Polisca, aprobó el milagro presentado, un equipo de cardenales y obispos de la Congregación para la Causa de los Santos examinará el milagro en los próximos días y enviará su veredicto al Pontífice. La verificación del milagro es la segunda etapa de todo proceso de beatificación. La primera, es el decreto de las “virtudes heroicas” que, en el caso de Juan Pablo II, fue promulgado en diciembre de 2009.
Una monja, la hermana Marie-Simon Pierre, nacida en 1962, tenía parkinson desde 2001 y la enfermedad de forma manera médicamente inexplicable, desapareció completamente en junio de 2005. En este momento solo falta la aprobación definitiva de la Congregación y la fecha del día de la Beatificación, que será fijada por Benedicto XVI, y que podría ser el próximo 2 de abril, a los seis años de la muerte de Juan Pablo II, el 18 de mayo, día del nacimiento de Wojtyla, o el 16 de octubre cuando se cumplirían los 32 años de su elección.
La Hermana Marie-Simon Pierre empeoró en su estado en 2004 con los síntomas propios del parkinson como temblores, rigidez, dolores e insomnio. Marie-Simon ya no podía casi trabajar en una maternidad católica de París, y cuando veía a Juan Pablo II en la televisión le resultaba muy fuerte la situación, pues, según afirmaría más tarde,”él me mostraba lo que yo sería al cabo de algunos años”. “Cuando fue anunciada la muerte de Juan Pablo II se me vino el mundo encima. Había perdido al amigo que me entendía”. Sus hermanas de comunidad rezaban por ella pidiendo la intercesión del difunto pontífice. El 2 de junio, por la tarde, la hermana fue a hablar con su superiora, para pedirle que le dispensara de toda actividad laboral y ésta le pidió que resistiese todavía un poco y le dijo: “Juan Pablo II no ha dicho todavía la última palabra”. Le dio una estilográfica y le pidió que escribiera “Juan Pablo II”. “Eran las cinco de la y tarde- relata la hermana Marie-Simon- y a duras penas, escribí “Juan Pablo II”. Ante la caligrafía ilegible, permanecimos ambas largo rato en silencio. Tras la oración de la tarde, a las nueve de la noche, pasé por mi oficina. Sentí el deseo de coger una estilográfica y escribir, como si alguien me dijera: “Coge tu estilográfica y escribe”. La caligrafía era claramente legible, ¡sorprendente! Me tendí sobre la cama, estupefacta. Me desperté a las 4:30 de la madrugada sorprendida de haber podido dormir. Mi cuerpo ya no estaba dolorido, había desaparecido la rigidez”. Ese mismo día dejó de tomar sus medicinas, y el 7 de junio del 2005 el neurólogo que la había tratado desde el inicio de su enfermedad, no podía explicar lo que había ocurrido.
Tuve la gran fortuna de haber seguido informativamente todo el pontificado de Juan Pablo II, desde el día de su elección hasta la jornada de su fallecimiento y posteriores funerales. Fueron muchos años de contactos personales y de experiencias y, porque no decirlo, de enseñanzas que reafirmaron mi Fe, por eso aquel 2 de abril del 2005 yo también grité :¡Santo Subito!.
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