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Fabrice Gaignault: Diccionario de literatura para esnobs

reseña

Sábado 19 de febrero de 2011
Fabrice Gaignault: Diccionario de literatura para esnobs. Ilustraciones de Sara Morante. Prólogo de José Carlos Llop. Traducción de Wenceslao-Carlos Lozano. Impedimenta. Madrid, 2011. 256 páginas. 25,95 €


¿Qué tienen en común las damas inglesas con los accidentes de coche (Aston Martin, por favor), Gregori von Rizzori con Sunsiaré de Larcône, los jerseys negros de cuello vuelto con Lytton Strachey, Venecia con Arthur Cravan? A partir de ahora, ser entradas en el Diccionario de literatura para esnobs de Fabrice Gaignault, recién publicado de forma exquisita por la editorial Impedimenta, empeñada en sacar los colores a los grandes grupos editoriales.

El autor del libro es Fabrice Gaignault, jefe de la sección cultural de la casa madre parisina del Marie Claire, por lo que la esencia periodística del libro está clara. De forma remota, las entradas recuerdan a los retratos de Gómez de la Serna publicados en su tiempo por Aguilar, pero en actual y con el sabor y el olor que dan los años lisérgicos intermedios. El título original completo en francés está en las páginas interiores: “Diccionario de literatura para esnobs y (sobre todo) para los que no lo son”. El libro tiene pues la intención de divertir y casi escandalizar a los que no se consideren esnobs. ¿Pero hay algo más esnob que no considerarse esnob? Gaignault parece convencido de que el esnob considera su mundo normal y que el esnob es, en todo caso, el que quiere parecerse a él.

Por las páginas desfilan dandis, excéntricos vividores, mujeres fatales de las letras, de camas y cenáculos, cocktails de nembutal y vodka, editores con vocación de artistas y artistas con vocación de dioses, autores conocidos y menos conocidos siempre en busca de dejar una firma interesante en la vida. Si es posible, en forma de suicidio en un hotel de lujo. Granujas literarios místicos y aventureros otras veces, o grafómanos añorantes en algunos casos del verano ideal o del resplandor dorado que dejó el fantasma de Proust en los salones.

El autor es francés, y ya se sabe que el francés tira a lo francés. Esto se refleja en el libro, en el que aproximadamente un sesenta por ciento de las entradas corresponden a franceses o a cosas del Hexágono. Le siguen ingleses y norteamericanos con un treinta por ciento más o menos, mientras que el diez restante se lo reparte el resto del mundo. España, país apóstata de la extravagancia, aporta solo dos entradas: Max Aub y José Carlos Llop, prologuista de la versión española. Luego se cita a Vila-Matas y a Santa Teresa. Esta última, de forma muy acertada en mi opinión. Veo la falta de Juan Benet, el más esnob de los escritores españoles del siglo veinte. Y la gran ausencia de autores japoneses, cultivadores siempre de lo esnob.

El libro tiene una lectura fácil, amena, fragmentada, trufada de sonrisas y alguna que otra carcajada. Y ese tono fácil que las palabras de Dorothy Parker reflejan bien: “Viajes, engorros, música, arte / un beso, un vestido, una rima / nunca he dicho que me llenen / pero al menos me entretienen”. Wenceslao-Carlos Lozano hace un estupendo trabajo en la traducción (por fin un traductor que acumula adjetivos en español con precisión y sin miedo). El libro tiene tacto en la mano y regala los ojos. Masajea las neuronas. Tras las depresiones y tormentas invernales y navideñas, este libro es terapéutico. Léanlo. No se arrepentirán.

Por José Pazó Espinosa

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