Domingo 06 de febrero de 2011
La bandera del proyecto de nueva Europa que ahora portan Merkel y Sarkozy no pretende ser enarbolada por estos dos países; la idea es que sean los 27 a la par quienes lo hagan. Hay mucho en juego, por ejemplo, el euro. Y un futuro sin los actuales encorsetamientos en materia laboral y estructural, así como una clara intención de no repetir errores del pasado en lo que se refiere a determinadas alegrías del sector financiero.
Ya lo dejó caer Angela Merkel en su reciente visita a España; los incrementos salariales han de ir estrechamente vinculados con la productividad empresarial. Es sólo una más de las partes de un todo en el que se incluyen las nuevas recetas de cómo debe ser la Europa que viene. Italia -herencia mussoliniana-, Portugal y España, entre otros, tienen una legislación laboral especialmente rígida, y además lastrada por las servidumbres que comporta la colectivización de determinados ámbitos de contratación. Eso tiene que cambiar; guste más o menos, los tiempos son otros y toca adaptarse a ellos. Fundamentalmente, porque ahora cada estado miembro conserva su soberanía territorial pero comparte una parte importante de su ámbito financiero con el resto de socios; de ahí lo importante que resulta armonizar una correcta política de austeridad presupuestaria. No sacralizando el respeto al concepto de “déficit cero”, pero sí tomándolo como meta en la medida de lo posible. En España, eso es harto complicado por culpa de las autonomías, pero no por ello ha de renunciarse a conseguirlo. El resultado bien merece la pena.
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