Opinión

Marruecos y Libia no son Barhéim

Domingo 20 de febrero de 2011
De entre los muchos análisis que se han hecho estos días a propósito de las revueltas en el mundo árabe, destacan aquellas que apuntan a Occidente por haber vendido su alma a ciertos tiranos. Viene a colación del apoyo que Brahéim presta a Estados Unidos -allí ancla la V Flota-, o lo sólida que ha resultado hasta ahora la alianza con Hosni Mubarak en Egipto. Siendo esto cierto, no lo es menos que la política genera extrañas alianzas, en las que prima el interés de estado por encima de las simpatías personales. Eso podría explicar los dos casos anteriores, a los que habría que añadir al régimen marroquí, fiel amigo de Washington por un lado pero muy poco respetuoso con los derechos humanos por otro.

No es, sin embargo, la situación de Irán y Libia, cuyos gobiernos han sido tradicionalmente hostiles a Estados Unidos y, sin embargo, ahora también sufren las iras de una población ansiosa de democracia y harta de totalitarismos. Occidente habrá podido apoyar a personajes dudosos, pero de lo que no hay duda alguna es que la actual revolución que ahora vive el mundo árabe tiene como meta derrocar a la tiranía y conquistar la libertad de una vez por todas. Lo cual no implica que en todos los países el patrón sea el mismo; en Barhéim, por ejemplo, hay además un intento de la minoría chií de atacar a la dinastía suní. Un conflicto que bien podría hacerse extensible a otros países, caso de Irak. Occidente debe, pues, apostar por el cambio en el mundo árabe, pero cuidándose muy mucho de que este cambio no sea especialmente traumático. Y, sobre todo, teniendo claro que la pauta de actuación no puede ser la misma con las dinastías feudales del Golfo Pérsico que con los regímenes del norte de Africa.

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