Cultura

127 horas: Danny Boyle pone al espectador entre la roca y la pared

crítica de cine

Sábado 05 de febrero de 2011
Nominada a seis Oscar, (Película, Actor, Guión Adaptado, Montaje, Banda Sonora y Canción), 127 Horas es el último trabajo de Danny Boyle, el director de la oscarizada “Slumdog Millionaire”. La cinta llegó ayer a nuestra cartelera y relata con preciso realismo el drama real de un joven excursionista norteamericano, obligado a tomar la drástica decisión de amputarse el brazo derecho para poder salvar la vida.

Ya hay muchos que se refieren a 127 Horas como la película en la que el actor James Franco se corta un brazo y la “leyenda” de que ha habido desmayos entre los espectadores que han visto la película, en vez de alejar al respetable, parece un reclamo para los espectadores con ganas de vivir emociones fuertes, aunque sólo sea a través de una pantalla. Está claro que la cinta no consiste únicamente en ese espectacular momento, pero es cierto que el mismo preside, ya desde los primeros fotogramas, la entera acción de la misma. El director británico, claro está, defiende su trabajo, alegando que si sólo fuera esto, “la verdad es que no valdría la pena”. Y cuenta como, durante un pase en Nueva York, la persona que se había desmayado al presenciar la ya famosa secuencia, quiso volver a entrar en la sala para no perderse el final y felicitó a Boyle por su magnífico filme.

Por otra parte, la cinta de Boyle viene también precedida por su comparación con otro duro y claustrofóbico filme, Buried, dirigido por Rodrigo Cortés y protagonizado por Ryan Reynolds. En ambos, la sensación de absoluta parálisis que caracteriza la historia hace que la requerida acción provenga de impulsos externos al personaje, pero si bien en Buried, sus desesperadas llamadas a través del móvil y su búsqueda de recursos que le ayuden a salir del oscuro y asfixiante ataúd, consiguen “mover” al espectador, en 127 Horas, los delirios que, a causa de la herida y de la falta de agua, sufre el excursionista, están claramente faltos de tensión y son, más bien, reflexiones del personaje acerca de los motivos por los que, en realidad, se encuentra en esa situación extrema y que no se deben, por tanto, sólo al azar. Únicamente las grabaciones que el protagonista hace con su cámara son capaces de jugar con la propia realidad, dotando a la cinta de cierto dinamismo.

Danny Boyle confiesa que no ha querido ver Buried, precisamente para no tener que hacer ninguna comparación, “para eso están los periodistas”, alega, consciente de que su trabajo es, en definitiva, sólido, y de que la fantástica interpretación de James Franco constituye el centro indiscutible de la película, que destaca también por su interesante banda sonora. Es indudable que el guapo actor californiano, ganador de un Globo de oro por su interpretación de James Dean en 2001, ha logrado con este filme su mejor papel. Capaz de retratar a la perfección al personaje real que vivió la dramática experiencia, muda con absoluta naturalidad y solvencia por las distintas fases que experimenta el ánimo del joven independiente, individualista y arriesgado, cuando, de pronto, se encuentra aislado y sin poder moverse de la grieta del cañón de Blue John, en Utah, donde su brazo derecho ha quedado atrapado entre la pared y una enorme roca desprendida en el peor momento posible. De la incredulidad de los primeros momentos, algo así no podía pasarle a él, va mutando a la angustia, la desesperación, la derrota e, incluso, la despedida, con arrepentimiento por todo aquello de lo que por primera vez es consciente que hizo mal.

Lo primero, desde luego, creerse tan perfectamente superior como para no haber dependido física ni emocionalmente de nadie, ni siquiera de su familia o de su ex novia, a quienes conocemos a través de su atormentada mente. Tan perfectamente individualista como para no compartir con nadie ni siquiera el lugar al que iba a pasar el fin de semana. Absolutamente con nadie, y este es el momento en el que, aparentemente derrotado, decide, sin embargo, que no ha llegado el momento de morir. El dramático, pero a la vez liberador instante, en el que con una mellada navaja de esas que regalan con la compra de otro producto en cualquier ferretería de barrio, logra liberar su miembro atrapado y regresar a la vida, burlando al paciente buitre que le ha acechado durante los cinco días.

No hay duda de que una experiencia tan límite cambia a cualquiera y que el relato real de Aron Ralston, el verdadero protagonista de una gesta que le hizo famoso en su país y en todo el mundo, cuenta con todos los ingredientes para ser llevado al cine. De hecho, confiesa Boyle que desde que en 2006 leyó el libro autobiográfico escrito por Ralston tuvo claro que haría esta película.

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