Antonio Domínguez Rey | Sábado 05 de febrero de 2011
Febrero de 1982, en Burdeos. La Universidad del Garona había distinguido a don Enrique Tierno Galván con el título de Doctor Honoris Causa, propuesto por los notables hispanistas franceses que allí impartían docencia, J. Chevalier, J. Pérez, F. Lopez, Garmendia. Un año antes se había creado en esta ciudad la Casa de Goya, precisamente en el edificio donde murió, y que en aquel momento usaba Iberia como oficina suya. El nombre de Goya se convertía así en puerta de la cultura española en Francia y Europa. Su promotor y fundador, el entonces cónsul Ramón Villanueva Etcheverría, era discípulo y amigo del profesor Tierno Galván. La visita a la Casa de Goya resultó todo un acontecimiento, pues vino a saludarlo la numerosa colonia española, en la que había, además de emigrantes, restos del exilio republicano. Acudieron también de otras localidades francesas, espcialmente de Toulouse.
El cónsul me había ofrecido una entrevista particular con el “profesor”, denominación común al referirse a don Enrique Tierno Galván. Habíamos hablado mucho de las posibilidades que se le abrían a España dentro de Europa con la democracia casi recién estrenada y en un período electoral en el que ya se preveía el acceso de los socialistas a funciones de Gobierno. Desde la fundación de la Casa de Goya insté al cónsul precitado y a otras autoridades de la época a que se iniciara una acción internacional de cultura española a partir de nuestra lengua. Las razones eran varias. Y de eso trataría la conversación con Tierno Galván, quien era además Alcalde de Madrid.
Y así se hizo. El cónsul me proporcionó un aparte sin protocolo, fuera de agenda. Recuerdo, y aún tengo viva la imagen, el rostro e intensidad de pupila de una señora que acompañaba, con otro compañero suyo, al profesor Tierno cuando este les comunicó que se retiraba un momento, y en mi compañía. Saetas puras, aquellos ojos. Se me acercó ella y me preguntó de qué se trataba. Le respondí que era un asunto personal. La mirada aún la siento hoy traspasándome.
Y hablamos tiempo suficiente, unos veinte minutos sobrados. Le expuse la necesidad de abrir en Francia un centro internacional de lengua y cultura española para extenderlo luego al resto de Europa, en una primera fase, y posteriormente a otras zonas del mundo. Le interesó mucho la propuesta y me preguntó si estaba seguro de su viabilidad inmediata. Le dije que sí y le razoné la afirmación, resaltando que sería una contribución importante de España a Europa, como un estreno suyo después de tanto tiempo apartada oficialmente, lo cual le pareció atractivo.
Hablamos también de otros asuntos relacionados con el ya extinto partido político que Tierno creara, el PSP, con el que yo había colaborado en un pueblo de Andalucía. Y me hizo una confidencia curiosa. “Como sabe, hemos adquirido responsabilidad de gobierno en Madrid -se refería a la alcaldía-, y no vea usted. Designamos en puestos importantes a jóvenes que se sentaron en sus sillas y ya no hay modo de levantarlos”. A mí me salió una risa franca y él esbozó una sonrisa disimulada. “Tenga mi teléfono particular, y llámeme cuando vaya a Madrid para seguir hablando de su propuesta”.
Así lo hice pasados unos meses, antes de las elecciones generales de octubre de 1982, en las que obtuvo mayoría absoluta el PSOE. Me cansé de llamar. Siempre que alguien me contestaba, me pedía el motivo o tema de entrevista. Evidentemente, el recuerdo de aquellas pupilas en el Consulado de Burdeos me aseataba, aunque seguramente ya eran otras. Y yo repetía lo mismo: “asunto personal”. No hubo forma. Podía recurrir a otros modos de acceso por mediación de amigos comunes, pero dejé el asunto.
Continuamos al año siguiente con la idea de un centro internacional de lengua y cultura española, pero ya desde París. El azar político quiso que nos encontráramos allí de nuevo el cónsul precitado, ya con otras funciones en la Embajada de España, y algunos amigos más del profesor Tierno, entre ellos Raúl Morodo, embajador en la UNESCO. La coyuntura se presentaba de nuevo propicia para insistir en lo que poco a poco se fue convirtiendo en un proyecto de instituto internacional. Se encontraban allí, además, José Vidal Beneyto y José Ángel Valente. El primero, encargado de rehacer el Colegio de España, destrozado con la revuelta de mayo de 1968; el segundo, responsable del área de traducción de español en la UNESCO.
