José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 28 de enero de 2011
A la vista de la sobreactuación por aquellas fechas de los dos últimos ex presidentes de gobierno, en los inicios del año de gracia actual, el articulista albergó un sueño ¿imposible? El correcto comportamiento de los ex mandatarios españoles respecto de sus sucesores al frente del poder cifraba la esencia de tal ensoñación.
A consecuencia sin duda del escaso rodaje de nuestra democracia no se ha producido aún la decantación de una verdadera cultura política propia de una convivencia de sociedades regidas por hábitos de libertad y tolerancia. En las colectividades así conformadas, son casi piezas de museo las descalificaciones de ex presidentes y ex jefes de gabinetes a los responsables máximos del destino de sus países, aunque pertenezcan incluso a otros partidos y obediencias ideológicas. Un hombre tan pétreo y monolítico, por ejemplo, como George Bush se muestra altamente respetuoso en sus recientes memorias en sus opiniones –muy escasas- acerca de Obama. De igual modo, el demócrata Truman, de acerado verbo, fue muy parco en sus declaraciones coram populo durante la presidencia de Eisenhower en lo relativo a la actuación del famoso general.
Para extremar, a las veces, hasta el esperpento, en España los pronunciamientos de los líderes y caudillos jubilados se dirigen más a los gobernantes de sus propios partidos que a los de los adversarios. Como se acaba de afirmar, el panorama se convierte a menudo en surrealista al no disimular las personalidades fuera ya del regimiento del país su abrumadora superioridad frente a sus herederos, potenciales o efectivos rectores de la nación.
Con todo, un destello de esperanza semeja atalayarse en lontananza. En ocasiones próximas, reputados comentaristas de las vicisitudes de nuestra existencia pública vaticinaron, con desigual fortuna, que algunos de los aspirantes a presidir su marcha serían, llegados a escalar el peldaño supremo de la gobernanza, mejores primeros ministros que candidatos al puesto… Idéntica confianza, e, incluso, ahora más fundada, hay que concebir cara a la conducta que, una vez fuera de la Moncloa, module la posición de su actual huésped ante las actitudes adoptadas en el ejercicio de sus funciones por los que reemplacen en la cúpula del gobierno de España. Ya que, en verdad, a lo largo de la década en ha estado –por el momento- a la cabeza de sus partido y de los cerca de ocho años pilotando el país, ni un solo desliz de mal gusto o boutade denigrante de sus oponentes ha podido escucharse de su boca. Venturosa y admirablemente, el control de sus palabras ha sido sorprendente en cualquier coyuntura o situación. Fruto de una loable estrategia o, quizás más probablemente, de un una educación alquitarada, el resultado es de igual modo digno de encomio. Según lo expuesto por el mismo Rodríguez Zapatero, nada hace prever que el abandono de la dirección del país modifique tan elogiable posición, antes al contrario. Las muchas cualidades que, en el ámbito privado, descuellan los más variados conocedores de de parte de su intimidad, realzarán seguramente más cuando deje de habitar en el mencionado palacio. De ser así, una de las modernizaciones más importantes de la vida política española habrá dado un paso crucial en su avance y consolidación. Un mínimo de sentido y respeto por la historia o, cuando, menos de la elegancia, obliga a los antiguos príncipes y jerarcas de la cosa pública a no sustituir el veredicto de Clío ni a entorpecer la labor de sus sucesores con a groseras admoniciones o consejos no solicitados.
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