Opinión

Amor vernal

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 14 de enero de 2011
Brañosera, a 15 de abril de 1942

Querida Madrina:
Todavía mi alma respira tu fragancia, tu fresca piel con olor a jabón de almendras, y mi cuerpo huele a tu cuerpo, y mi cuerpo ya sólo puede vivir del olor de tu cuerpo. Después de estar contigo las montañas parecen más hermosas, más pletóricas, con plenariedad de vida, los prados son más fragantes, la luz del sol más maternal, la primavera más pujante y percibimos la vida como un exquisito regalo de Dios. La vida respira alegría y grita loca de felicidad radiosa, aleluyática. ¡Aleluya! ¡Aleluya! Ahora entiendo por qué Cervantes llamaba a la naturaleza la “Mayordoma de Dios” en su Galatea. La vida transciende la circunstancia histórica de España, arruinada y enclavada en una encrucijada histórica de difíciles pronósticos. Te amo, Brunequilda, mi dulce sueño imposible, única agua saludable en la secatura de España. No importa lo que nos rodea. La vida rebosa todavía de belleza, a pesar de los horribles y muy mortíferos combates que se producen en el Norte de África y en el extremo Oriente. Esta guerra, como todas las anteriores, no acabará con la vida. Y metafísicamente hablando, hoy sólo existimos tú y yo. O tú y yo cobramos más densidad de existencia que la actualidad histórica, lo mismo que las flores y los niños, el aire y el agua, perdidos en los prados de Luzmela como lo único vivo de la humanidad, envueltos en ese vapor traslúcido que exhala el campo, semejante a un incienso con el aroma de la hierba esencial, y bañada nuestra desnudez sagrada por un rútilo cuarto de luna.

“Crede mihi, non ulla tuae est medicina figurae:/ nudus Amor formae non amat artificem”. El tren me devolvía a mi pueblo ululante, silbando humo negro desde su modernista sombrero de copa, mientras explotaba la primavera por donde cruzaba. Toda la tierra de Santander, de nuestro Santander querido, se abría a mi pasar, destilando los perfumes más embriagadores y prohibidos, como si yo fuera un diosecillo del bosque, un brujo, el receptáculo felicísimo de la alegría hodierna de la vida. Y es que yo llevaba en mi piel y en el fondo de mi boca la hondura de tu vida, el sabor salado de tu gruta cósmica, impregnada con gotas del stýrax clásico y perfumada por el laser que nace en el monte Oscobares, donde arranca impetuoso el río Ganges. Mi lengua está impregnada del triunfante sabor de tu hondura. No fumé durante el viaje porque no quería perder el maravillosamente placentero sabor de tu sexo. Las yemas de mis dedos aún contenían el recuerdo del tacto de tu piel de melocotón blanco, como la de las protagonistas de la pintura de Correggio. Cuando te amo, todo mi cuerpo, entero, entra dentro del tuyo, reside entero en la calidez de tu cuerpo magnífico, y desde ese momento ya no puede vivir uno fuera del palacio de tu cuerpo, haciéndose la intemperie del exterior absolutamente insoportable, abiótica. ¡Qué maravillosamente guapa y bella te siento cuando nos amamos! Las colinas oteaban los valles de suaves colores. El tren rodaba bajo los túneles de Santander y su oscilante monotonía me mecía como si fuera una cuna de acero, devolviéndome a mis recuerdos de dulzura paradisíaca. Me parece que soy un alumbrado renacido, como los de Llerena o de los que anduvieron por el convento de San Plácido, en Madrid, sumergido en la divina locura misticolúbrica. Aleluya, Aleluya, Pater de caelis Deus. Aleluya, Aleluya, Natura pulcherrima. Benedicite, sol et luna, Domino, benedicite stellae caeli, Domino. Benedicite, venustas et pulchritudo, Domino, benedicite sexus mulieris Domino. Te amo, te amo. Y me es muy difícil confesarme de eso. Eres la síntesis de la belleza, contemporánea de una “formosi temporis aetas”.

Mañana regreso a Madrid. Tengo que hacer una entrevista al gran actor gallego Antonio Casal Rivadevilla, después de su fulgurante éxito en la película de Rafael Gil, El hombre que se quiso matar. Aunque reconozco sus dotes escénicas, “hypocríticas” o “histriónicas” o “ludiónicas” – por decirlo en griego y etrusco – me parece un tipo cínico, frío, y la mar de chulo y despreciativo, “scornful” . Supongo que el éxito se le ha subido a la cabeza. Pero noto en él unos toques de cínica crueldad cuando habla que no me gustan nada. Con el hábito egoísta de mirar sólo para sí, no puede ver a los demás, como un murciélago roedor y vulgar sin altura y sin luz, sórdido y siniestro. Claro, que esto puede ser sólo un prejuicio estúpido mío. Probablemente injusto porque sólo lo conozco de vista. Después de la entrevista lo conoceré mejor, y podré con más fundamente hablarte de él.

Estoy empezando a cogerle el punto a las crónicas, y me gusta el trabajo. En realidad lo que hago es “sobrerredactar” las noticias que me dan por teléfono los periodistas, haciéndolas más presentables, correctamente gramaticales y literarias. Ya no se trata de ser corrector de pruebas, sino de ser el segundo y definitivo redactor. Las firmas importantes del periódico que escriben fuera me deben muchas de ellas su mejoramiento, su calidad literaria. Dirás que soy un vanidoso espantoso, pero es verdad lo que te digo, amor mío, mi dulce Brunequilda. Gracias a tu amor soy un dios poderoso. Nadie es más fuerte que un enamorado. Y tu hermano me lo sabe agradecer, la verdad. También creo, como te digo, que los enamorados, tocados por el amor divino, nos hacemos más desenvueltos, creyendo más en nosotros. Si nos quiere el Amor es que entonces tenemos que valer muchísimo. Si tú me quieres, Brunequilda, es que entonces tengo que valer mi peso en oro, es que el dios más fuerte me sostiene, me apadrina. Yo mismo me he convertido en un dios con tu amor. Soy de hecho un dios. Es que estoy loco, Brunequilda, es que te quiero. ¡Qué dulzura más completa es olvidarse de la vida y de la muerte entre tus brazos!

Cuando bajes a Santander a bañarte soñaré que soy la arena sobre la que dejas la huella de tu cuerpo amado, y yo lo sentiré, y durante un instante, como nuevo Faetón, seré el sol besándote del talón a la nuca con besos dulces y calientes, y mis labios de luz ardiente y cegadora se demorarán en algunas zonas que yo adoro y tú conoces. Perdona el estilo pornográfico y sicalíptico que a veces aparentemente tienen mis cartas, pero que si las lees con atención, ni son pornográficas ni sicalípticas. Son tan sólo cartas de amor. De repente, no sé por qué, me viene a la cabeza aquella pequeña taberna de Mazcuerras en donde comimos, había que pasar un puente sobre el que pasaba la carretera…

Tuyo siempre, hasta el final de los tiempos.

Luis de Santullán

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