Martes 08 de febrero de 2011
El rechazo a la violencia que ayer realizaron los herederos de Batasuna resulta poco creíble. Por desgracia, el mundo de ETA ha puesto ya demasiadas celadas a lo largo de su sangrienta historia como para que en esta ocasión su propuesta deba ser tomada en consideración. Sí parece cierto que, de un tiempo a esta parte, algo se mueve en el entorno terrorista. Pero dicho movimiento no obedece a convicción humanitaria o democrática alguna, ni tampoco a que alguno de los asesinos que componen ese entramado se haya planteado, aunque sólo sea por un momento, lo execrable de sus actos. Sucede que el estado de derecho, con la implacable labor de la justicia, por un lado, y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, por otro, han logrado poner a la banda contra las cuerdas; de ahí su petición de árnica.
La trayectoria de tipos como Iñigo Iruin o Rufi Echeverría ha quedado aquilatada durante todos estos años. Tanto como para no sospechar de que, de buenas a primeras, les de por abrazar la vía pacífica, justo en vísperas de una cita electoral tan importante. Suena a ardid, como tantos otros en el pasado. No basta, pues, rechazar una eventual violencia futura; hay que condenarla, tanto esa como -sobre todo- la del pasado. Más de novecientas familias tienen sepultados a sus seres queridos por culpa de estos “pacifistas reconvertidos”. Y muchas otras más han sufrido lo indecible a causa de los desvaríos de la vertiente más radical del nacionalismo vasco -ETA, conviene no olvidarlo, es nacionalista-. Los “moderados” de EA ya les han acogido en su seno, y en el PNV están deseando que concurran a las urnas. Será la justicia quien deba pronunciarse, pero de lo que no cabe duda es que aquellos que ayer pretendían ampararse bajo una supuesta patina de legalidad llevan más de cuatro décadas formando parte de ETA. Demasiado como para que obre el milagro de la noche a la mañana. Esperanza, sí; confianza, ninguna.
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