Opinión

Menudo desenlace: Los egipcios a las calles. Los generales al poder

Marcos Marín Amezcua | Domingo 13 de febrero de 2011
El binomio es inquietante. No comparto el supuesto alivio ni la presunta victoria. Quizás si un gobierno civil se hubiera hecho con el poder en El Cairo, el mundo tendría más motivos para estar tranquilo. La confusión es evidente, reina quizás en el panorama local tanto como en el mundial, cierta sensación de que algo no ha salido bien en el derrumbe de Mubarak.

Cierto es que atestiguamos el coletazo de la esfinge, cual si ahuyentara un moscardón molesto que la rondaba sin cesar. Y es que resulta que Mubarak anunció que se quedaría y luego se ha visto esta batahola incontenible de rápidos acontecimientos, que nos resultan sorprendentes. Lo sucedido no augura nada positivo. Quizás peco de pesimista, empero hay razones para desconfiar de todo lo visto hasta ahora.

No deja de desconcertar la rapidez con la cual ha cambiado de parecer Hosni Mubarak. Son de esas renuncias estrepitosas, pero sospechosas por ser tan atropelladas, tan a la desesperada, tan a la de sin susto. Quizás más adelante, un día sabremos qué fue lo que orilló a tan accidentada salida, cuando escasamente un día antes compareció tan seguro, hierático y firmemente posicionado ante sus furibundos conciudadanos y ante el mundo, para decir que se quedaba incólume hasta septiembre próximo, cual si fuera más fácil hacer reír a la emblemática esfinge antes que verlo salir. Y en un tris, está fuera y los militares se han encumbrado. Los egipcios siguen vitoreando la que consideran es su victoria, alcanzada legítimamente, mientras los militares se la respeten. Pero insisto que me quedan dudas de que así será. Puede terminar siendo una victoria pírrica o hasta una pseudovictoria.

No soy optimista de que sea el pueblo egipcio el que ha ganado y si lo ha hecho, no me queda claro qué es exactamente lo que ha ganado. Parece que son otros los actores que saldrán beneficiados y la gente que estoica, ha resistido todo para alcanzar no la sola salida de Mubarak, sino la salida a la democracia y de la transformación del sistema que ya no desean, quizás se quede al final con un palmo de narices.

Entre otras cosas, los egipcios, desean un mejor reparto de la riqueza que se genera a raudales, verbigracia, a través de la importante industria turística. No sea que a río revuelto, y no precisamente el Nilo, aquello termine siendo ganancia de pescadores y las ansiadas reformas clamadas con la sangre derramada, jamás lleguen. No sería la primera vez.

Los militares ha sustituido rápidamente la imagen de un Mubarak confiado, sonriente, faraónicamente parsimonioso, a ese Mubarak que muchos recordamos de toda la vida desde que éramos niños. Los impenetrables rostros de los militares, posiblemente anuncian días aciagos.

Durante más de dos semanas, la emoción y el coraje irradiados por los egipcios militantes, vociferantes, incombustibles que han salido a las calles y plazas en El Cairo, Alejandría, Port Said, mostrando su descontento sin cesar, entonando cantos y consignas, batiendo palmas y lanzando alebrestados mensajes reivindicadores o reclamantes de la renuncia de Mubarak, parecían invencibles, pero ahora han dado paso a una incertidumbre que apenas asoma entre la algarabía de los egipcios y la polvareda levantada por ellos para desconcierto y admiración del mundo entero, bajo la mira recelosa de Estados Unidos o la preocupante atención israelí. El Mundo árabe clama respeto al proceso liberador egipcio. Empero, persiste la duda: ¿qué saldrá de todo esto?

Si bien no parece haberse planteado en un inicio qué seguiría tras lograr la afanosamente buscada salida de Mubarak, el que se pase a un Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas en un despliegue de fuerza y como un recordatorio de que vigilarán de cerca todo cuánto se desee cambiar, anticipa preocupaciones. Y encima con el mal fario de ese vicepresidente que dando la cara, hay que decirlo, no le ayuda la pinta que porta o es que quizás sea sólo una suma de las emociones agolpadas que le han concedido un rictus poco amigable y nada invitante y que no adelanta mejores tiempos para Egipto; premonición acaso ya anticipada por la gravedad de su rostro y por la parsimonia de su voz, todo lo cual nos pone a pensar qué sigue para este estratégico país.

Egipto está situado a la vera del canal de Suez, paso obligado entre Oriente y Occidente, cuya existencia nos recuerda la máxima que reza: quien se queda o controla el comercio y las rutas de la región, se queda o controla el comercio mundial. Resulta pues imposible no externar una triple preocupación: 1) por la llegada y permanencia de los militares, quienes ha recibido un mensaje desde Washington pidiendo una transición real y no ficticia 2) por el ascenso de un islamismo radical que aunque promete contenerse, ya se sabe que nada hay seguro con él y 3) por saber si habrá continuidad en la política exterior egipcia hacia Israel.

No corren tiempos fáciles para el Cercano y el Medio Oriente. Dijimos hace quince días que estábamos en presencia de procesos políticos distintos cuando nos referimos a países como Túnez o a Egipto. Las implicaciones del caso egipcio rebasan por mucho las que pudieron presentarse con un país como Túnez.

Por eso la algarabía egipcia que constata a un pueblo enojado, desesperado, reclamante y que esta tarde-noche hemos presenciado en México, no hace sino ocultar los posibles riesgos de una transición equivocada o truncada que rebase a los actores políticos que tras de alcanzar un primer paso, no nos deparan sino nuevos momentos que pudieran ser angustiosos con una política errática y confusa.

Para terminar hay que apuntar que el gobierno de México se mueve en otras esferas. No es su prioridad Oriente Medio (para bien y para mal tampoco tiene facturas que le cobren ni países ni grupos de la región). Se mira de lejos lo ocurrido y de refilón la suerte que correrá el embajador egipcio, que insiste en decir que representa al pueblo de su país y no a un personaje. Veremos si los nuevos señores de El Cairo lo ratifican en su puesto, máxime que llegó a él por el gobierno que ya no existe más.

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