Francisco Jose Llera Ramo | Jueves 24 de febrero de 2011
Las revoluciones de Túnez y Egipto, unidas a las revueltas y manifestaciones de Yemen, Argelia, Jordania, Palestina, Bahrein, Libia, Irán o Marruecos, por el momento, están sacudiendo los fundamentos institucionales del mundo árabe-musulmán, ante la perplejidad y el interesado despiste occidental. Este último ha sido de tal calibre, que el Partido Nacional Democrático del expresidente Hosni Mubarak, casi único (controlaba más del 80 % del parlamento egipcio), acaba de ser expulsado de la Internacional Socialista, después de 30 años de dictadura, a la que los politólogos hemos llamado “régimen híbrido”. La Unión Europea, como siempre, a verlas venir y cada uno por su lado. Y, los Estados Unidos de Obama, según su inveterada diplomacia, a ver qué hay de lo mío y a salvar los muebles de sus contradicciones hegemónicas. ¿Finalmente, estaremos ante el “choque” o la “alianza” de civilizaciones? Las salidas de Egipto y Túnez parece que pueden ser civilizadas, pero las de Libia, Yemen, Irán o Bahrein, no tienen la misma pinta y las de Argelia, Jordania, Palestina o Marruecos, vaya usted a saber. Y solo son las primeras piezas de un dominó que cuenta con muchas más y no menos inciertas.
Alvin Toffler nos habló en 1979 de “la tercera ola” para referirse a los profundos cambios post-industriales de la era de la información, después de las otras dos olas revolucionarias (la agrícola y la industrial). Samuel Huntington también nos habló de “la tercera ola” (1991) expansiva de la democratización, sobre todo, occidental, después de las olas y contraolas que Occidente había protagonizado desde principios del siglo XIX. La tercera se inicia en los años setenta en el sur de Europa para extenderse a América Latina, el centro y este de Europa y zonas de Asia, acabando con una treintena de regímenes autocráticos en las últimas tres décadas. En cualquier caso, todas estas olas afectan casi en exclusiva a la civilización occidental, los protagonistas son los Estados y son producto de la evolución modernizadora de la misma. El propio Huntington concitó la controversia y la reflexión algunos años después (1993) con su alerta sobre “el choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial”, cuyo inicio se habría de visualizar en los atentados yihadistas contra las torres gemelas, aunque habría empezado con la revolución islámica iraní y el régimen talibán en Afganistán.
Ahora, serían los regímenes híbridos o autoritarios de toda una civilización, el mundo árabe e islámico, el que está protagonizando una auténtica revolución postcolonial, que a occidente le gustaría pilotar, pero que no sabe cómo afrontar, de la misma manera que no supo tratar las contradicciones antidemocráticas de tales regímenes, simplemente, por los desastrosos procesos descolonizadores y la inmensa riqueza energética que atesoraban y de la que dependían nuestras economías. Hemos preferido mirar para otro lado y nos hemos despistado con lo que estaba pasando en todas estas sociedades, obviando la insoportable lógica de las desigualdades, que tanta sangre había hecho correr en el camino democratizador occidental. Frente a las transiciones, relativamente, ordenadas de occidente, donde se sabía el quién es quién y existía la interlocución, dentro de las lógicas incertidumbres. Aquí estamos ante algo más que una simple ola democratizadora o revoluciones locales al uso, donde la interlocución o la identificación de los actores principales, más allá de los dictadores y sus camarillas, se hace muy difícil, añadiendo más incertidumbre. Como decía Huntington, los protagonistas principales o exclusivos en esta ocasión ya no van a ser los Estados, si no toda una civilización que hace del panarabismo latente una protagonista principal y que convierte la ola en auténtico tsunami. El movimiento sísmico con epicentro en el Cairo y las réplicas del norte de Africa, por lo demás sociedades relativamente más laicas y abiertas, opera sobre el proceloso mar de la globalización y el factor estratégico del control de las materias primas en plena crisis global, en una coyuntura histórica caracterizada por el desorden mundial en plena revolución de las tecnologías de la información y la comunicación y con consecuencias imprevisibles. La clave está en las contradicciones internas de estas sociedades, agobiadas por las enormes desigualdades, la pobreza, el analfabetismo, las diferencias territoriales, el tribalismo y el peso de las tradiciones religiosas. El gran riesgo que sea el islamismo radical, con Al Qaeda al acecho, el que logre imponer el orden en medio del caos, como ya lo intentó en Afganistán e Irán. La esperanza que también en este último se producen las réplicas del terremoto panarábico, cuya punta del iceberg son los jóvenes y las precarias clases medias y universitarias de facebook y twitter.
TEMAS RELACIONADOS: