Sábado 26 de febrero de 2011
Uno de los escasos pero grandes aciertos de José Luis Rodríguez Zapatero desde que llegó a La Moncloa ha sido su decidida apuesta por la seguridad vial. El Gobierno se tomó en serio la siniestralidad en las carreteras y logró reducirla con iniciativas tan atinadas como el carné por puntos o el endurecimiento de las sanciones en materia de tráfico, algunas incluso de índole penal. El resultado, medido en disminución de accidentes, ha sido simplemente espectacular. Pero como hasta el mejor escribano echa un borrón, ayer Rubalcaba anunciaba que la velocidad media en autovías y autopistas pasaría de 120 a 110 kilómetros por hora, con el peregrino argumento de lo caro que está el petróleo por culpa de la situación en Libia.
Para empezar, es muy dudoso que con semejante reducción se produzca el anunciado descenso del consumo de gasolina en el diez por ciento que vaticina Rubalcaba. Y además, las medidas de ahorro energético no deben imponerse coercitivamente. Allá cada cual con lo que quiera gastar. 120 kilómetros por hora es una velocidad adecuada -en algunos países se permite algo más, sin que ello implique necesariamente más accidentes-, por lo que las razones para rebajarla han de ser fundadas. Pero no es el caso. Estamos ante una nueva ocurrencia del Ejecutivo para distraer a la opinión pública de lo que realmente importa, que es la situación económica. Situación que no se arregla corriendo algo menos, so pena de ser multados, sino generando empleo y confianza. Algo que el Gobierno lleva mucho tiempo sin hacer. Y a eso sí que debería poner manos a la obra; a toda velocidad.
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