José Antonio Ruiz | Viernes 04 de febrero de 2011
El debate está más pervertido que el mito de la joroba del camello albino de Mongolia. Por supuesto que el mundo árabe no es incompatible con la democracia, aunque haya nostálgicos del nazionalsocialismo convencidos de que toda la población civil del hemisferio islámico es hasta tal extremo sadomasoquista como para vivir voluntariamente sometida a sus respectivos sátrapas como en la época de las cavernas, que aquellas sí que eran gentes civilizadas antes de que se les colara en la cueva el primer intruso salva patrias dispuesto a impartirles catequesis para que se redimieran de sus pecados y superasen a no más tardar su estado de asalvajamiento primitivo.
Cierto que el terrorismo integrista es una granada de mano gigante como un huevo de dinosaurio que amenaza con hacer saltar por los aires los cimientos de la Civilización Occidental. Pero tampoco nuestro “modélico” orbe equinoccial (incluida la facción pro-soviética y el Gran Bazar Chino capitalista del todo a cien y los rollitos de primavera) es una garantía indeleble de respeto de las libertades públicas y defensa de los derechos fundamentales del hombre.
Todo lo que hemos avanzado los “ciudadanos ejemplares” frente al fanatismo queda en entredicho cuando con complicidad y alevosía participamos en esta gran farsa del desdoblamiento ético en la que vivimos inmersos, y que nos incapacita para arrogarnos la facultad de actuar como inquisidores que se creen legitimados para redefinir con absoluta impunidad los conceptos equívocos del bien y del mal.
A costa del dilema, desorientado como una momia en una película de zombis vive ahora Obama, que como antes hizo Bush, sólo acierta a marear la perdiz, apelando a la retórica diplomática, siendo consciente como lo es que desde hace cuarenta años Egipto es su principal aliado estratégico en Oriente Próximo. ¿Hermanos Musulmanes? ¡Hamas!
¿Es compatible la salvaguarda de los intereses geoestratégicos y económicos con la defensa de la democracia? (…) Si fuera tan obvia la respuesta, las cancillerías no tendrían problemas de conciencia a la hora de tratar de defender lo indefendible, es decir, una cosa y su contraria, simultáneamente. Y conste que no estoy hablando ni de Zapatero, ni de Moratinos, ni de Trini, cuya sonrisa es su mejor credencial, aunque seguro que habrá algún estrecho que ya me estará tildando de machista.
Puesto en semejante tesitura y aún no coincidiendo en nada con Alberti más allá de su admiración por Picasso y Antonio Gades, también prefiero el aliento de un borracho al beso de un cínico. ¿Qué es más detestable, un caudillo que se eterniza en el poder y que todo lo que le roba a sus súbditos lo ingresa en un banco suizo, o la política de las complicidades y el lenguaje de la hipocresía de las grandes potencias, capitalistas y comunistas, falso como una peseta con el rostro del Generalísimo, un escudo portugués con la jeta de Salazar, un marco hitleriano conmemorativo de la noche de los cristales rotos, o una libra de Mussolini camisa negra, el mismo que presumía, el muy machote, de cansar a diario a una mujer y a un caballo. ¡Fantasma!
Ya no mandan las ideologías ni los valores (¿acaso marcaron el paso marcial alguna vez?), sino los intereses creados. La matraca de la seguridad de la bola terráquea lo mismo sirve como burda coartada para un roto que para un descosido a la altura del trasero. Las mismas arcadas me producen los hagiógrafos de la foto en tecnicolor de las Azores que los analfabetos pro-castristas, pijo-progres iletrados, que fundamentan la legalidad de las invasiones aliadas en las resoluciones de la ONU.
A cita traigo el testimonio de un compañero de redacción que, antes de recalar en BBC, durante 15 años cubrió la opinión publicada de Naciones Unidas, y que me contaba con chanza que en los intermedios, mientras bostezaba como un hipopótamo del Arca de Noé, entretenía el aburrimiento horadándose la nariz con el dedo, como si fuese una barrena del Leroy Merlin, y contando a los representantes demócratas de los Estados presentes. Transcurrido un rato de hacer guarrerías, llegaba siempre a la conclusión de que, salvo alguna excepción pintoresca, casi todos los vividores allí reunidos eran interlocutores de dictaduras, teocracias, plutocracias, cleptocracias, oclocracias, satrapías y demás tiranías.
Ahora resulta que los dictadores que durante los treinta últimos años se han eternizado en el trono tunecino o egipcio han sido un mal menor asumible por la “Comunidad Internacional” porque entre lo malo y lo peor han actuado de muro de contención del fundamentalismo.
¿Por qué los señores del Consejo de Seguridad no apoyan con la misma vehemencia el derrocamiento de los mendas que mandan en Yemen, en Argelia, en la monarquía Hachemita jordana, o ya puestos, del régimen feudal marroquí? Mira que si al final le tuviéramos que estar agradecidos a Mojamé por evitar que Al-Qaeda arramble con la Alhambra de Granada. ¿Quién tiene más pase, un caudillo o un ayatolá jomeini?
No me cabe ninguna duda de que el mundo sería más respirable sin los tiranos cubanos, venezolanos, coreanos o libios. Pero hay pueblos que si no derrocan a su negrero de cabecera no es porque no crean en los derechos individuales, en las libertades públicas, en la igualdad y en la justicia social, sino porque los Estados supuestamente democráticos miran para otro lado y anteponen los intereses (pongamos por caso el Canal de Suez o el Estrecho de Ormuz) a los principios, y la estabilidad al compromiso, en un rastrero ejercicio de hipocresía para el que se queda corto cualquier adjetivo descalificativo. Todavía están esperando en Haití a los gendarmes de Sarkozy.
Los movimientos de liberación espontáneos a través de Facebook, de Twiter, del correo electrónico o vía SMS puede que se presten a la fabulación cinematográfica; pero me da la espina que están sobrevalorados. En cambio sí creo que existen sociedades gregarias movilizadas por los servicios secretos a golpe de propaganda de Estado, lo que me lleva a confiar sólo en personas individuales, con nombres y apellidos, capaces de jugarse la vida por su dignidad, como el hombre del tanque de Tiananmen.
«El dictador es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta», han vuelto a repetir los hijos de la gran puta de la Realpolitik, rememorando la histórica respuesta del secretario de Estado norteamericano Dean Acheson cuando se le recriminaba a la Casa Blanca su apoyo a Tito aprovechando su divorcio de la Unión Soviética, o las piruetas argumentales que tuvieron hacer en el ala oeste para apoyar a la saga de los Somoza.
Como hace más de un lustro escribiera Goncal Mayos en la Revista de Occidente, comenzamos queriendo salvar la República poniendo fin a la Revolución, como Kant y Sieyès, y acabamos intentando salvar la Revolución al precio de destruir la República.
¡Qué tiempos aquellos! en los que nuestros abuelos con la boina calada hasta el tope de las orejas miraban hacia Paris, el del último tango de la inolvidada María Schneider, cuando en las aguas mágicas del Sena todavía brillaba la luna llena como en el Nilo se refleja ahora el llanto inconsolable de Nefertiti.
Las revoluciones de los pueblos oprimidos no debieran tener color político. Me lo voy a tener que hacer mirar, pues aunque me estoy haciendo mayor (¡Ay Babilonia qué mareo!), para algunas cosas sigo siendo más ingenuo que el casto José de La Corte del Faraón.
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