Antonio Hualde | Miércoles 12 de enero de 2011
La Primera Cruzada fue también conocida como la de los Barones, ya que en ella participaron un buen número de nobles europeos con ansias de grandeza. Es fácil imaginar el talante de estos señores feudales, hombres rudos y sin más oficio ni beneficio que guerrear, cazar y disfrutar de los placeres que mesa y cama les podían proporcionar. Sin embargo, uno de ellos destacó sobre los demás, por cuanto llegó a ser el primer y más grande trovador de la historia. Su nombre, Guillermo de Aquitania.
El duque Guillermo era corpulento, rubio y de ojos azules. Desde los ocho años sabía latín, griego y hebreo. Además, tocaba el laúd a la perfección lo que, unido a una especial simpatía, le hacía irresistible a las féminas. Bueno, eso y que sus dominios eran aún más extensos que los de propio rey de Francia; todo ayuda. El caso es que los padres del joven Guillermito tuvieron que reconvenirlo en más de una ocasión cuando éste comenzó a dar el paso de la pubertad a la adolescencia, dada su fogosidad. No hubo criada ni doncella en su castillo occitano que se librase de las apetencias del joven duque. Sin embargo, Guillermo de Aquitania poseía muchas más inquietudes. Amante de la naturaleza, desde niño se rodeó de todo tipo de mascotas, por lo que era frecuente ver corretear entre los muros de su residencia a gallinas, cerdos, gansos, zorros y hasta mofetas. No era lo único que correteaba por allí; a Guillermo le gustaba perseguir a sus amantes por todo el castillo, entre grandes risotadas. Y al mismo tiempo, acogía a músicos, bardos y juglares; gracias a uno de ellos conocemos hoy el mito celta de Tristán e Isolda.
Es de imaginar que un comportamiento así disgustase a su primera esposa, Emenengarda de Anjou. Aquel matrimonio de conveniencia que acabó a los dos años; no se sabe si por las juergas de Guillermo, por lo estirado del carácter de doña Emenengarda, por el nombrecito de marras de la buena señora o por una conjunción de todo lo anterior. El caso es que Guillermo se volvió a casar, esta vez con Felipa Matilde de Toulouse, quien tampoco pudo obtener de su esposo la dedicación esperada. Aunque con ella nuestro duque sí que intentó, al menos congraciarse: la convirtió en madre de su descendiente, Guillermo X, y en protagonista de su escudo de armas en el campo de batalla. Bien es verdad que el escudo en cuestión, con el que participó en la Primera Cruzada, era de todo menos serio, ya que en su envés estaba decorado con un retrato de cuerpo entero de su mujer…desnuda. Eso sí que es ardor guerrero. El mismo que, durante una justa con su amigo Aymerico I, vizconde de Chateauferrault, le hizo enamorarse perdidamente de la mujer de éste, llamada Dangereuse -“Peligrosa” en francés-. Sería el amor de su vida, aunque siguió casado con su siempre enfadada -es comprensible- Felipa Matilde, y alternó a ambas con otras tantas conquistas, algunas de nombre tan sugerente como la dama Maubergeon.
Pero por lo que ha pasado a la posteridad Guillermo IX no ha sido por sus dotes amatorias, ni bélicas ni culinarias -era frecuente verle entrar en las cocinas del castillo para crear numerosos platos, alguna de cuyas recetas aún se conserva-, sino literarias. Y es que Guillermo es considerado como el primer trovador de la historia. Compuso más de 500 madrigales, odas y canciones, de los que apenas una veintena han llegado hasta nuestros días. En sus creaciones habla sobre todo de sus “asuntos amatorios”, tratados con exquisita sensibilidad algunos, y con un peculiar sentido del humor el resto -se autodefinía como “trinchador de doncellas”; sobran las palabras-. Fue también el abuelo de Leonor de Aquitania, madre de Ricardo Corazón de León y de Marie de Champagne, la primera mujer poetisa de Francia. Todo un personaje.
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