Los Lunes de El Imparcial

Del SECED al CESID

crítica

Sábado 29 de enero de 2011
Vicente Almenara: Los servicios de inteligencia en España. De Carrero Blanco a Manglano. Arcopress. Córdoba, 2010. 584 páginas. 24,95 €


Siendo Ministro de la Presidencia, en el año 1951 Luis Carrero Blanco ordena la creación de un servicio de documentación adscrito a la presidencia del gobierno del régimen del general Franco (SDGP: Servicio de Documentación de la Presidencia del Gobierno). En realidad, se trataba de un nuevo organismo destinado a coordinar la cooperación, tradicionalmente difícil, entre los diversos servicios de información y agencias de seguridad preexistentes. Luego, en 1968, el entonces ministro de educación Villar Palasí cursaba una solicitud oficial de apoyo técnico para sofrenar posibles iniciativas de subversión en las universidades españolas, por entonces en creciente efervescencia. En respuesta a esa demanda, el Alto Estado Mayor pondrá a uno de sus principales expertos en inteligencia y contraespionaje, el entonces comandante José Ignacio San Martín, al cargo de la OCN: Organización Contrasubversiva Nacional. Los éxitos cosechados por ese pequeño organismo y la alta influencia política de su director, más el respaldo sin fisuras del nuevo presidente del gobierno, el propio Carrero Blanco, hicieron posible la creación en 1972 del SECED (Servicio Central de Documentación de Presidencia del Gobierno), con el citado San Martín como su primer Director General.

El SECED extendió las labores desarrolladas por la OCN en las universidades, ampliándolas a otros focos de subversión activa o potencial, como los ámbitos sindicales y de partidos políticos clandestinos, ciertos sectores de la Iglesia y movimientos independentistas como la joven ETA. Lo cierto es que un trabajo inicialmente orientado a preservar a un régimen autoritario fue ampliamente aprovechado por el personal del SECED para despejar el camino de la transición a la democracia, especialmente bajo el impulso de su tercer director, el teniente coronel Andrés Casinello, estrecho colaborador del presidente Adolfo Suárez. En penúltimo lugar, en 1977, iniciada ya la etapa democrática, el gobierno de Suarez culminó la transformación del SECED sustituyéndolo por el CESID (Centro Superior de Información de la Defensa), en verdad primer servicio de inteligencia nacional hasta cierto punto homologable al de otros países europeos, aunque obviamente heredero de no pocos rasgos de sus instituciones predecesoras. Pese a su firme compromiso con el fortalecimiento del nuevo orden constitucional, el CESID no pudo evitar convertirse en centro de diversas polémicas, empezando por la derivada de la presunta implicación de algunos de sus directivos en el golpe del 23-F y continuando con los escándalos aventados a mediados de los años noventa en torno a prácticas de escuchas ilegales y la sustracción y divulgación mediática de distintos documentos secretos. Por fin, en mayo de 2002 verían la luz las dos leyes y los dos reales decretos que complementariamente permitían y regulaban al nuevo y aún activo Centro Nacional de Inteligencia o CNI.

El libro escrito por el periodista Vicente Almenara, Los servicios de inteligencia en España. De Carrero Blanco a Manglano (Arcopress, 2010) se ocupa de analizar la evolución que acabamos de sintetizar en unas cuantas líneas. Su título anuncia con perfecta claridad su propósito. El autor se centra en el estudio de las dos instituciones que preceden al actual Centro Nacional de Inteligencia, SECED y CESID, un tema cuya importancia histórica puede haber sido minusvalorada –y probablemente lo sigue siendo–. En general, el público español, incluida aquella porción suya que ha leído mínimamente sobre la historia reciente de nuestro país, subestima la verdadera dimensión de los vínculos entre la actividad desempeñada por los servicios de inteligencia españoles y la evoluciones experimentadas por nuestro sistema político, desde la última etapa del franquismo hasta bien entrados los años de la transición. De igual manera, se ignora en gran medida la sufrida aportación realizada por tales servicios en la lucha contra el terrorismo (el de ETA, desde luego, pero también el de diversos grupos de la extrema izquierda como el FRAP o el GRAPO y el terrorismo yihadista). Esta ignorancia se debe a varias causas, de las que no cabe descontar el carácter necesariamente secreto de las acciones llevadas a cabo por los servicios, pero tampoco la falta de estudios sobre los mismos y, entre los existentes, el predominio de textos tendenciosos y superficiales.

