Martes 15 de febrero de 2011
Después de la euforia desatada por el anuncio de la marcha de Hosni Mubarack, las dudas empiezan a ensombrecer el futuro de Egipto. El país ahora está bajo el control total del Ejército, algo que resulta inquietante, si tenemos en cuenta que los mandos militares ya han suprimido la Constitución y el Parlamento, con la excusa de proponer un referéndum. El apoyo de las organizaciones prodemocráticas a las medidas tomadas es una buena señal, pero no es fácil confiarse porque pareciera que se ha cambiado un dictador-militar por un militar-dictador.
Si bien es cierto que en este momento se requiere un mandato firme que tranquilice al país, tras las convulsas semanas que han mediado desde que comenzaron las revueltas, también lo es que no pocas veces hemos visto como revoluciones pro libertad acaban desencadenando en una nueva autocracia igual o peor que la anterior. Además, si a la postre resultara que el Ejército incumple sus promesas de respetar una transición democrática, se podría desatar una nueva oleada de protestas que podría ser letal para la estabilidad del país.
Por muy buenas que parezcan las intenciones del Ejército egipcio, no hay que olvidar que lleva años apoyando a un Gobierno corrupto y autoritario y que abandonar las viejas costumbres requiere de un gran esfuerzo que muchos dudan que la institución sea capaz de realizar. Asimismo, tampoco queda claro cuáles van a ser los límites que se impongan durante los meses que dure la transición hacia una democracia asentada.
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