Opinión

El fracaso de América Latina

William Chislett | Sábado 22 de marzo de 2008
¿Por qué no ha podido América Latina, en vivo contraste con algunos países de Asia y aún mas con EE UU y Canadá, alcanzar su potencial económico y solo recientemente ha podido consolidar su democracia en muchas de sus naciones? Esta es la cuestión que investiga Michael Reid en su inteligente libro Forgotten Continent: The Battle for Latin America’s Soul (Yale University Press) que en junio la editorial colombiana Norma publicará en español.

Reid, que desde 1999 edita la sección de América en la revista The Economist, y previamente residió como corresponsal en Brasil, México y Perú, señala que la presencia de América Latina en el mundo solo se siente a través de su música, novelas, películas y pinturas. La región lleva largo tiempo olvidada y si se la recuerda de algún modo es por razones negativas -como ser la fuente de inmigrantes y drogas ilegales, por ejemplo, o por tener la distribución de la renta más injusta del mundo. Solo Chile ha alcanzado un claro éxito económico (está situado por encima de España en los principales rankings de competitividad) -y para disgusto de los demócratas, las bases de su éxito se realizaron durante la dictadura de Pinochet.

Como señala el historiador Felipe Fernández-Armesto, América Latina ha llegado a estar estigmatizada por una serie de palabras desgraciadamente célebres: junta, pronunciamiento, cacique, guerrilla, cartel y caudillismo.

La región tiene algunos de los lugares del mundo ecológicamente más importantes y más amenazados en el medioambiente y la biodiversidad y si los países ricos fueran capaces de hacer un esfuerzo serio para desmantelar el proteccionismo agrícola, podría abastecer mucha de la alimentación mundial, así como de la materia prima industrial. Y, además, el español es el segundo idioma internacional de Occidente. Pero estos factores suelen ser obviados.

Hay muchas razones para el fracaso de América Latina: su testamento colonial en cuanto a la distribución territorial (nunca revisada en algunos países); la esclavitud y la discriminación contra la población indígena amerindia; una clase política corrupta, el prolongado apoyo de Washington a los regímenes más terribles por ser anticomunistas, las políticas de desarrollo para adentro (que entre otras muchas cosas habían dado a América Latina una industria incompetente y ha permitido a su gente culpar de todos sus problemas al mundo exterior), una cultura corporativista (en un juego de palabras de Reid "know-who rather than know-how"), populismo y un largo etcétera. Más que un solo culpable, Reid piensa que el fracaso de América Latina debe encontrarse en un interminable "rivalidad entre avanzados y reaccionarios, entre demócratas y autoritarios". Y él se cuida mucho de no ver América Latina como un todo homogéneo sino como una región de fuertes contrastes y, a la vez, de grandes similitudes.

España ha sufrido alguno de los problemas de América Latina, pero en los últimos 30 años ha llegado a superarlos hasta alcanzar una economía exitosa (además de convertirse en la fuente principal de inversión directa en América Latina después de Estados Unidos) y una democracia consolidada. Y la pregunta es, ¿por qué no América Latina? Si el problema fuera la cultura, entonces ésta habría cambiado. Con todo, España comenzó con dos grandes ventajas; su PIB per capita era mucho más altos que la media en América Latina cuando comenzó su camino, y su ingreso como miembro en la Unión Europea ha funcionado como un poderoso catalizador para el cambio económico y político.

Reid argumenta que el error básico en cuanto a las economías de la región durante parte del siglo XX no han sido en sí mismas las reformas de mercado libre conocidas como el Consenso Washington, sino lo que durante tanto tiempo no se ha reformado; el estado y las instituciones públicas. Los estados más efectivos, y las mejores políticas públicas son la clave para reducir la desigualdad. "Si los que hicieran prósperos a los países fueran los recursos naturales y no el trabajo duro y las instituciones efectivas, Singapur y Suiza serían países pobres", insiste Reid. Lo más llamativo de todo es el fracaso de Argentina, dotada con abundantes recursos naturales (fue, en base a los ingresos per capita, uno de los seis países más ricos en 1910, un siglo después de su independencia).

A pesar de todo América Latina ha vivido un progreso considerable en los últimos años, Sus fundamentos macroeconómicos son ahora mucho más sólidos y una nueva clase media comienza a aparecer.

En cuestión política, por primera vez en la historia de América Latina han llegado democracias perdurables a lo largo de casi toda la región -el único dictador real que se mantiene en el poder es Fidel Castro mientras que a Hugo Chávez aún le queda un trecho hasta convertirse en uno. Reid mira a Chávez como un populista del siglo XX y un caudillo militar del XIX que como un socialista del XXI cuyo país corre el riesgo de llegar a ser, como le sucedió a Nigeria un petro-estado fracasado.

Este es un libro muy optimista que habla de una parte del mundo sobre la que es muy fácil caer en el pesimismo. El progreso está en marcha, aunque a menudo esto sea negado por los académicos, periodistas y políticos. La publicación termina con las palabras del argentino liberal Juan Bautista Alberdi que dijo en 1837: "Las naciones, como los hombres, no tienen alas; hacen sus viajes a pie, paso a paso". América Latina se mueve en la dirección correcta.

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