Norberto Alcover | Miércoles 16 de febrero de 2011
Parece mentira, pero desde que recibiera la noticia de que Pedro Arrupe había fallecido en la enfermería de la Curia Generalicia de la Compañía de Jesús en Roma, un 5 de febrero de 1991, hace ahora veinte años y algunos días más, un trocito de mi corazón también murió de tristeza y de congoja.
El hombre que me había ayudado a madurar mi vocación y me había dicho en su despacho, hacia 1968, siendo yo un joven estudiante de medios de comunicación, que lo más paralizante era el miedo y que siempre Dios está por encima de cualquier miedo, marchaba a la casa del Padre tras largos años de soledad sonora y de purificación silenciosa. En su habitación, nunca faltaba un ramo de rosas rojas que, día a día, la comunidad judía romana le hacía llegar como signo de gratitud y de cariño. Era verdad: Arrupe había sido un hombre para los demás, la mejor herencia que nos dejó a los jesuitas.
En estos veinte años, el mundo ha cambiado de forma radical y en todos los órdenes. Entre otras cosas, hemos transitado desde la esperanza al pánico en la sociedad y, un tanto también, en la Iglesia Católica. La destrucción de las Torres Gemelas y la secularización en aumento nos ha sumido en un tremendo desconcierto. Pues bien, cuando contemplo la fotografía en que estoy abrazando al Arrupe ya enfermo y postrado, me digo a mí mismo que no podemos ceder ni a la desesperación ni a la ausencia, en estos momentos de confrontación, cuando lo que está en juego es el futuro. Todo lo contrario, hay que poner una absoluta confianza en Dios, el único absoluto, y anunciar nuestros valores mientras nos dejamos embarrar los pies con el detritus de la historia.
Hace veinte años ya. Pero permanece vivo en tantos espíritus. Y nunca le agradeceremos bastante el bien que nos hizo. Es el momento de recordarlo viviendo como él intentó vivir: para los demás. Y sin miedo.
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