revueltas
Jueves 17 de febrero de 2011
La mecha de la revuelta popular ha prendido en uno de los países más herméticos del norte de África, Libia, y ha dejado traslucir un fondo de luchas entre los diferentes clanes que dominan el poder. Mientras tanto, un sector de la población lucha por instaurar estructuras políticas modernas.
Las revueltas populares surgidas en el mundo árabe han llegado a uno de los países más herméticos de esa zona, Libia, y han puesto de manifiesto las contradicciones del régimen. De hecho, se han avivado las disputas de los diferentes clanes que dominan el poder. La Revolución libia que hace 40 años llevó a cabo un grupo de capitanes del Ejército al derrocar al rey Idris Senussi el 1 de septiembre de 1969, y que instauró a continuación lo que se conocía como “la tercera vía mundial” en la Guerra Fría, basada en el Libro Verde de Muamar Gadafi, ha fracasado. Su teoría, inspirada en una mezcla de populismo, de utopía asamblearia y de soberanía popular, ha sido incapaz de conseguir desarrollar un país moderno.
Aunque es cierto que la Administración republicana de EEUU acosó a Libia hasta dejarla extenuada en las décadas de los 80 y 90 del siglo pasado, molesta con el apoyo del régimen a cualquier movimiento o grupúsculo supuestamente revolucionario, más bien con tintes terroristas, 40 años de “tercera vía universal” han dejado como saldo un país que carece de infraestructuras, de carreteras dignas de ese nombre, de instalaciones sanitarias, de viviendas y de un sistema de enseñanza propio del siglo XXI.
Las incipientes manifestaciones registradas en Trípoli y en Banghazi, tienen como telón de fondo la contestación política de un régimen basado en clanes familiares. El “Consejo de la Revolución”, órgano máximo del poder compuesto por 12 personas, no es elegido ni es elegible por la población. Ese órgano designa a todos los altos cargos del país, nombra ministros y legisla por decreto. La “democracia popular” de la que se enorgullece Gadafi se limita a la gestión de los asuntos socio-económicos de base, pero no tiene competencias en los asuntos de Estado. El único órgano de poder que, al menos según la Constitución, es independiente, es el poder judicial. “Los magistrados sólo responden ante la Ley”, estima Trípoli, pero tan sólo en la administración de la justicia sobre cuestiones secundarias.
Como ocurre en la mayoría de países árabes, sean monarquías o repúblicas, la evolución del poder conlleva su concentración en pocas manos y la implantación de un sistema de sucesión familiar en la cúspide. Los hijos de Muamar Gadafi no escapan a la regla. De los cuatro hijos de Gadafi, dos se han desmarcado de la sucesión, -Saadi, que se dedica a hacer de mecenas del fútbol italiano adquiriendo una buena parte de las acciones del equipo de la Juventus, y Hannibal, que protagonizó un escándalo en Suiza que puso las relaciones diplomáticas entre Berna y Trípoli al borde de la ruptura-, y dos han seguido la estela del padre y pretenden heredar el poder en bandeja de plata.
Los herederos de Gadafi
El primogénito, Al Moatassim Ghadafi, controla una gran parte de la seguridad libia. Es presidente del Consejo de Seguridad Nacional y goza del apoyo de sectores importantes del Ejército.
En cambio el más mediático de sus herederos, Seif el Islam, que preside la Fundacion Gadafi, tiene reputación de ser un hombre moderno con formación universitaria y linguística y se ha mostrado muy activo en cuestiones de mediación y derechos humanos. El lider libio Muamar Gadafi le designó ‘número dos’ del régimen desde octubre de 2009 al nombrarle “coordinador de los comités populares”.
Pero la vieja guardia que protagonizó el golpe contra la monarquía Senussi junto a Gadafi no parece haber abandonado del todo la escena. Recientemente, apareció un “Comité de defensa de los miembros del Consejo de la Revolución” que, de alguna manera, reivindicó el lugar que en el mismo sigue tiendo, aunque no ejerciendo, el comandante Abdesslam Yalud, al que no se ve en público desde hace años: cayó en desgracia en 1997 por su oposición a la línea de Gadafi. También se ve en dicho Comité la sombra del general Abubaker Yunis Yaber, que ostenta el título de «jefe de Estado Mayor del Ejército », aunque no lo ejerza, y otros veteranos como Al Hamdi Al Jawildi y Abdelmunim Al Huni, a los que sólo se ve esporádicamente en actos oficiales.
Según los analistas de la situación que prevalece en Libia hay que situar las manifestaciones en Trípioli y Benghazi en un contexto de disputas entre clanes en el poder.
En ese mismo marco hay que ver la decisión de liberación de los 110 presos encarcelados en la prisión de Abu Salim por pertenecer al ilegal Grupo Combatiente Islámico Libio (GICL). Se atribuye su puesta en libertad a una gestión personal de Seif el Islam, que busca tender puentes con la oposición islamista dentro y fuera del país.
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