Miércoles 23 de febrero de 2011
El presidente israelí, Simon Peres, defendía ayer en Madrid la legitimidad de las revueltas en el mundo árabe, al mismo tiempo que abogaba por una vuelta a la mesa de negociaciones entre Israel y Palestina. Que esta última aseveración haya salido de la, en teoría, máxima autoridad del estado hebreo, podrían entenderse como que las autoridades de Tel Aviv están dispuestas a reconsiderar su errática política de asentamientos. Nada más lejos de la realidad. Quien realmente manda en Israel es el primer ministro, Benjamin Netanyahu, quien parece empeñado en torpedear cualquier tipo de acuerdo con la autoridad palestina.
Por eso las palabras de Peres hay que tomarlas en su justa medida. No obstante, su larga trayectoria en la primera línea de la política de su país le convierte en una voz sumamente autorizada a la hora de hablar sobre el conflicto de Oriente Medio. Por eso, tiene tanto valor lo que diga, pese a que lo haga bajo la dignidad de un cargo más bien representativo. Además, quien alienta las revueltas en pos de libertad en el mundo árabe lo hace amparado en que, al menos en su país, hay una democracia que funciona. De ahí lo importante que resulta apoyar la gestión de alguien que, como Peres, si bien no parece que vaya a reactivar él solo las conversaciones de paz con los palestinos, sí al menos puede influir para que se retomen. Y eso sería importantísimo.
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