Rafael Núñez Florencio | Sábado 19 de febrero de 2011
Las recientes manifestaciones del primer ministro británico David Cameron han vuelto a poner en el primer plano del debate ideológico la viabilidad de las políticas que han dado en llamarse “multiculturalistas” con notoria -y me atrevo a decir que deliberada- imprecisión. Si se piensa bien, multiculturalistas en sentido estricto somos todos, porque todos reconocemos la existencia de múltiples culturas y la necesidad de coexistencia y respeto entre ellas. (No es cuestión baladí, sino al contrario, porque muestra una vez más hasta qué punto es importante el dominio del lenguaje en la controversia pública. En este caso concreto, los autodenominados partidarios del multiculturalismo nos colocan a los críticos en una posición ciertamente incómoda, a trasmano de la corrección política y un tanto a la defensiva).
Pero volvamos al asunto central. Cameron no se ha andado con las ramas y con esa ausencia de complejos que en nuestros lares llama a rasgarse las vestiduras a quienes pretenden controlar los resortes ideológicos, ha certificado el fracaso completo de la política multiculturalista seguida en los últimos tiempos en su país. Es verdad que, como sucede con la inmensa mayoría de los políticos, el premier británico no estaba haciendo un análisis filosófico sino tan sólo sacando consecuencias prácticas de una serie de fiascos encadenados, entre los cuales la falta de integración de los jóvenes musulmanes que viven en el Reino Unido y su participación en atentados terroristas ha constituido el detonante -nunca mejor dicho- de un estado de cosas al que sólo le faltaba la evidencia de la prueba policial para que no pudiera ser ignorado por más tiempo.
Pero para la reflexión que aquí interesa, esa circunstancia es lo de menos. Sobre todo porque, como suele decirse, llueve sobre mojado: otro de los dirigentes emblemáticos de la Europa de este momento histórico, la canciller germana Angela Merkel, se había pronunciado pocos meses antes en el mismo sentido, incluso con palabras prácticamente idénticas. También en este trance se explicitaba sin ambages el “fracaso” del multiculturalismo. Y aún podría añadirse en una órbita similar las políticas concretas y las declaraciones enfáticas del tercer gran dirigente de esta Europa próspera y tolerante, Nicolas Sarkozy, que no ha dejado pasar oportunidad en los últimos tiempos de vindicar los valores republicanos frente a la ofensiva multiculturalista. A su manera, también Italia ha vivido dilemas de la misma entidad, aunque no parece en su caso que determinadas medidas expeditivas -como las expulsiones masivas de gitanos rumanos- puedan considerarse ejemplares.
Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, los grandes Estados del Occidente europeo, se muestran unánimes. ¿Se han puesto de acuerdo? No lo parece. Más bien da la impresión de que esos movimientos responden a determinados apremios de unas sociedades que se encuentran bastante escaldadas ya de hacer gala de tolerancia y flexibilidad sin contrapartida alguna en este terreno. Unas sociedades que, en aras del respeto sacrosanto a las minorías, están perdiendo la iniciativa y no hacen más que recular de modo vergonzante, con cesiones importantes en el capítulo de los derechos individuales, sobre todo en lo que atañe al papel social de la mujer. Como pasa en tantas ocasiones, a uno le hubiera gustado ver en España debates de la misma naturaleza, porque nuestra situación no es tan distinta a la de los países citados. Este diario en el que escribo ha dedicado al tema varios editoriales y algunos artículos de opinión. Ha sido la excepción, junto con otros medios aislados, en un panorama general que ignora olímpicamente el asunto, como si no fuera con nosotros.
