Los Lunes de El Imparcial

Arthur Miller: La muerte de un viajante

reseña

Sábado 15 de enero de 2011
Arthur Miller: La muerte de un viajante. Edición de Ramón Espejo Romero. Cátedra. Madrid, 2010. 328 páginas. 13 €


Quien conozca la calidad y la exigencia de las ediciones de la colección Letras Universales, no deberá extrañarse del altísimo valor de esta última edición de uno de los textos canónicos del teatro contemporáneo: La muerte de un viajante, de Arthur Miller. Ramón Espejo Romero, uno de los mejores conocedores españoles del teatro norteamericano contemporáneo nos ofrece, en primer lugar, una traducción fiel al original con la voluntad de presentar al lector –y futuro espectador– una lengua que, sin caer en la banalización, refleje el color y la fluidez del habla coloquial de una realidad social situada a finales de los 40, mientras que, en la introducción, frente a las diversas interpretaciones que tienden a analizar La muerte de un viajante como una obra absolutamente realista, sin matices, que se propone cuestionar exclusivamente el sistema capitalista en su versión americana y la falsedad de los mitos, el profesor Espejo apuesta por una aproximación que prescinde de cualquier planteamiento temático para centrarse en aquello que él considera absolutamente esencial y original en la obra: la exposición de una “galería” de personajes complejos y singulares y el despliegue de una estructura dramática y técnica igualmente complejas.

En ambos casos, emerge la figura de un dramaturgo, que es deudor tanto de Ibsen como de O’Neill y cree firmemente en la función social del arte para intentar cambiar la realidad, si no es posible transformarla. Si nos acercamos al texto con la idea de que el triunfo mayor del ser humano es siempre personal, y en modo alguno material, entenderemos seguramente mucho mejor lo que Miller expone a través de sus personajes. En ese sentido, el mítico Willy Loman no debe a-parecernos como un ser necesariamente digno de compasión, porque lo que le lleva al fracaso es el resultado de su visión desenfocada de la realidad: la idea de que lo superficial, lo aparente, el carisma son suficientes para conseguir triunfar. Su falaz legado será recogido por su hijo Happy, mientras que Biff, el otro hijo, sabrá interpretar el trágico desenlace del padre y orientar su vida por el camino de la verdad. Un camino que tampoco supo mostrarle su madre, Linda, cómplice y contemporizadora con su marido a la par que distante con los hijos. Miller no pretende abocarnos a un callejón sin salida; quiere que reflexionemos sobre nosotros mismos, sobre los entresijos de una realidad abigarrada que la voluntad del hombre puede intentar modificar. O no. He ahí la gran verdad final de La muerte de un viajante, la que Biff ha sabido re-conocer.

Espejo nos invita, también, a revalorizar la estructura dramática y técnica del texto. Que La muerte de un viajante responda, en sus trazos generales, a unas determinadas características del teatro realista contemporáneo, no quita para que apreciemos en la propuesta escenográfica las huellas expresionistas y simbólicas que combinan con el plano realista de la obra. Una escenografía liminar, como señala Espejo, que aúna las escenas realistas con las subjetivas, y se apropia de algunas de las contribuciones del teatro europeo de entreguerras. Paradojas de la vida, fue Europa, e Inglaterra especialmente, quien trató mejor que los Estados Unidos la trayectoria teatral de Miller. El lector dispone, así pues, de una nueva edición imprescindible de un texto dramático canónico que, al igual que la brillante aproximación del profesor Espejo, no le dejará indiferente.

Por Enric Gallén