Cuando la prensa internacional le daba unas pocas horas antes de que anunciará la dimisión, el fin político de Hosni Mubarak. Pero, una semana después y con lo peor de las protestas populares atrás, el rais egipcio se mantiene en el poder. Si bien es cierto que el presidente egipcio ha cedido ante las demandas de sus opositores y ha reconocido que ni él ni su hijo Gamal se presentarán a las elecciones del próximo mes de septiembre, la realidad es que Mubarak sigue amarrado al poder y cada día se hace más notorio que la situación no cambiará hasta los comicios.
El repunte de las protestas populares en Egipto que han tenido lugar este martes llaman la atención sobre un hecho que empieza a diluirse con el tiempo:
Hosni Mubarak, presidente del país desde hace 30 años, no ha abandonado el poder tal y como le reclaman con insistencia desde hace días cientos de miles de compatriotas.
Agolpados día tras día en la plaza Tahrir de la ciudad cairota, los manifestantes no cejan en su empeño de dotar a Egipto de un
nuevo régimen democrático que se asiente sobre la formación de un nuevo gobierno que no encabece Mubarak. Hasta ahora, las reiteradas propuestas puestas sobre la mesa por Omar Suleiman, vicepresidente egipcio, en las que se ha dibujado una hoja de ruta para devolver el poder al pueblo, no han contentado ni a la ciudadanía ni a la oposición, que piden que los cambios sean más drásticos.
Si bien es cierto que el fin de la era Mubarak en Egipto puede estar viviendo sus últimos momentos, ya sea por una inminente pero improbable dimisión o por las elecciones del próximo mes de septiembre, muchos son los analistas que no ven con buenos ojos la alternativa política y social que puede surgir de este cambio de régimen.
Las
críticas públicas pero veladas de Estados Unidos y la Unión Europea al régimen de Mubarak, en las que se instaba al líder egipcio a convocar elecciones y escuchar a su pueblo pero en las que no se expresaba una petición de dimisión directa y oficial, no vienen sino a evidenciar un temor en Occidente en cuanto al posible auge de un gobierno hostil a sus intereses.
Una de las principales bazas que jugaba el Egipto de Mubarak de cara a la comunidad internacional era el control que ejercía el rais sobre las minorías islámicas radicales. Los
Hermanos Musulmanes, una organización que ha vivido en la ilegalidad durante los últimos años, ha empezado a cobrar un verdadero protagonismo en los últimos meses.
Occidente no ve con excesivos buenos ojos esta opción de relevo. Si bien es verdad que los Hermanos abogan por la implementación de un sistema democrático moderno, no se puede obviar que al mismo tiempo están a favor de determinados aspectos de la
Sharia, la estricta ley islámica que obliga a las mujeres a llevar velo o que defiende la ablación.
Aún está por ver cuál es el apoyo real con el que cuentan los Hermanos Musulmanes y la rama más extrema del islamismo egipcio, pero sí es verdad que los ciudadanos están hartos de las "constantes"
injerencias extranjeras en su política nacional. Los egipcios sienten que no han sido dueños de su presente y de su futuro desde hace décadas por culpa de los sucesivos gobiernos que se han plegado a demandas ajenas. Achacan a Hosni Mubarak el haberse plegado a los intereses occidentales y que estos han causado la crisis económica y social que vive hoy en día el país.
Terna infinitaOtra opción es que alguna de las figuras políticas del país tome las riendas de Egipto y dé un paso al frente. La primera alternativa lógica que sale a la palestra es
Mohamed El Baradei. El diplomático, ex director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, no cuenta con la popularidad de otros candidatos y para muchos compatriotas es un auténtico desconocido. Si bien ha expresado en reiteradas ocasiones su frontal oposición al régimen de Mubarak, muchos son los que le ven como a un oportunista que se ha encontrado con todo el trabajo sucio hecho.
La tercera vía,
Amr Musa, es una alternativa que va cobrando fuerza día a día. El secretario general de la Liga Árabe, experto conocedor de los entresijos egipcios, ya ha declarado que el cambio político tiene que surgir de la propia ciudadanía y que sólo ella puede elegir al sucesor de Mubarak. De este modo, Musa señala a las elecciones como la gran oportunidad de Egipto para recuperar la democracia y la libertad que exigen los manifestantes.
Pero la terna de probables y postulables es casi infinita. El panorama político que se dibuja en el horizonte egipcio es mucho más complejo de lo que se podría esperar. La caída de Mubarak puede suponer la llegada de una ola de islamismo mucho más conservador y que el país, hasta ahora principal aliado de Occidente en la zona y un actor esencial en el proceso de paz en Oriente Medio, se torne en un
problema añadido.
No son pocos los analistas que se han apresurado en señalar que la caída de Mubarak es una realidad inevitable, pero que el precio que se deberá pagar por su desaparición es, cuanto menos, preocupante.