Retomemos el hilo principal: bueno, se dirá, no son realmente esos Estados europeos, ni esos países, ni siquiera esas sociedades las que están haciendo oír su voz, sino tan sólo los dirigentes coyunturales de esas colectividades. Todos ellos, casualmente, representantes del pensamiento conservador, es decir, adalides de la derecha más tradicional del viejo continente. ¡Acabáramos! ¡Ya tenemos la solución! Se desencadena así el reflejo condicionado que caracteriza el debate partidista: al adversario, ¡ni agua! En este lance le toca a la izquierda -y no me refiero sólo a la política, sino también a la social y cultural: los ecologistas, los verdes, los alternativos, los sindicatos, los movimientos juveniles y buena parte de la intelectualidad- llamar a rebato a desenmascarar al enemigo, esa derecha rancia que por el sólo hecho de ser tal -por ser vos quien sois- contamina hasta el punto de hacer vituperable cualquier idea, cualquier medida, cualquier propuesta.
Y sin embargo... No estamos hablando de un tema menor. Ni de una materia que pueda solventarse en las coordenadas ideológicas más elementales. La cuestión tiene tal entidad, nos afecta tanto -en nuestra convivencia, en el modelo de sociedad, en nuestro horizonte inmediato- que no puede, que no debe tomarse como arma arrojadiza en la lucha política menuda ni abordarse de modo oportunista, miope o sectario. Dejando aparte la contradicción de que la izquierda, pionera en la lucha por la igualdad, defienda ahora la diferencia -o sea, la desigualdad- o que los autodenominados progresistas se atrevan a dar la cara por actitudes francamente retrógradas, independientemente de todo ello, de los posibles reproches, los matices o las incomprensiones, lo principal y prioritario sería ponernos de acuerdo en defender nuestro sistema de valores. Para empezar, no se trataría de “imponer” éstos, como peyorativamente dicen algunos, sino más sencillamente de establecer un marco de convivencia que tenga a la libertad y los derechos humanos como referentes fundamentales para todos. Lejos de un nuevo imperialismo cultural -sonrojo debían producir estas aclaraciones- habría que instruir y formar en el respeto y la tolerancia, pero no sólo por una parte.
Concedo que el multiculturalismo pudo ser en sus inicios una actitud bienintencionada. Añado más: creo que fue bueno que se llevara a cabo en su momento esa política o, dicho todavía más claramente, que mereció la pena intentarlo. Pero del mismo modo, a estas alturas, sin anteojeras, con sinceridad, debíamos reconocer que no ha sido la solución. De acuerdo, el problema es muy complejo y no se deja atrapar con redes tejidas por la simplificación y la mera conveniencia coyuntural. Razón de más para ponerse a ello con determinación y constancia. No es labor de un día, ni de un año. No hay piedra filosofal. Pero por todo ello pongámonos a la tarea. Antes de que sea demasiado tarde y que tengamos que lamentar los pasos dados en dirección equivocada, hacia atajos que resultaron que no llevaban a ningún sitio. Es necesario construir un nuevo modelo de integración.
Convendría recordar, empero, que la construcción de un edificio empieza siempre excavando, para poner los cimientos. Frente a unas minorías fundamentalistas e incluso fanatizadas, el occidente democrático ha ido perdiendo sus perfiles y borrando sus raíces, como si sintiera de un modo obsesivo la necesidad de hacerse perdonar un pasado en el que -¿quién lo duda?- se han cometido crímenes, abusos y equivocaciones, pero que también ha traído progreso, tolerancia y prosperidad. Como resultado de ello, este acomplejado occidente democrático ha difuminado su identidad, como si el mero hecho de reconocerse en sus logros constituyera un agravio a otras civilizaciones. Por otro lado, complementariamente, el curso de la historia ha ido diluyendo valores tradicionales -por ejemplo, el patriotismo o la religiosidad- sin que se haya sabido o querido sustituirlos por otros nuevos. No basta apelar a la libertad si no se sabe qué hacer con ella. Seamos francos: más allá de la incuestionable opulencia material, ¿qué está en condiciones de ofrecer hoy en día este occidente democrático? Mientras no sepamos contestar a esta pregunta, no tendremos un recambio efectivo para el multiculturalismo.
TEMAS RELACIONADOS: