Opinión

La esfinge enfadada, se despereza

Marcos Marín Amezcua | Domingo 30 de enero de 2011
Desde ultramar puedo afirmar que Egipto es un país muy conocido y aceptado en México. Está más que probado el interés por su milenaria cultura, las filas enormes de visitantes que han reunido las exposiciones montadas en Ciudad de México cuando hemos contado con la enorme oportunidad de recibir piezas invaluables, antes jamás mostradas fuera del país africano y porque nos acercamos a él por el turismo que año con año visita aquel país.

Dicen que los egipcios explotan el tema faraónico más por las divisas que supone para el país, que por un aprecio cultural genuino que les niega el Islam.

Algunos pensamientos cargados de azoro que no de sorpresa, se agolpan al enterarnos esta semana de cómo se iba deteriorando rápidamente el ambiente político egipcio y avistábamos revueltas violentas y constatábamos la movilización de las fuerzas del orden arremetiendo contra los ciudadanos. Nos evocan otras similares en diferentes partes del globo, pero ante todo nos mueven a formular unas cuantas premisas que merecen puntualizar la realidad que reconocemos y ponderamos en la medida de lo posible desde ultramar o si se prefiere, al otro lado del Atlántico.

El presidente Hosni Mubarak lleva treinta años en el cargo. Si los egipcios lo han querido así, nada más que decir. Ciertamente esas prolongaciones en el gobierno son recurrentes en Egipto, ya se ve. Les sucede con frecuencia, cual si la quintaesencia del sistema faraónico corriera incólume por sus venas o fuera requisito sine quanon del sentir político egipcio. A saber. Sin duda obedece a mucho más factores, pero allí tienen ustedes ejemplos elocuentes como Nasser, El Sadat que son los inmediatos antecedentes, aunque Hosni Mubarak ha rebasado por mucho a los dos citados.

Uno ha de preguntarse si esto es normal en la democracia, pues Egipto se reconoce como tal. Bien se afirma y lo creo a pie juntillas, que a los políticos como a los pañales, hay de cambiarlos seguido por el bien de todos.

La movilidad política siempre es deseable y recomendable, puesto que de no producirse, dará pie a que otros grupos pretendan asaltar el poder –sin garantías de que todos esos grupos sean precisamente lo más deseable– , puesto que hoy se entiende que el poder ha de rotarse de forma ordenada para que una sociedad se sienta debidamente representada. Egipto ahora tiene ocasión de recordarlo y es posible que se lo recordara a más de uno.

Quizás por la conveniencia de contar con una relación estable y de poseer un interlocutor de lujo en el mundo árabe, Estados Unidos antes no ha puesto reparos a la prolongada permanencia de Mubarak (no fuera Fidel Castro, que si no…) e Israel ha estado tranquilo en ese frente con un aliado confiable como Mubarak. Pero acaso todo llega a su fin y estas revueltas lideradas por la clase política local, pueden producir cambios que también rebasen el contexto egipcio y entonces alteren diametralmente las relaciones geopolíticas regionales y por ende, dadas las condiciones siempre difíciles del Cercano Oriente, como consecuencia de los obligados cambios o transformaciones que a regañadientes está ya efectuando Mubarak, se produzcan nuevas tensiones que nadie necesita al cambiar, ulteriormente, las condiciones del binomio Egipto–Israel. Más de uno quisiera que eso sucediera para llevar a agua a su molino.

Como no hay orden sucesorio, cualquiera se apunta a emprender el cambio exigido y anhelado. Cambio que exige la oposición a Mubarak y hasta aparece en escena un premio nobel asegurando su idoneidad para sucederlo, cosa tampoco probada. Las cosas han ido rápido.

A nadie conviene un Egipto inestable. Sin embargo, pareciera que Mubarak se ha comportado más allá de ser un magnífico catalizador para evitar la expansión de crisis mayores en el mundo árabe y en concreto contra Israel, siendo al mismo tiempo un factor que pareciera que ha hecho todo para evitar que se produzca un relevo natural y democrático, como cuando no hay apegos totalizadores al poder que se ejerce sin ánimo de soltarlo. Mubarak ha forzado demasiado las cosas.

Precisamente por el peso de su país en el concierto regional y como referente obligado de las relaciones entre países en conflicto, nos hace mirar el desarrollo de los sucesos con extrema atención y sobrada preocupación. Ha sido abrupta la explosión política contra Mubarak, en el que suponemos que sería un año electoral (si atendemos a las reelecciones de 1987, 1993, 1999 y 2005), que además desaconsejan una reelección más o el entronizar a su hijo a lo Siria, como se rumora. Acaso Mubarak no supo ni sabrá leer los signos de los tiempos.

No estoy cierto de que sea un contagio tras lo sucedido en Túnez. Cada caso es especial y no podemos confundir churros con meninas. Lo de Egipto lleva su propia dinámica y se ajusta a sus propios tiempos, como ya lo señalo en el párrafo anterior; los 30 años de Mubarak no son menos y poco tienen que ver con lo que sucede en países cercanos a Egipto, tan distintos o con su propia realidad. Pero algo es cierto, el mundo no puede ser indiferente por tratarse de un país estratégico geopolíticamente hablando, todo lo cual nos conduce a mirar con cautela los sucesos acaecidos en ese país y a tomar puntual nota de ellos, dimensionándolos en su aspecto regional para evaluar su verdadero impacto.

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