Hablamos. La conveniencia y oportunidad del proyecto resultaba evidente. Pepín Vidal, así le llamaban sus amigos, me pidió varios informes para entregar en mano al entonces ministro de Asuntos Exteriores, también del entorno de don Enrique Tierno Galván, y al presidente del Gobierno. Y lo hizo varias veces. Por su parte, José Ángel Valente mediaba desde su despacho en la UNESCO, donde nos veíamos de vez en cuando, y habló de ello con Jorge Semprún en alguna ocasión, quien ocupaba despacho en un edificio de Ediciones Gallimard.
El proyecto se prolongó doce años con varios intermedios, que darían para escribir casi un libro, hasta 1994, fecha del V Centenario del Descubrimiento de América. Y siempre que se terciaba una entrevista con algún cargo de alta responsabilidad política o administrativa, la misma pregunta: “¿Cuál es el motivo o tema de la entrevista?”. Mire usted, les decía yo, llamo de parte de tal o cual y el señor X ya está al tanto del tema. Imposible.
Pero no es tal la cuestión, sino otra que viene al caso hoy mismo. En los informes insistía siempre sobre el escaso interés que el español despertaba en Europa como lengua de cultura y el enorme atractivo que tenía, sin embargo, como lengua de comunicación. El contraste era evidente. Lo constaté en varios centros de Francia, Alemania, Inglaterra e Italia. De la cultura de España solo trascendían el Barroco, el 98, algunos avatares de la Guerra Civil y el legado artístico, especialmente plástico. Y el interés comunicativo venía del español de América, no de España. Esta y aquella otra distinción eran y aún son hoy una realidad evidente. Los anaqueles dedicados al español en las grandes librerías de los países citados son amplios en una parte, la de América, y reducidos en la otra, la de España.
No debe extrañarnos, por tanto, que Bruselas no otorgue crédito institucional al español de España como lengua representativa de la Unión Europea. Nos parece un escándalo visto el tema desde aquí, pero es un hecho. Hoy se arguye, entre otros factores, con el escaso número de patentes españolas. La realidad terca indica, sin embargo, que la cultura transmitida por nuestro idioma desde España no convence a las instituciones europeas.
Y esto a pesar de Cervantes, cuyo nombre recubre hoy el de Goya en Burdeos. No es, por tanto, asunto de nombres históricos, que los tenemos. Se trata, más bien, de un vacío cultural difícil de rellenar con emplastos y soluciones improvisadas. La democracia española aún no ha sabido, o no quiere, lo cual sería peor, ponerse al nivel de lo que Europa entiende por cultura. Ni la “movida” avalada por el Alcalde de Madrid don Enrique Tierno Galván, que resultó una anécdota mediática y reclamo de turismo en los años ochenta, pudo sintetizar la dicotomía de la cultura y la comunicación, cuando ambos términos se replican por naturaleza. Otra cosa será. Y lo es.
Pensemos ahora en el trasfondo de aquel proyecto. La mitad de Europa es latina. Si sumamos los hablantes de las lenguas romances, la actual Romania europea, desde Occidente a Oriente, Galicia y Portugal en el Oeste, Rumanía en la puerta del Levante; si añadimos el fuerte influjo léxico del latín en el inglés, sobre el cincuenta por ciento de su vocabulario, constatamos que el efecto de romanización continúa y que el peso específico de Europa es latino. Y dentro de la latinidad, el español de España y América suma casi otra Europa. Es decir, el halo comunicativo español proyecta un horizonte humano equivalente al de todo la Unión Europea.
¿Y no conmueve a nadie este halo de irradiación histórica, incluido el presente, por banal que sea? Más bien flotamos como una burbuja en todo este concierto, y a pesar de Cervantes. Vendemos humo, mucho humo. Y nos estamos especializando en este tipo de mercadeo, tiznados. Sigan llamándole pesimismo. Para lo contrario, optimismo, el presente. Desborda por todas partes, incluida América.
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