Opinión

Un invento para mearse

José María Herrera | Sábado 29 de enero de 2011
No me consta que exista ningún ensayo consagrado al retrete. Las indagaciones que he hecho estos días para corroborarlo no han arrojado el menor resultado. Aunque se trata de un tema escatológico, me sorprende que nadie antes lo haya abordado. Las letrinas pertenecen al lado oscuro de la vida, un lado que ahora despierta el mayor interés. Si fuera sociólogo, Dios no lo permita, emprendería hoy mismo una concienzuda investigación. Pocos sitios reflejan mejor las costumbres de los pueblos. Cualquier viajero lo sabe. La insulsa uniformidad que va imponiendo la globalización se detiene ante las puertas de los cuartos de baño. No hay cosa que cambie más de un país a otro que ellos. Las operaciones que se hacen en su interior serán aproximadamente las mismas en todas partes, pero los artilugios al servicio del usuario poseen una rica variedad, tanta como culturas. Hay lugares en los que los wáteres no miden un palmo y otros en los que dan vértigo, lugares en los que las cisternas se activan de forma automática y otros en los que se tira de una guita o se pisa un pedal; lugares donde entrar en un cuarto de baño cuesta dinero y lugares donde lo que cuesta simplemente es entrar.

La relación entre el progreso y la calidad de los retretes es tan fuerte como la que une a la Tierra y el Sol. Lo primero que hace un pueblo cuando prospera es mejorar sus aseos. El telúrico agujero en el suelo, vestigio de una existencia campesina o cuartelera, da paso a una moderna instalación con todos los adelantos y comodidades. La higiene es cosa primordial y el refinamiento comienza con ella. Los avances tecnológicos contribuyen a favorecerla. Bastaría comparar los urinarios públicos de la España pre-democrática con los actuales para ver que, en efecto, se ha producido un formidable progreso. Otra cosa son los hábitos de los ciudadanos. Todavía se lee en los bares cosas como ésta: “en esta ciudad hay una ley que condena a quien no tira de la cadena”, y en los trenes, también en los de alta velocidad, exhortaciones a no usar el retrete en las paradas. “Como si el culo tuviera horario”, escribió alguien en uno de ellos. Y es que los excusados no sirven sólo para evacuar vejiga e intestinos, sino también rabia y mala leche. Un ejemplo citado por Bioy Casares: “Cagué cinco kilos. Soy todo un campeón. Dedico mi triunfo al General Perón”.

Claro que la ciencia no ceja en su empeño por mejorar los hábitos de la raza humana. En un congreso de mentes brillantes celebrado hace poco en Málaga, uno de los invitados hizo un encendido elogio de la idea de insertar en los inodoros masculinos el dibujo de un insecto, moscas y arañas preferentemente. Parece ser que en los lugares donde se utilizan este género de wáteres la puntería mejora notablemente. Pero la palma en el mundo de los mingitorios se la llevan desde hace tiempo los japoneses. De todos es conocida su afición a los artilugios. Sus cuartos de baño están llenos de ellos, igual que una sala de mandos. Además de botones que activan grifos y cisternas o despliegan aros de papel sobre la taza, hay otros que desencadenan bucólicos rumores de cascadas (muy útiles a cierta edad), chorritos de agua o de vapor para usos higiénicos, emisiones aromáticas, etc. El colmo de la sofisticación es un aparato gracias al cual el usuario puede conocer su estado de salud tras un rápido análisis de orina.

Lo último, sin embargo, es el urinario lúdico o toylets (de toy y toilette). Una empresa de juegos lo está probando en los bares de Tokio. Se trata de inodoros equipados con sensores de presión y pequeñas pantallas donde quedan reflejados los resultados del jugador, precisión y potencia de chorro básicamente. Existen dos juegos distintos. Uno consiste en borrar con la orina los dibujos que se ofrecen, una especie de videoconsola en la que arma y munición la ponen los jugadores. El otro tiene por objetivo medir la potencia de la micción. Los resultados se registran en una memoria que hace de cuadro de honor. Se habla incluso de otorgar trofeos a los vencedores y pronto habrá un record guinness. El invento, en fase de experimentación, quizá sea una interesante alternativa para la hostelería española, tan afectada por el éxodo de los fumadores. Si se impone –¿y por qué no iba a hacerlo si lo ha hecho el karaoke?- lo único que habrá que procurar es que no se cumpla el aviso de aquella vieja pintada que decía: “por leer las instrucciones de este aparato, te estás meando en el zapato”.

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