Paso cambiado
Viernes 04 de marzo de 2011
Mi enhorabuena a un periodista de La Voz de Galicia, Jorge Casanova, que ha tenido la paciencia de viajar de La Coruña a Madrid para comprobar los seráficos efectos de la próxima prohibición de circular a más de 110 kilómetros por hora. El resultado fue el previsible. El ahorro respecto al mismo viaje con los márgenes de velocidad ahora permitidos fue de poco más de un litro de diésel en 569 kilómetros, es decir 1,88 euros. Pero, eso sí, tardó una hora más en el viaje, se aburrió como una ostra y llegó a sentirse en peligro en los lentísimos adelantamientos.
Me recordaba esa experiencia a otra a la que yo mismo me sometí cuando se anunció la mano dura en la vigilancia del límite de velocidad las ciudades, que se utiliza de acuerdo con las necesidades de recaudación. En general, en algunas como Madrid, hay una cierta manga ancha, salvo las citadas excepciones recaudatorias. Pero la ley es inequívoca y sitúa ese límite en 50 kilómetros por hora o menos (y vamos hacia los 30, según amenaza el Gobierno en algunos casos).
Pues bien, realicé un trayecto a 50 por la avenida de la Castellana. No sólo me pasaron los autobuses, los vehículos industriales y los camiones. Hasta los repartidores de tele pizza, los ciclomotores, los camiones de basura y las máquinas de regar el suelo. Una avalancha a mi alrededor, algunos pitidos por mi lentitud y una sensación de indefensión, como la de quien corre delante de una manada de búfalos (lo que es un decir, porque no he ejercido esa afición).
No me fijé entonces en el ahorro de combustible, ni en mi contribución a la seguridad vial de los demás. Bastante preocupado estaba yo con la mía o la de mi vehículo atortugado o enturteguecido. Ni siquiera estaba confiado respecto a la respuesta policial, porque alguno de sus representantes podía incluso reaccionar mal al pensar que iba provocando con ese absurdo cumplimiento de la ley, como si hiciera una huelga a la japonesa.
Es obvio que la experiencia del periodista gallego y la mía propia quedarán en la historia porque todos iremos en fila a cincuenta en las ciudades y a 110 en las carreteras, por lo que nadie sufrirá en los adelantamientos, ya que será imposible que se produzcan: hasta los peores vehículos del mercado superan con creces esa velocidad punta. Por el contrario, estaremos en una especie de caravana penitencial que probará la virtud de la paciencia, y que nos ahorrará ocho o diez euros al año, y algunos litros de combustible. Cantidades que difícilmente salvarán la economía nacional, el déficit energético o el calentamiento global. Pero, al menos, servirán para que el Gobierno del genial Zapatero pueda decir que ha hecho algo.
Y esto demuestra nuestra irresponsabilidad como ciudadanos. Porque tanto criticar que Zapatero no hacía nada contra la crisis económica que no nos dimos cuenta de que el verdadero riesgo que teníamos era que hiciera algo. Y él y su entorno se pusieron manos a la obra. El Plan E, primer caso en la historia en el que se decide tirar el dinero por la ventana para construir ventanas para tirarlo. O los cuatrocientos euros, forma de dilapidar el superávit al difuminarlo en un ineficiente consumo desorganizado (que sólo sirvió para que Zapatero volviese a ganar). O el reparto de bombillas de bajo consumo a cuenta del dinero público. O las subvenciones de ida y vuelta a las renovables, cuyo desmadre sirvió para demostrar que había energía solar de noche. Sin contar el capricho ideológico de cerrar nucleares cuando más alta y más peligrosa es nuestra dependencia al petróleo.
En fin, Zapatero ha logrado una vez más medidas de eslógan y pegatina. Velocidad no, gracias. Nucleares no, gracias. Otan de entrada, no, que dijeron sus padres políticos en otra de esas mentiras tan rentables en España. Pero estas pegatinas, las de la velocidad, las que van a corregir “temporalmente” nuestros problemas permanentes, tienen el problema de que no resisten la lluvia, y se caerán como se cae el maquillaje de demagogia de los políticos que nos gobiernan, aunque después de arruinarnos.
Pongamos, pues, pegatinas a la crisis, y apaguemos la luz para no verla. Así saldremos, o no, de ella a paso de tortuga, mientras el Gobierno de Zapatero adorna su agonía con alguna otra genialidad, con alguna otra prohibición, con algún otro impuesto o multa que nos recuerde cada día lo culpables que somos por haber mantenido en el poder a este señor tan ocurrente.
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