Enrique Aguilar | Miércoles 12 de enero de 2011
Es por un lado edificante y, por otro, desalentador leer el último libro de Andrés Oppenheimer, periodista de los más influyentes en lengua española, varias veces galardonado y actualmente editor para América Latina y columnista de The Miami Herald. Edificante por la cuestión de que se ocupa y el mensaje que lo cruza de principio a fin, esto es, la educación y la necesidad de asignarle un carácter prioritario. Desalentador por su descripción de la realidad educativa de algunos países que, en tanto no se revierta, los mantendrá condenados al atraso.
Se trata de ¡Basta de historias! La obsesión latinoamericana con el pasado y las 12 claves del futuro (Debate, Buenos Aires, 2010), título que desde el vamos enmarca el tema entre dos coordenadas temporales: el pasado en el que no pocos países se empeñan en fijar su mirada y un futuro que sólo será posible construir en la medida en que puedan superar esa fijación (y el aislamiento cultural que le es correlativo) en un siglo regido por la economía del conocimiento.
Es que, para Oppenheimer, ya no son los recursos naturales sino la innovación y la generación de bienes y servicios de mayor valor agregado las que producen crecimiento. Por consiguiente, un aumento significativo de los porcentajes de inversión en investigación y desarrollo se revela como el gran imperativo de la hora, sobre todo en regiones como Latinoamérica y el Caribe adonde tiene lugar apenas el 2 % de la inversión mundial en los citados rubros, porcentaje aun menor al que solamente un país asiático como Corea del Sur invierte.
Para demostrar sus dichos, Oppenheimer pasa revista a la situación de trece países en una suerte de “viaje periodístico” a lo largo del cual se advierte claramente el contraste existente existe entre casos como Finlandia, Singapur, India o, en América del Sur, Chile, y otros como Venezuela o la Argentina a la que Oppenheimer (porteño de nacimiento) no vacila en calificar como “país de las oportunidades perdidas”.
Entre sus conclusiones, el autor considera improbable que en los países más atrasados las reformas educativas puedan proceder de los gobiernos, toda vez que sus réditos no resultan nunca inmediatos. De ahí su insistencia en la importancia de que las organizaciones de la sociedad civil, la prensa, los artistas, deportistas y otras figuras mediáticas se comprometan vivamente con el mejoramiento de la oferta y la calidad de la educación, vista como “el gran programa de lucha contra la pobreza” y la tarea que el progreso inexorablemente nos demanda.
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