Opinión

Túnez y Egipto en ruta hacia la transición

Víctor Morales Lezcano | Viernes 18 de febrero de 2011
Sin lugar a dudas, es prematuro intentar vaticinar el futuro inmediato de las revueltas populares -del poder de la calle y de la voz de las gentes- que han sacudido a Túnez y Egipto durante el transcurso de un mes escaso (14 de enero-11 de febrero).

Han caído dos regímenes políticos de corte dictatorial en una eclosión protagonizada con mucho por una muchedumbre joven y hastiada del continuismo político hecho de represión impune y de saqueo sistemático de los recursos públicos.

Ha sorprendido la rapidez con que se ha consumado el tránsito de la caída de las cabezas presidenciales al estado de transición, “in fieri”, que se está experimentando en Túnez y Egipto.

Se podría hablar, incluso, de revoluciones populares acéfalas, con ingredientes revolucionarios tradicionales -“fuera las cadenas”, “viva la libertad”, “abajo el tirano”-, aunque sensiblemente modernas, al mismo tiempo, por su vinculación a través de Internet y, en general, de la Red informativa global que se ha establecido en los últimos diez años con una velocidad e intensidad pasmosas. La consigna que el joven empresario egipcio Wael Ghonim difundió con persistencia (“¡Todos somos Khalid Said!”, víctima de los excesos represivos de la política egipcia), no sólo ha alcanzado al nexo “internaútico” existente entre el país nilota y Túnez mismo, sino que el llamamiento ha tenido -está teniendo- ecos en Yemen, Argelia y Libia, algunos Emiratos del Golfo, Jordania y, según propalan los medios, ha alcanzado en los últimos días a la República clerical de Irán.

El inveterado intervencionismo europeo y americano en la historia del norte de África y de Oriente Próximo durante los últimos ciento cincuenta años, ha contribuido, en parte, a distorsionar la intrahistoria del mundo árabe, aunque también del turco, e iraní -en menor medida-.

El legado de los paréntesis coloniales, francés en el Magreb y franco-británico en Oriente Próximo, no ha sido ajeno a la sacudida de tipo revulsivo, que está agitando la revuelta revolucionaria en el mundo árabe; al menos en la medida en que hubo también revueltas cuando sonó la hora de la conquista de la liberación nacional, poco antes, y algo después de 1945.

La caída de los regímenes depredadores de las clases sociales bajas, humildes, egipcio-tunecinas, escenificada por los rebeldes con espectacularidad furiosa, aunque escasamente sangrienta, en el Boulevard Bourguiba y en la Plaza de la Liberación, acaba de anunciar la hora del reto que comporta siempre una Transición. Máxime cuando, muy en particular en Egipto, no hay líderes poderosos como lo fueron Bourguiba y Nasser en los decenios de los años 60 y 70 del s. XX; cuando, además, las instituciones representativas carecen de agilidad funcional de puro haber sido maltratadas; y cuando la población desea pan y libertad, pero se encuentra situada nada más que en los primeros peldaños que le permitirán ascender a la democracia luego de un itinerario que no será fácil, pero tampoco imposible de recorrer en tiempo prudencial.

¿Podrán conducir Mohammed Ghannouchi y Ahmed Shafiq felizmente la Transición egipcio-tunecina, que se logró realizar en la Península Ibérica hace algo más de treinta años?. ¿Sabrá actuar con sabiduría, en circunstancias tan delicadas, la oposición cívico-religiosa a los gobiernos de Túnez y Egipto, muy especialmente en este último país?

No faltan líderes en el país nilota. Véase, si no, el caso de Ahmed Maher y sus fieles huestes de corte progresivo; Mohamed el-Baradei, “darling” de ciertos círculos americanos y onusinos; Halim Khandil, figura señera de la oposición a Mubarak; y la cúpula de los Hermanos Musulmanes, que como la “Ennahda” en Túnez, viene observando un comportamiento político irreprochable hasta el momento. Ninguno de ellos, empero, parece poseer todavía una capacidad de arrastre suficiente que permita prever el signo político (probablemente de coalición) que defina el período inmediatamente posterior al de la Transición en la que acaban de embarcarse los dos países que han encabezado esta primavera árabe en el Mediterráneo norteafricano.

Con la bendición del mariscal Tantaui, la Junta Suprema del ejército egipcio ha invitado a un consejo restringido que integran destacados juristas (con Tariq el-Bishra en cabeza), a revisar la reforma de la Constitución vigente en Egipto. En un referéndum, previsto para su celebración en los próximos sesenta días, se iniciaría en el país nilota su itinerario hacia la libertad garantizada y la democracia de buena ley. Wael Ghonim ha comentado taxativamente: “Ya se acabó nuestra pesadilla. Ha llegado ahora el derecho a soñar”. ¿Será verdad?.

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