Jueves 13 de enero de 2011
El impacto que ha tenido el intento de asesinato de la congresista por Arizona Gabrielle Griffords todavía se deja sentir hoy en Estados Unidos. A medida que van conociéndose más datos de la salvaje acción -que ha costado la vida a varias personas que asistían al mitin de la congresista-, la situación se normaliza algo más, aunque no del todo. Y si bien un hecho de estas características siempre despierta una enorme expectación, se han escrito y dicho cosas absolutamente fuera de lugar, sólo porque la salvajada en cuestión se cometiera en Estados Unidos.
Es público y notorio lo fácil que lo tienen los estadounidenses a la hora de obtener un arma. Eso no sucede en otros países y, sin embargo, hay atentados por doquier. Salvo en Suiza, por cierto, donde el sistema militar sigue una suerte de milicia ciudadana en la que cada cual conserva su arma en casa, con la obligación de concurrir con ella si son requeridos. La idea clásica del ciudadano en armas; es decir el derecho –y el deber- de todo ciudadano a portar armas, no es un invento americano: es un viejo legado greco-latino, recreado por los revolucionarios americanos y franceses a fines del siglo XVIII. Se trata de una tradición y un derecho discutible pero que tampoco es la causa de todos los males de este mundo. Por esa regla de tres, Alemania debería controlar más la venta de acero de Solingen, para que ningún otro perturbado volviese a tener la tentación de degollar a Oskar Lafontaine. E Italia debería poner detectores de armas en la plaza de San Pedro para que ningún otro papa fuese disparado allí. Desgraciadamente, siempre habrá algún desalmado dispuesto a llevar a cabo actos execrables. En cualquier parte del mundo. Y, en efecto: Estados Unidos tiene el peso político que tiene, un mercado de armas sumamente asequible y supuestas causas pendientes con medio mundo. Pero nada de ello tiene que ver con la acción de un perturbado que, según los datos que ahora se tienen, actuó solo. Por más que haya quien intente crear un circo de absurdas teorías conspirativas.
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