José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 21 de enero de 2011
Separatistas y separadores florecen en todos lados; al sur y al norte del Ebro…; aguafiestas y dinamiteros ejercen imperturbablemente su nefasta actividad en el Principado y fuera de él. Estas y otras expresiones semejantes de las que hacen acopio y uso abundante muchos comentaristas de las siempre tensionadas relaciones entre Cataluña y el resto de la nación española, cobran en la actualidad su carácter menos tópico, apareciendo roborantes de fuerza y vigencia.
Verbi gratia: a raíz de una quizá no demasiado acertada defensa de la posición “castellana” en la identidad y trayectoria nacionales realizada por un antiguo e híspido prohombre de la política española, un muy cualificado intelectual barcelonés ha vuelto a esgrimir las piezas más desvencijadas y en desuso de la visión catalanista del tema. Politólogo sobresaliente y grandemente oreado por los aires más acendrados de la cultura francesa, al mismo tiempo que descollante estudioso del catolicismo catalán del siglo XX, Hilari Raguer ocupa desde ha tiempo un lugar peraltado en la reducida galería de los intelectuales confesionales del presente. Atraído por todos los grandes temas de la convivencia hodierna, su pulcra pluma se engolfa con frecuencia y sagacidad en el análisis de algunas de sus claves. Empero, en la ocasión presente sus habituales erudición y perspicacia semejan haberlo abandonado, siquiera sea, sin duda, de modo muy fugaz y transitorio.
Así, en la cuestión mencionada, sostiene que, frente al visceral asimilismo castellano, “Cataluña, inmediatamente después de la conquista de Valencia y Mallorca, sin esperar ninguna reivindicación, las constituyó en reinos confederados pero autónomos…”. Afirmación apodíctica que, entre otras más de igual índole, hace tabla raza del encomiable esfuerzo desplegado por el medievalismo aragonés tan respetado y elogiado por el propio Vicens Vives. Según es bien sabido, en su porción esencial, la reconquista valenciana descansó en el esfuerzo bélico de las huestes y nobles de Aragón, con frecuencia en honda empatía con su rey Jaime I. De igual modo, no menos desfasadas resultan, historiográficamente, sus incursiones por el pasado moderno y contemporáneo inglés y, de manera muy singular y desesperanzada, por la misma etapa del pretérito de nuestro país, con los lugares comunes más al uso en los días de Prat de la Riba y Rovira i Virgili en punto a la exclusión catalana de América, la opresión borbónica en el XVIII y otras materias de corte semejante.
Es lástima, en verdad, que, por justificada que sea a las veces la reacción de numerosos autores del Principado ante la ignorancia o rechazo del lado “castellano” de aspectos y aportaciones de primer orden de su tierra y hombres y mujeres al acervo común, intervenciones como la glosada agrietan grandemente la tarea de los escritores que, al sur del Ebro, se afanan de manera incesable en tender puentes entre sus orillas culturales, con un trabajo ahincado en pro del diálogo y el entendimiento mutuo. En la grave tesitura del presente, actualicemos argumentos, modernicemos actitudes, enreciemos comprensiones y agotémonos en la búsqueda de escenarios de un futuro abierto a las gentes de buena voluntad
TEMAS RELACIONADOS: