Alieto Guadagni | Martes 11 de enero de 2011
A fines del siglo XIX Argentina pudo establecer las bases de un sistema educativo no solo integrador desde el punto de vista social sino también igualitario, basado en la calidad de la enseñanza, particularmente de la estatal. Pero en las últimas décadas esta asociación virtuosa se ha deteriorado, ya que existen cada vez más evidencias que el sistema educacional, no solo el secundario sino también el primario y el inicial, avanza hacia la consolidación de un modelo organizativo de carácter dual. En primer lugar, tenemos el sistema público, aun mayoritario pero del cual están emigrando los que tienen suficientes ingresos para hacerlo, que se está convirtiendo en un sistema de mera contención social cuyo principal objetivo es la permanencia del alumno en la escuela y la preparación mínima requerida para los trabajos peor pagos.
Por el otro lado se estructura un sistema educativo privado, con más recursos y mejor equipamiento, que es demandado por las familias que pueden afrontar su costo. En tanto estas escuelas ofrezcan cada vez más un ciclo escolar mas abarcativo, por ejemplo gracias a la doble escolaridad, y con más recursos humanos y materiales, se ampliara crecientemente la brecha de calidad entre la escuela pública y privada. Por ese camino la utopía de la igualdad de oportunidades será cada vez más una meta lejana, ya que únicamente de una matrícula privada en el orden de menos un tercio del total saldrá quiénes ocuparán en el futuro los escalones superiores de la escala socio-económica del país. Ellos serán los que manejaran las grandes empresas y los medios de comunicación, poblaran el Congreso Nacional y las Legislaturas provinciales, serán responsables de la Universidad y los Tribunales, y tendrán en sus manos la administración del estado.
Si queremos evitar esta irreparable fractura no hay alternativa a mejorar sin demoras no sólo la mera “contención” sino también la calidad del proceso educativo en el sector estatal. No hay justicia social sin igualdad de oportunidades, lo cual exige universalizar la escuela secundaria, que sigue siendo esencialmente patrimonio de las clases medias y altas ya que la inmensa mayoría de los adolescentes pobres hoy no concluye el ciclo secundario. Por este motivo la universidad, no solo la privada sino también la pública hoy gradúan escasos profesionales provenientes de los niveles más pobres. Así como en la primera globalización (1870-1914) se valorizo la educación primaria y la Generación del ochenta la impulso, en esta etapa de la nueva globalización se valoriza la enseñanza media, ya que sin estudios secundarios se potencia la pobreza y los malos empleos, consolidando la exclusión social.
En el 2006 se estableció la obligatoriedad escolar entre los cinco años y el fin del ciclo secundario, pero la realidad es que la matricula en el último año del secundario estatal equivale a apenas el 40 por ciento del último grado primario. Por el contrario, en el caso de las escuelas privadas esta relación se ubica en 80, es decir el doble, esto evidencia el grave problema de la deserción escolar en el nivel secundario estatal. Obsérvese que, mientras en el último año primario apenas el 23 por ciento de los alumnos asiste a escuelas privadas, este porcentaje trepa a nada menos que un 37 por ciento en el último año secundario. Pero estas cifras son un mero promedio, ya que existen grandes diferencias entre las provincias. Misiones y Santiago del Estero son las provincias con el más alto nivel de deserción, ya que existen apenas 24 estudiantes en el último año secundario estatal por cada 100 en el último año estatal primario. Aparece aquí una gran desigualdad social, cuando se observa que esta misma relación trepa, en el caso de las escuelas privadas en estas dos provincias a nada menos que 72 y 100.
Es indispensable mayor voluntad política para implementar acciones efectivas para la inclusión escolar y la igualdad de oportunidades; un paso indispensable es efectivamente universalizar la enseñanza secundaria.
TEMAS RELACIONADOS: