Críticas de Teatro

El chivato no es un soplón

El chivato

Lunes 10 de enero de 2011
Hubo un tiempo en que el teatro nacía en Madrid de la mano de aquellos empresarios, irrepetibles. Luego de obtener el éxito de las cien representaciones se expandía por los teatros de toda España. Aquellos que, gobernando alguno de los numerosos teatros madrileños, anteponían su gusto por el buen teatro al incierto resultado mercantil que, no desdeñaban por aquello de la supervivencia cuando aun no había subvenciones. Luis Escobar (Teatro Eslava), Tirso Escudero (tres generaciones, desde el Teatro Español al Comedia), Arturo Serrano (creador del Infanta Isabel), Fernando Granada (convenció al albañil Muñoz Lusarreta para que comprara el Teatro Calderón y el Cómico y alquilara el Reina Victoria), Muñoz Román (del desaparecido Teatro Martín), Jaime Fraga (Teatro Infanta Beatriz –transmutado en restaurante- y el Alcázar) , Conrado Blanco (Teatro de Lara), Carmen Troitiño (gastó todo su patrimonio en la construcción del Teatro Príncipe, creo un nuevo espacio escénico que denominó Pequeño Teatro Recoletos y recuperó el Teatro Progreso –más tarde Nuevo Apolo-).

En aquel tiempo nació El Chivato, una costumbre única en el mundo empresarial. Cada noche, poco después de comenzada la segunda función (dos funciones diarias, siete días a la semana) se celebraban conversaciones telefónicas entre los empresarios, o sus gerentes, el motivo era intercambiar las cantidades obtenidas en el día. Así, al final de la jornada teatral, cada empresario conocía con precisión las recaudaciones de los otros teatros y, podía evaluar las diferencias -si las había- y comprobar que la lluvia, el excesivo calor o el fútbol, aminoraban las recaudaciones de todos por igual o, si solo decrecía la propia recaudación, podía ser el indicativo de que el espectáculo estaba agotado; que era el momento de pensar en una nueva producción. Aquellos empresarios “chivatos” que se reunían una vez al mes a comer en “Alcalde” y se intercambiaban cifras, ya no están. Hay otros nuevos en la industria que, no se confiesan las cifras; apenas se comunican y, como buenos hombres de empresa, solo están a la mira de los dividendos propios.

El chivato, fuera del orbe del teatro, o es un demonio con cuerpo de hombre y patas de chivo, que a veces se aparece en la oscuridad, o es un soplón que acusa y denuncia en secreto; un cañuto que acaba de saltar a la actualidad, tras el capricho de la ministra escasita que, a falta de mayores competencias en su ministerio, para hacerse notar, se recrea flagelando al personal con Leyes inconvenientes, encubridoras de asuntos de mayor fuste, al tiempo que estimula la división entre soplones y sufridores de la delación y con mono de nicotina. El Chivato, así, con mayúscula, no es un soplón, es un cotilla complaciente con el mundo del teatro.



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