Sábado 05 de febrero de 2011
Ahora que estamos casi todos en Facebook, comenzamos a preguntarnos qué demonios hacemos allí. Al menos algunos; sobre todo, los que no estamos. Es curioso leer entrevistas a gurús de las nuevas tecnologías. Como Nicholas Carr, autor de “Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?” Suelen vivir en una Montaña de Colorado, a muchas millas de cualquier centro tecnológico y, a veces, sin ordenador.
Es lo que tienen las nuevas tecnologías. Se puede hablar de ellas casi sin usarlas. Aunque quizá eso venga de que el gurú de las nuevas tecnologías es en realidad un filósofo disfrazado de moderno. Porque ya sabemos todos que el filósofo es el que habla de cualquier cosa casi sin usarla, viviendo a muchas millas de ella. Pero habla, y quizá su voz tenga algo de mística e invoque cierto respeto precisamente por la falta de experiencia física. El caso es que, pervirtiendo el dicho taoista, el que usa no habla, y el que habla no usa. En fin, chistes remotamente televisivos y lejanamente sexuales aparte, es hora, como decía, de preguntarse qué demonios hacemos (real o en una cabaña de Colorado) en Facebook.
Lo primero que se me ocurre es crear identidades bastante falsas (o simples). Faceboook, las redes sociales, son en ese sentido un juego casi infantil: “yo soy vaquero y tú indio”. “Vale”, respondíamos y ya sabíamos si llevábamos plumaje en la cabeza o dos cartucheras con un revolver en las caderas. Ahora decimos: “Me llamo, soy..”, “Me gusta...”, “Escucho...”, “Compro en...”, “Leo..” (aunque nada garantiza que en realidad lea; bien pensado, nada garantiza que coma, me guste, sea, escuche o lea). Es decir, me creo un personaje esquemático, simplificado, pero un personaje al fin. En la mayoría de los casos, ese personaje se llama como yo, como nosotros, lo que no deja de ser inquietante.
En España todos nos creamos un personaje cuando nos sacamos el DNI. Suele ser en una edad aún tierna, y ese personaje tiene nuestra huella digital, nuestra cara congelada en un fotomatón, nuestro nombre (en mayúsculas y sin acentos, hipócrita estado y descuidada RAE que no presiona con las cosas importantes), un número muy importante, el NIF, y ciertos datos que no incluyen lo que leo, lo que me gusta, dónde como, etc. Ese personaje deneítico o deneital, como se prefiera, es, como decía, inquietante. Sirve para muchas cosas: para identificarse (yo pruebo que soy quien soy gracias a un personaje que me postcede), para crearme otros personajes (otras identidades, pasaporte, abrir cuentas bancarias,etc.), para mil cosas de la vida diaria. Digamos que somos, y luego tenemos, una identidad social de largo alcance que viene determinada por nuestro DNI y que incluye lo que viene a ser información genética --los nombres de nuestros padres sociales. Ahora quizá menos; antes había siempre cierta porcentaje de personas reacias a sacarse el DNI.
Por la huella digital y por lo que simbolizaba: la creación de un parásito nuestro, un ser que no era yo en un sentido físico pero que servía para controlarme a mí. ¿Parásito? ¿Son nuestras otras identidades parasitarias? Fijémonos en un parásito tipo: la rémora, un pequeño pez que con una ventosa se pega al tiburón y viaja con él. Obtiene un medio de transporte rápido, ecológico, respetado (temido), y que le provee de abundante alimento. Algunos definen su relación solo como “comensalismo” (reconozcámolos, todos hemos sido parásitos de ese tipo en algún momento de nuestra vida). Sin embargo, a cambio del “lunch”, la rémora le limpia al tiburón de otros parásitos más pequeños que le podrían producir enfermedades. Le mantiene limpia la boca, hablando en términos dentífricos (o dentales). La piel también. No sé si la rémora tendrá mucho trabajo (hay que notar que el tiburón tiene varias filas de dientes, además de una piel extensa que la rémora repasa y limpia y unas branquias que parecen las rejillas laterales de aireación de un Corvette del 55. Ahora bien, la pregunta interesante quizá sea: ¿quién es el parásito, la rémora o el tiburón? Porque en la vida real, esa pregunta me interesa igualmente aplicada a Facebook: ¿quién domina, quién es el parásito, yo o mi personaje? En el caso de la rémora, todos los libros dicen que el parásito es ella (o él, Dios sabe, con esa ventosa...). Pero, ¿por qué? ¿Por mera cuestión de tamaño? ¿Puede uno tener un parásito más grande que uno mismo? (Sé que muchos padres y madres españoles me dirán que sí, pero ahora hablo en sentido “interespecies”.) Quizá el tiburón sea el que de verdad necesite a la rémora. Quizá saque él un beneficio mayor que el que obtiene pequeño pez ventosa.
Si analizamos Facebook, la cosa está igualmente poco clara. Yo creo un personaje y desde ese mismo día tengo que alimentarlo con gustos, opiniones, viajes, fotos, experiencias, comentarios... A cambio, recibo amigos-personaje, una multitud de fotos en poses variadas, con gustos, opiniones, fotos, comentarios de otros... Pero yo soy el que tengo que alimentar a mi personaje ya que mi personaje no me alimenta. No, eso no. Lo que me da es consuelo emocional si acaso. Aunque quizá eso sea otro tipo de alimento. Parece claro que es difícil dirimir la cuestión. ¿Es mi identidad de Facebook mi parásito, o soy yo el parásito de esa identidad? ¿Vivo para ella después de haberla creado o vive ella para mí? ¿Me impone las reacciones que pueda provocar: la llegada de cierto tipo de amigos, de ciertos comentarios, etc. o le impongo yo la selección de esas reacciones? No está nada claro. No sé por qué sospecho que, tarde o temprano, acabaremos siendo parásitos de identidades nuestras que nos sobrepasarán en tamaño, peso e importancia social. Una identidad de Facebook, un personaje virtual de redes sociales puede transcenderme, puede sobrevivirme. Cuando yo muera, quizá todo lo que quede de mí sea mi perfil en Facebook. Y siempre podrá venir alguien a parasitarlo para mantenerlo vivo. De hecho, la muerte de Mac Tonnies, internauta muerto que deseaba eternizarse, ya ha planteado el problema en los EEUU. ¿Puede alguien que no es quien creó un perfil en la red seguir alimentándolo? Hay una posible solución, sin embargo: que Steve Jobs o Bill Gates --el más listo y rápido de los dos-- coloque sus equipos en el más allá, tanto arriba como abajo (siempre que las telefónicas ofrezcan cobertura y buenos planes). Entonces podremos disfrutar del control eterno de nuestros perfiles terrenales virtuales, y habremos conseguido la inmortalidad en el más allá y en el más acá. ¿Quién da más?
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