Opinión

Algo se mueve en Oriente Medio

Miércoles 02 de febrero de 2011
La impresionante movilización que recorrió ayer las calles de El Cairo tras una semana de intensas revueltas, deja pocas opciones al presidente egipcio Hosni Mubarack. Con el apoyo explícito del Ejército a la revolución ha caído el último asidero del hombre que ha gobernado Egipto a su antojo durante los últimos treinta años.

Quién podría haber pronosticado hace apenas un mes que las revueltas tunecinas iban a alterar a todo Oriente Medio como lo han hecho. Que la rebelión espontánea de Túnez no sólo ha acabado con la dictadura de Ben Ali sino que amenaza con cambiar para siempre el panorama de una región demasiado acostumbrada a gobiernos vitalicios, autoritarios y corruptos. Mientras la retirada de Mubarak parece inminente, en Jordania ya se han apresurado a llevar a cabo reformas, antes de que su país sufra el contagio revolucionario.

La diplomacia internacional aún no sabe cómo asumir los nuevos cambios que se van sucediendo con enorme rapidez. La Unión Europea, con demasiado retraso y excesiva timidez, ha pedido la instauración de elecciones libres en Egipto algo que, hasta el momento, nunca se había preocupado en exigir a un mandatario que todavía es presidente de la Unión por el Mediterráneo, con sede en Barcelona. El miedo de Occidente a los excesos islamistas ha traído como consecuencia una excesiva indulgencia con regímenes antidemocráticos como el de Mubarak pero que se consideran útiles para contener el fundamentalismo religioso. Si bien no se puede pasar por alto ese riesgo –fundado, como se ha demostrado en Irán-, lo cierto es que los gobiernos occidentales tienen ahora la obligación de respaldar y ofrecer su apoyo a estas revoluciones legítimas para que lleguen a buen fin mediante transiciones controladas que permitan un buen asentamiento de las instituciones democráticas, y, sobre todo, evitar que sean capitalizadas por el islamismo radical.

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