Enrique Aguilar | Miércoles 26 de enero de 2011
La politóloga argentina María Matilde Ollier publicó en La Nación un excelente artículo donde, a propósito de la ley 26.571 que dispone elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias para los cargos de presidente, vicepresidente y legisladores nacionales, utiliza el concepto de “democracia invertida”.
Con este concepto Ollier hace referencia a un sistema donde, opuestamente a lo que debería esperarse de una democracia constitucional donde las reglas y las instituciones “delimitan y establecen los términos de la lucha por el poder”, es esta misma lucha por el poder y su virtual resultado lo que definiría “el cumplimiento, el cambio o la violación de las reglas”. De ahí, continúa, la debilidad e inestabilidad institucionales que se advierten a diario en la Argentina, que no pueden sino generar una permanente incertidumbre.
Casualmente, al momento de publicarse este artículo, concluía por mi parte la lectura del libro Managed Democracy and the Specter of Inverted Totalitarism (versión en español por Katz bajo el título de Democracia S. A. La democracia dirigida y el fantasma del totalitarismo invertido). Su autor es Sheldon S. Wolin, profesor emérito de Princeton y uno de los máximos exponentes de la teoría de la democracia participativa, quien alcanzara amplia notoriedad tras la edición de una obra célebre para la ciencia política: Politics and vision (Política y perspectiva). Si bien Managed Democracy es en concreto una crítica contundente a la administración de George Bush y, especialmente, al rumbo que adoptara la política norteamericana tras el atentando a las Torres Gemelas, se diría que su alcance es mucho mayor por cuanto constituye un severo y (si cabe la expresión) universalizable diagnóstico del funcionamiento de la democracia representativa: un sistema que, desde sus albores, fue pensado en clave solamente electoral (es decir, donde el rol del ciudadano se agota prácticamente en los comicios) pero que habría degenerado en una nueva categoría de régimen político que Wolin denomina “democracia dirigida”, entendida como “la cara sonriente” de lo que es la construcción teórica principal del libro: el “totalitarismo invertido”.
En una próxima entrega podré extenderé sobre esta construcción que Wolin considera todavía “tentativa e hipotética” pero aun así descifrable a la luz de la obsesión por el control, la supremacía y la intolerancia hacia la oposición que son actualmente tendencias dominantes en numerosos países formalmente tenidos por democráticos, con elecciones libres (aunque maleables), congresos funcionando y garantías constitucionales, ignorados sin embargo por un ejecutivo “agrandado” o mejor un tipo de gobierno autónomo, distanciado de una ciudadanía desalentada y parcialmente cómplice, que merecería tacharse de “irrepresentativo o clientelista”. De momento, lo que me interesaba poner de realce es la familiaridad entre los conceptos de Wolin y Ollier, alusivos ambos a una tergiversación de la democracia que, tanto en su versión “invertida” como “dirigida”, y bajo la apariencia de no haber sido suprimida, se revela más bien como su antítesis o, en palabras de Wolin, como “una antidemocracia que no se atreve a decir su propio nombre”.
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