Opinión

Corrupción. Revelaciones en aumento

Enrique Aguilar | Miércoles 16 de febrero de 2011
A mediados de 2004, en un encuentro que congregó a académicos y políticos de Argentina y Chile, se aludió a un caso de cohecho en el que habría estado implicado un diputado del país trasandino por un monto aproximado de 20.000 dólares. Cuando se mencionó el importe, recuerdo el murmullo que desató entre los concurrentes por lo insignificante que parecía en comparación con los que circulaban en medios periodísticos argentinos por causas ventiladas durante los noventa, mayormente archivadas, por cierto, o prescriptas.

Días pasados nos enteramos por WikiLeaks de otros cien cables confidenciales de la embajada norteamericana en Buenos Aires relacionados con este tema y, particularmente, con la resistencia de los Kirchner a colaborar con el esclarecimiento de hechos de corrupción o con causas abiertas que salpicaron y todavía salpican al gobierno como las del crecimiento patrimonial del matrimonio, el manejo de las obras sociales o las que penden sobre el ministro de Planificación, Julio De Vido, el secretario de Obras Públicas José López, el ex secretario de Transporte Ricardo Jaime y el ex superintendente de Servicios de Salud y ex recaudador de la campaña presidencial de Cristina, Héctor Capacciolli, causas todas ellas millonarias que, como dijo en una de sus editoriales el diario La Nación, deberían provocar en la presidenta vergüenza en lugar de irritación.

Dada esta falta de colaboración y la nula voluntad que se advierte en el gobierno de someterse a la justicia, no puedo sino coincidir con unas declaraciones recientes del filósofo Tomás Abraham quien, en un reportaje imperdible y ante una pregunta relativa al deceso de Néstor Kirchner, respondió: “Para mí se murió un CEO de una corporación […] al que sólo le interesaban la plata, el poder y estar arriba”. La impunidad y la desvergüenza que caracterizó a su gobierno han provocado una herida profunda en nuestra sociedad que su heredera tampoco parece querer restañar. Cuando menos, en lo tocante a la corrupción, nada parece indicar lo contrario. Las revelaciones continúan en aumento, como también las denuncias y los ceros que se multiplican y que vuelven aún más irrisorios aquellos 20.000 dólares por los que ninguno de nuestros funcionarios se ensuciaría las manos.

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