Almenara ha compuesto una obra voluminosa y repleta de datos e informaciones que, sin duda, ayudará a muchos lectores a ampliar su conocimiento sobre el tema tratado y sus muchas ramificaciones. ¿Las más importantes? Los contactos trabados entre los servicios de inteligencia franquistas y los diferentes actores políticos y sociales involucrados en la evolución del régimen y su preparación para superar la larga etapa autoritaria, ciertas intromisiones de algunos servicios extranjeros, el trabajo realizado durante los primeros años de la transición, las incógnitas del 23-F y varios episodios de la historia de ETA y de la lucha emprendida por el Estado contra dicha organización terrorista, incluida la llamada “guerra sucia”. A ello hay que añadir una variedad de perfiles biográficos sobre diferentes personajes implicados en los servicios de inteligencia españoles y algunas indicaciones sobre la evolución organizativa y la metodología empleada en misiones de vigilancia, espionaje y desinformación.

Empero, el trabajo de Almenara incurre en varias limitaciones y defectos que reducen su valor, sobre todo para aquellos lectores que estén ya familiarizados con la temática. Desde el punto de vista del método empleado (que, como es obvio, determina los contenidos ofrecidos), el libro de Almenara decepciona por dos motivos fundamentales. El primero de ellos hace referencia a las fuentes empleadas. A excepción de algunos breves materiales basados en entrevistas realizadas por el autor, la práctica totalidad de la información volcada en el libro procede de fuentes secundarias, es decir, se trata de información que ya ha sido aportada en otros trabajos previamente publicados, si bien se hace un uso perfectamente escrupuloso y transparente de las referencias manejadas por el autor, lo que resulta de agradecer. No obstante, la propia selección de las referencias empleadas es deficiente. Una simple revisión de los textos citados demuestra que la revisión bibliográfica sobre la que se asienta el libro no está actualizada: abundan los textos publicados hasta la década de 1990 pero escasean las referencias a trabajos más recientes. Además, la inmensa mayoría de los libros referenciados pertenecen al género periodístico y de memorias que, aún siendo aprovechables, no agotan la literatura disponible al respecto ni representan su porción más fiable: quien haya seguido esta temática más allá de los periódicos sabrá, sin lugar a dudas, que en los últimos años se han realizado en España, no muchos, pero sí algunos estudios académicos sobre los servicios de inteligencia españoles, su evolución y su historia, sin excluir alguna tesis doctoral y algún proyecto de investigación financiado con fondos públicos. Pero el lector buscará en vano esas referencias en el libro de Almenara. El resultado de este defectuoso proceso de selección bibliográfica es un texto rebosante de rumorología y centrado en una pequeña parte de los asuntos relevantes a la hora estudiar a los servicios de inteligencia.

Dejando a un lado las cuestiones anteriores, es verdad que el uso masivo de fuentes secundarias no siempre merece reproche y que, en ciertos casos, puede dar lugar a trabajos innovadores, capaces de esclarecer aspectos que no fueron suficientemente elaborados en estudios previos, incluso partiendo de bibliografías incompletas. Pero mucho nos tememos que no es el caso. Y aquí es donde viene el segundo gran problema de este libro y el método empleado para su construcción. Y es que al concluir su lectura se hace muy difícil precisar algún asunto en que el libro amplíe la perspectiva aportada por otros autores. Antes bien, cabe señalar que la combinación y acumulación de datos y opiniones de otros autores (a menudo expuestos con reiteración o algún desorden) desemboca a veces en cierta desorientación, pues son escasos los pasajes en los que, tras enfrentarnos a versiones opuestas o contradictorias de los mismos hechos, el autor explicita una síntesis propia sobre los asuntos tratados. Finalmente, para reforzar este efecto desorientador, el texto comienza sin introducción alguna y carece también del más elemental apartado de conclusiones. Todo lo cual consolida la impresión, que ya empieza a formarse al pasar sus primeras páginas, de que el libro no contiene más que una amplia pero muy apresurada compilación de notas de trabajo extraídas de lecturas previas a la espera de un ordenamiento e interpretación que nunca llegan. Por tanto: lectura relativamente útil para principiantes pero insuficiente a todas luces. Así, como ya han señalado en más de una ocasión varios expertos académicos, y por razones varias, aún carecemos de una historia rigurosa sobre los servicios de inteligencia españoles. Y se echa de menos.

Por Luis de la Corte Ibáñez

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