Andrea Donofrio | Domingo 06 de marzo de 2011
La semana pasada, durante un Congreso de los Cristianos reformistas, asistimos al desesperado intento de Silvio Berlusconi de “recuperar” su relación –y votos- con el mundo católico italiano, molesto por los últimos escándalos privados –y públicos- del primer ministro. La estrategia del cavaliere ha sido evidente, la clásica: contentar al Vaticano en temas de su interés socio-económico y moral, afirmando que “nunca autorizaré el matrimonio homosexual, ni la adopción por parte de parejas del mismo sexo (…), no habrá nunca una equiparación entre las parejas gays y las familias tradicionales”. Sin embargo, las declaraciones más polémicas han sido contra la escuela pública italiana, acusada de “inculcar valores que no son los de las familias”, de corromper jóvenes inocentes (¿Ruby?) y, por tanto, “nadie debe obligar a nadie a mandarlos a una escuela pública”. De esa manera el jefe de Gobierno desacredita la enseñanza pública, cuestiona a sus profesores acusándoles de ser “malos maestros” y preparando, quizás, el terreno para futuros recortes presupuestarios por parte del Gobierno.
Intentando recuperar el apoyo de la opinión pública católica, el primer ministro ha vuelto a prometer, a cambio, medidas complacientes para la jerarquía vaticana. Poco importa que el precio que el país tenga que pagar sea la falta de debate en materias tan sensibles como eutanasia, procreación asistida, aborto, uniones civiles, financiación de la escuela privada. En su liberalismo calculador, cínico y moderno, Berlusconi muestra su disponibilidad a realizar sustanciales concesiones en tema de derechos y en materia de instrucción, intentando estipular así un “pacto diabólico” con la iglesia. Conoce su valor y el peso en el hipócrita electorado italiano, desorientado entre la tradición cristiana y la moral mundana; sabe que, como ya citado, el mundo católico italiano considera “ciertamente mejor un putero que hace buenas leyes que un notable catolicísimo que hace normas contrarias a la Iglesia”. Puede que tuviera razón Baget Bozzo, cuando con ocasión de la muerte de Eluana, afirmó que “Berlusconi es el verdadero líder moral de los católicos”. Vamos bien…
Sorprende que, una vez más, Berlusconi se postule como educador y modelo de moralidad. Quizás, merece la pena recordar que en un mes tendrá que asistir a más juicios de los que tuvo Al Capone, que pasará más tiempo en el Tribunal que en el Parlamento; que, entre otras, está investigado por “corromper” a menores de edad incitándolas a la prostitución (por cierto, la defensa de Berlusconi intentará demostrar que Robacorazones “fue registrada en el registro civil dos años después de haber nacido”: cambia la estrategia probatoria, se pasa de haber consumado relaciones sexuales con la joven a que ya no era menor); que su filantropía es bastante cuestionable, habiendo ayudado a muchas “señoritas” de la Olgettina, que respondían al mismo patrón, talla de sujetador, precio y belleza.
En fin, como recordaba un periódico italiano, Berlusconi, que estudió en un colegio de curas, durante la guerra fratricida con Fini afirmó cándidamente: “me quede muy decepcionado cuando descubrí que Bocchino (literalmente “mamada”, apellido de un político cercano a Fini) era un diputado y no un punto de nuestro programa”. Demostración, una vez más, de falta de estilo –político y no sólo, de no contar con muchas virtudes morales, aunque hay que reconocer que, quizás justamente, infravalora la inteligencia de los italianos. De hecho, como de costumbre, fiel a uno de los principios de Marx, sí, Groucho, “estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”, el día siguiente a las declaraciones críticas sobre la escuela publica, Berlusconi ha afirmado que sus palabras han sido tergiversadas e intentado tristemente cambiar el sentido de ellas, prometiendo aumentar los sueldos de los profesores.
Finalmente, Berlusconi ofrece siempre el mismo espectáculo, ataques y marchas atrás, acusaciones y desmentidos, promesas y mentiras: como se ha dicho, parece un viejo actor al final de su carrera que presenta y representa siempre el mismo repertorio. Y mientras su Gobierno se postula como el menos activo de la historia republicana, Berlusconi sigue manteniendo los problemas reales del país fuera de su agenda, primando sus intereses y satisfaciendo sus caprichos. Y mientras la enseñanza italiana sufre estoicamente los recortes y la falta de agradecimiento de su clase política, Berlusconi olvida las palabras de Platón: “El objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano”. Bueno, más que haber olvidado esta enseñanza, me temo que en sus “elegantes y discretas sobremesas” el nombre de Platón nunca haya sido mencionado.
Ps. El sacerdote y empresario milanés, Don Verzé, afirmó que “Berlusconi es un don de Dios a Italia”. Como leía hace unos días, el problema está en entender si Dios nos ha querido ayudar o poner a prueba…
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