Opinión

El presidente impostado

José Antonio Ruiz | Viernes 04 de marzo de 2011
En el mundo de las artes escénicas, cuando un actor calamitoso, carente de recursos interpretativos, sobreactúa, no sólo es tenido entre la colegada por un farandulero fulero poco creíble, sino que se expone a que el patio de butacas se le indisponga a media función y acabe linchando hasta al apuntador sin esperar a la bajada del telón, como a menudo sucedía en el The Globe shakespeariano londinense, donde compañías enteras ramplonas acabaron de cabeza en el Támesis o entregados en sacrificio al fantasma de Hamlet para que entretuviera sus ratos de asueto sacándole los ojos, uno a uno, a los incautos que alardeaban de sus incapacidades.

En el circo de la política, donde la mentira no es una convención dramática sino una evidencia incontestable tan asumida como la muerte de Manolete, el grado de exigencia del auditorio amaestrado es menor, porque todo el mundo miente a sabiendas y la borregada sadomasoquista se lo consiente.

Pero aun así hay señorías que subestiman hasta tal extremo el coeficiente intelectual del electorado (buena parte del cual, no sólo anda escaso de conexiones neurales, sino que carece por completo de la facultad de raciocinio y discernimiento), que no se cortan un pelo púbico a la hora de elevar a público conocimiento cualquier parida de sus ocurrentes mayordomos de cabecera y de sus «damas de honor» (Anson dixit), mediante declaraciones ampulosas y afirmaciones taxativas más próximas al dogma y a la demagogia totalitaria que a los planteamientos lógicos basados en el sentido común.

El orbe terráqueo está lleno a reventar de esa especie gregaria de fácil pastoreo (Cocteau) que Eric Hoffer bautizó con el título de El verdadero creyente, y que se atrevió incluso a contabilizar, millón arriba o abajo, asegurando que, puestos a sumar uno tras otro a todos estos individuos que viven en candoroso estado, podríamos estar hablando, ni más ni menos, que de un tercio de la población de la bola planetaria.

A cierra ojos, son personas predispuestas a seguir consignas, sin más inquietudes pensantes que su propensión vegetativa a dejarse convencer sin mostrar ninguna resistencia; gentes deseosas de tomar partido por un partido, sean cuales fueren las siglas, y a jurar amor eterno, por los siglos de los siglos, a un logotipo y a los colores de una bandera; son ganado ovino y caprino, en el sentido agropecuario del término, con el ojo crítico del raciocinio anulado como consecuencia del desuso de la razón, tal cual un pez darviniano que aun habiendo nacido con patas, las perdió por el camino de la evolución, porque no le hacían ninguna falta para nadar bajo el agua.

Me temo que Sartre predicó en el cementerio desierto de Montparnasse cuando dijo que la persona se define, sobre todo, tanto por el ejercicio soberano de la libertad como de la razón, necesidades ambas que no parecen echar en falta los animales irracionales impensantes, ninguno de los cuales, a lo que se ve, siente inquietud alguna por descubrir la verdad.

Con semejante caldo de cultivo, sólo basta que se presente una circunstancia propicia para que sujetos incapaces de mirar y ver más allá de su alienado punto de vista unívoco, se entreguen a sí mismos como ofrenda (nada que ver en todo caso con El sacrificio de Isaac magistralmente pintado por Caravaggio), encantados de inmolarse por la causa enajenada del iluminado de turno que se erige en pastor carismático del rebaño, que en el caso del ruedo ibérico Erasmo (José Luis Gutiérrez) identifica con la «España hemipléjica, idiota, totalitaria».

Con el tiempo hemos sabido que la figura del bufón no se extinguió al término de la Edad Media, aunque el enano Sebastián de Morra o mismamente el bufón Calabacillas tenían mucha más gracia socarrona que el animalario de figurantes de la improvisación compulsiva, abrazafarolas con LED (Light-Emitting Diode), que ahora nos asola.

En el caso de nuestro Primer Ministro, no es que el menda lerenda se pase de frenada, es que a menudo parece entrar en trance como consecuencia del efecto amnésico del botafumeiro. Y pasa lo que pasa: que directamente se le va la olla, sin necesidad de que le predisponga al desbarre ningún clon de Javier Arenas que le regale los oídos jaleándole con exclamaciones pelotilleras como la célebre que le profería a Aznar para que JoseMari rozara el paroxismo del placer indescriptible: ¡Presidente, has estado cumbre!

Se explica así que el Premier engolado se ponga estupendo y clueque hasta tal extremo la voz que parece un locutor de tercera de la radio de la sección femenina (no sé a qué está esperando Rouco para hacerle un hueco en la parrilla de la Cope), burdo imitador de Queipo de Llano, el teniente general radiofonista.

Para mí que buena parte de la culpa no la tiene nuestro Nixon de León, sino sus fontaneros de alcantarilla, asesores de chorra, que se obcecan en aconsejarle que imposte el gaznate como un barítono aficionado, aunque la pose fingida de gravedad no se corresponda con la importancia del asunto objeto de la filípica.

Con todo, lo más preocupante no es que Zapatero, en sus continuos ejercicios de funambulismo onanista, se guste a sí mismo, sino que sea, como lo es, ajeno al sentido del ridículo en la escenificación de insensateces, propuestas descabelladas, improvisaciones disparatadas o sencillamente gilipolleces.

ZP no es nada. Si además tuviera el timbre aflautado garzoniano, sería la leche. Tenemos un líder chusquero tan limitado como gobernante y tan negado como estadista, que por más que se empeñe en echar mano del falsete como los Bee Gees cantando Saturday Night Fever, lo único que consigue es hacer el chufletero, suelte la parida en Dubai, en Emiratos Árabes, en Túnez o en Vallecas. Rubalcaba debiera plantearse la conveniencia, a no más tardar, de retirarle el pasaporte.

I am sorry. Querido José Luis, por mí, como si usted se la refanfinfla. Pero no en mi nombre, que no me siento representado por su ilustre persona, y además me ofendo, que por tener tantos estudios o más que el atún calvo de Calvo últimamente es que estoy muy sensible y me encabrono fácilmente con los tontos que se jactan de ir de listos y nos tratan a los demás como si fuéramos tontos del capullo.

Claro que un país de traca fallera donde la noticia de portada de los telediarios es el ataque de lumbago de Pep Guardiola, no merece un Presidente mejor que el que tiene.

¿Ahorro energético? El chocolate del loro. ¡Ay, qué sería de nosotros si los burros volaran! (…) Mucho me temo que no se vería el cielo ni nos llegaría la luz del sol. Y además necesitaríamos un huevo más de aeropuertos para aterrizajes y despegues y hasta una réplica de Cabo Cañaveral en Palomares, la Florida almeriense de don Manuel Fraga en meyba.

Hace tan sólo unos días, sin necesidad de retrotraernos más atrás en el tiempo, en la Rusia de Putin ha fallecido esclafado un burro al que una empresa lo lanzó en parapente desde lo alto de un cerro para promover el paracaidismo. El pobre animal se desplomó al vacío a una velocidad de 110 kilómetros por hora.

When donkeys fly! (…) Adynaton: a kind of hyperbole in which the exaggeration is so great that it refers to an impossibility. Fuente: Enciclopedia Británica.

No estaría yo tan seguro. Lo único que espero es que la noticia no haya llegado a los teletipos de Moncloa. Como repare en ella un becario, démonos por jodidos, porque estamos perdidos con este Gobierno falto de luces pero sobrado de iluminados.

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